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Entre razón y emoción ¿Qué es bueno que prevalezca?
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Entre razón y emoción ¿Qué es bueno que prevalezca?

Actualizado 05/02/2026 10:21

George Bernard Shaw (1856-1950) afirmaba que “el hombre que escucha la razón está perdido…porque ésta esclaviza a todos aquellos cuya mente no es lo suficientemente fuerte para dominarla”.

Este gran escritor irlandés, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1925 y de un Óscar al mejor guion en 1938 por “Pigmalión”, cuya agudeza e inteligencia han sido espacio común en todos sus textos, afirmaba cosas tales como “los espejos se emplean para verse la cara; el arte para verse el alma”, o que “el hombre razonable se adapta al mundo; el irrazonable intenta adaptar el mundo a sí mismo. Así pues, el progreso depende del hombre irrazonable”.

Cuando en alguna conversación hemos escuchado la expresión “escuchemos a nuestro corazón” no nos resulta extraña, como tampoco lo es “hay que poner un poco de cabeza en este asunto”. ¿Cuál es la diferencia entre las dos? Apela a las emociones la primera y a la inamovible razón la segunda.

En cuanto a la persistente razón (nuestra racionalidad que nos da una inteligencia que no tiene ninguna otra especie), es la que posee una indiscutible influencia en el orden social que nos hemos dado en los estados modernos. Y es en este punto en dónde Shaw lo borda, al referirse a la esclavitud (la servidumbre) que profesamos de manera exagerada hacia la razón, lo que nos lleva a devaluar la participación necesaria de los sentimientos y emociones.

No elimina la razón de la ecuación que caracteriza al ser humano, sino que está denunciando los servilismos ajenos a todo proceso humanista, característicos de la razón por encima de todo, sin lugar alguno para la humanidad que es la que nos sigue caracterizando como especie.

La dicotomía entre la parte emocional y la crítica es la esencia de nuestra morfología cerebral: hemisferio izquierdo (el crítico, el alojamiento de la razón, pensamiento deductivo, etc.); el derecho (emocional, intuitivo, sentimental, etc.). La armonía entre estos dos mundos que nos son propios y al que nuestra evolución como especie pertenece, igualmente sigue enfrentando a los escritores, filósofos y pensadores, sobre cuál es el papel protagonista principal -como si de una película se tratase- de hombres y mujeres en cuanto al seguimiento sin claudicaciones de nuestros sentimientos y emociones, o, por el contrario, someterse únicamente a la llamada dictadura de la razón.

Shaw se daba la mano en cuanto a su punto de vista, con uno de los grandes precursores de la industria moderna del siglo XX que fue Henry Ford, cuando afirmaba que “pensar es el trabajo más duro que hay, que es probablemente la razón por la que tan pocos se involucran en él”. Ford era un industrial y con una visión de empresario adelantado a su época, pero estaba cansado de la pereza en el uso de la racionalidad de las personas, a las que creía que eran haraganes de pensamiento y que ahí subyacía la raíz de muchos males modernos.

Las mentes son como las flores... sólo se abren cuando el tiempo es el que corresponde. En otros términos: cuando le llega ese momento a una idea o una acción se convierte en imparable. Ninguna voluntad por más poder que la arrope, puede contra la increíble fuerza de gravedad de una nueva visión de las cosas que nos hace ver lo que no veíamos hasta este mismo instante. Justamente son los intelectuales de la talla de Shaw y también los grandes líderes de la historia, los que con la humildad generalmente de las personas que creen hacer un aporte útil a la sociedad, nos ilustran con una visión nueva que no es otra cosa que una forma distinta de comprender y entender la realidad que nos rodea.

Y cuando esta fuerza proviene de un pensamiento positivo, su energía, la iniciativa que provoca la acción y también el cambio, termina siendo un respiro y una bocanada de aire fresco en el arduo camino de la búsqueda de la felicidad. Porque cuando una persona tiene un pensamiento positivo, o mejor dicho aún, su manera de conducirse en la vida es recurrir una y otra vez a los pensamientos que destierren lo negativo a pesar de las dificultades, entonces podrá ver lo invisible a los ojos de los demás, al mismo tiempo que sentir el tacto de aquello intangible porque lo estará percibiendo en todos sus sentidos y logrando lo que hasta hace cinco minutos se consideraba imposible.

Platón decía que el pensamiento es nuestra comunicación del alma con uno mismo. Shaw afirmaba que “si has construido castillos en el aire, tu trabajo no se pierde; ahora coloca las bases debajo de ellos”, apelando siempre al buen uso de la razón, pero teniendo en cuenta el dominio que ésta puede abarcar, que no vaya más allá de la frontera en la que los sentimientos ocupan nuestra necesaria existencia.

La comunicación del alma de Platón se produce cuando nos miramos hacia dentro, revisamos nuestros principios y valores, para que se acomoden de manera equilibrada entre el ámbito de lo razonable, lo crítico y objetivo, frente al emocional e intuitivo. De manera que convivan sin resentimientos las llamadas de la razón junto a las del alma y el espíritu, en las que afloran las emociones y sentimientos que se traducen en el dicho coloquial “es un hombre o una mujer de gran corazón”.

Una mente positiva encuentra el camino para que algo sea hecho, en cambio una negativa siempre encuentra todos los caminos y excusas para no hacer nada. Por ello Shaw habla de la sinrazón de los visionarios que dieron progreso al mundo, descubriendo y descubriendo. Porque descubrir es ver lo que otros ya han visto, aunque en referencia a pensar, lo novedoso es hacerlo de manera que nadie más ha pensado sobre ello. No es que siempre debemos encontrarnos con algo nuevo, sino sencillamente la capacidad de reinterpretar lo que es conocido. O sea, abrir todas las ventanas al conocimiento.

Y en este punto encontramos la raíz de todo progreso, porque como decía Oliver Wendel Holmes, uno de los más grandes juristas estadounidenses y miembro del Tribunal Supremo, “la mente humana una vez ampliada por una nueva idea, jamás vuelve atrás a sus dimensiones originales”. En otros términos: al progreso nadie ni nada puede pararlo, por contario es la propia sinrazón (en terminología de Shaw) de los precursores que abren nuevos caminos para que discurra la historia, los que terminan escribiéndola.

El mayor descubrimiento de todos los tiempos es que una persona puede cambiar su futuro simplemente cambiando su actitud. La disconformidad o el descontento que sentimos, la frustración que nos invade, corresponden enteramente a nuestra propia creación. Porque todos los días pueden no depararnos lo bueno que esperamos, aunque siempre hay algo que nos sorprende favorablemente en cada jornada. Y en este punto también, prevalecen nuestras emociones por sobre la razón, dando lugar a que encontremos cierto alivio rebajando la tensión. Por ello, que cuando miramos en retrospectiva, días del pasado que nos parecían horribles, en algún momento terminarán pareciéndonos hermosos.

Shaw fue un hombre letras, que a decir del Jurado del Nobel de Literatura cuando se refiere a cuáles fueron las motivaciones por las que se le concediera el galardón se afirma que: "por su obra marcada tanto por el idealismo como por la humanidad, su sátira estimulante a menudo está infundida con una singular belleza poética". No se refiere a su visión de la razón y prevalece la riqueza y poder de su estética literaria que convierten a su obra en un referente destacado. Parece que la distinción reconocía implícitamente su debate entre razón y sentimientos…entre progreso y humanismo.

La moraleja de nuestra historia de hoy queridos lectores/as es que cuánto más espacio reservemos a las emociones no significa que pretendamos anular la razón. ¡De ninguna manera! Lo que decimos, es que tenemos la obligación, al mismo tiempo que el derecho, de buscar una armonía de convivencia entre ambas. De este balanceo entre ellas surgirán mejores espacios de convivencia. Más tendencia a mirar a los ciudadanos del orbe como personas y no como estadísticas. Éstas son necesarias para analizar las políticas que los gobiernos de las naciones tienen que aplicar, pero como en matemáticas, “condición necesaria pero no suficiente” para garantizar que esas sociedades sean mucho más sensibles. El espacio que la razón deja a la emoción humaniza; el espacio que la emoción pierde frente a aquella compromete en definitiva nuestra felicidad.

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