Mi propuesta de esta semana gira sobre una autora cuya obra, que cuenta con una intensa presencia en los catálogos de varias editoriales de nuestro país, lleva interesándome desde hace décadas. Cualquiera de sus muchos libros publicados entre nosotros resulta apreciable en sí mismo y representativo de su escritura, pero pienso que el que hoy les recomiendo, Léxico familiar, es, quizá, la puerta de entrada ideal al mundo de su autora, la italiana Natalia Ginzburg, de cuyo nacimiento se cumplen este 2026 los ciento diez años.
En Léxico familiar Natalia Ginzburg, rememora, en un relato cronológico que avanza de modo lineal, aunque con numerosas elipsis, su vida entera hasta los primeros años cincuenta cuando, tras su matrimonio con Gabriele Baldini (años después del asesinato de su primer marido, Leone Ginzburg, torturado hasta la muerte por el régimen fascista de Mussolini), deja Turín (con un protagonismo central en esos primeros años de su vida) y se muda a Roma con sus hijos siguiendo a su esposo, que ha accedido a una cátedra universitaria en la capital. En su recorrido repasa con cariño, humor e ironía su infancia, su familia: su padre autoritario, científico, severo; la madre, alegre y optimista, “maternal”, protectora; sus hermanos, cada uno con su personalidad, sus gustos, sus ausencias; los amigos, las conversaciones, las anécdotas, las discusiones. También su juventud, la primera madurez, su condición de judía, la vida bajo el fascismo, la guerra, la posguerra, el matrimonio con Leone, los hijos. Y todo ello contemplado con la mirada, a la vez participe, porque vivió los hechos narrados, y distante, porque ya adulta observa esos recuerdos con cierta objetividad crítica e ironía, primero de la niña-adolescente que observa y luego de la mujer que reflexiona.
El hilo que enhebra esos recuerdos es ese “léxico” singular, particularísimo en cada familia, en torno al cual van a ir brotando los recuerdos de la autora. El protagonismo recae, pues, en el lenguaje, las frases familiares, las muletillas, los latiguillos, las expresiones recurrentes, las locuciones repetidas, las frases hechas, las palabras clave, que funcionan en el libro como elementos simbólicos, actuando como anclas de memoria, códigos reconocibles que permiten retrotraerse a un mundo privado compartido, que definen y apuntalan la identidad familiar. El hecho de que el lector también pueda reconocer, a menudo con la sonrisa en la boca, esa dinámica -los giros peculiares, el vocabulario íntimo de las parejas, de las familias- es parte de la aceptación y la popularidad masivas de la obra.
Además de por su carácter abiertamente autobiográfico, el libro es excepcional por concitar todos los rasgos dominantes en la literatura de la italiana, aderezados, esta vez, con más muestras de un sutil tono humorístico de lo que es habitual en sus novelas, en las que ese humor solo aparece de modo muy velado. Así, podemos encontrarnos con la disección de la vida familiar; la fotografía detallada de la burguesía, del opresivo entorno que representa el fascismo, de la grisura de la posguerra; la descripción de la condición de las mujeres; la reflexiones sobre la importancia primordial de la escritura…
Está, sobre todo, la realista indagación en el interior de sus personajes. Natalia Ginzburg es una maestra de la introspección, capaz de ahondar en los recodos más inaccesibles, más oscuros, más complejos y confusos de la personalidad humana, en particular la femenina (circunstancia esta última que dota a sus libros de un enfoque a mi juicio claramente feminista; un feminismo despojado del “ismo” reduccionista, sin proclamas, sin subrayados, sin “mensajes” explícitos, sin enojosas arengas ideológicas, sin consignas, sin prédicas ni sermones).
Sus temas favoritos son la memoria, las emociones, la incomunicación, los secretos, el desarraigo, la pérdida, la fragilidad moral, los afectos, los deseos irrealizados, el fracaso y las frustraciones, los sueños postergados, las expectativas malogradas, la persistente infelicidad, la complejidad de los sentimientos, la dificultad de amar, de convivir, la imposibilidad de encontrar consuelo, el devastador paso del tiempo, la angustia existencial, la desesperación y el resignado conformismo, la vejez y la muerte, las decepciones, la mentira y los engaños, los silencios, la incomprensión, la condición femenina, el matrimonio, el adulterio y la infidelidad, la maternidad, la familia, lo pequeño, lo cotidiano, lo trivial y las banalidades de la vida diaria. Muchos de ellos comparecen en Léxico familiar.
Sus historias se narran siempre con una prosa sobria, despojada, muy sencilla y concisa, en un estilo inconfundible caracterizado por la economía del lenguaje, la simplicidad, la transparencia, la ausencia de adornos, la precisión léxica, la continencia expresiva. La voz que habla en sus novelas es la de la “normalidad”, reflejando las conversaciones familiares, las repeticiones, las frases coloquiales, los pensamientos recurrentes, las emociones soterradas; mostrando de manera discreta las escenas de la domesticidad, una madre que cose, una charla trivial, un hijo que se aleja, una carta que no llega, la contemplación de unas fotos, unas prendas de ropa abandonadas sobre un mueble, actos a menudo banales pero que encierran una densa carga emocional -y ahí está el talento de la escritora para sugerirla- que penetra en el lector.
Quiero destacar, por último, que su literatura nos deja, sea cual sea el libro que leamos (no tanto en Léxico familiar), una sensación de melancolía, de tristeza, una impresión de soledad, de vacío, de carencia, de desolación, que impregna unas novelas que muestran sin énfasis el desgaste cotidiano, las ausencias, lo irrelevante de nuestros anhelos, la insignificancia de las vidas, la normalización del miedo, la aceptación de la precariedad y la pobreza, la ausencia de futuro, los proyectos que no se realizan, los afectos sostenidos en la inercia, el dolor y lo irremediable de las pérdidas, la trágica conciencia del paso del tiempo, el vencimiento moral, el sinsentido último de nuestro discurrir por el mundo, el sufrimiento y las lágrimas.
¡No se pierdan a esta escritora magistral!
--
Natalia Ginzburg. Léxico familiar. Editorial Lumen. Barcelona, 2007. Traducción de Mercedes Corral. 272 páginas. 22 euros
La empresa Diario de Salamanca S.L, No nos hacemos responsables de ninguna de las informaciones, opiniones y conceptos que se emitan o publiquen, por los columnistas que en su sección de opinión realizan su intervención, así como de la imagen que los mismos envían.
Serán única y exclusivamente responsable el columnista que haga uso de nuestros servicios y enlaces.
La publicación por SALAMANCARTVALDIA de los artículos de opinión no implica la existencia de relación alguna entre nuestra empresa y columnista, como tampoco la aceptación y aprobación por nuestra parte de los contenidos, siendo su el interviniente el único responsable de los mismos.
En este sentido, si tiene conocimiento efectivo de la ilicitud de las opiniones o imágenes utilizadas por alguno de ellos, agradeceremos que nos lo comunique inmediatamente para que procedamos a deshabilitar el enlace de acceso a la misma.