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Corrupción
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Corrupción

Actualizado 05/02/2026 11:04

"Si no peleas por acabar con la corrupción y la podedumbre, acabaras formando parte de ella" (Joan Baez)

En sus escritos de filosofía política de Kant hay dos tipos de políticos: el político moral y el moralista político. El primero hace suyo los preceptos de la moral para sus actuaciones públicas, lo cual permite promover la transparencia en los asuntos públicos y personales. El segundo, considera a la moral como mera retórica y carente de validez, lo que permite auspiciar la corrupción por manejarse en secreto en los asuntos públicos y personales. El “imperativo categórico”, como principio formal de la moral, dicta una línea adecuada para que se cumpla el deber, y esto es actuar con transparencia.

Este breve análisis histórico nos demuestra que la corrupción es un fenómeno que ha transitado en la línea del tiempo de nuestro País ampliándose en modalidades y especialización nefasta para nuestra sociedad. Hoy se puede afirmar que la corrupción no solo nos acompaña históricamente, sino que está diseminada como una metástasis en todas las instituciones y lo más preocupante hasta se ha incorporado inconscientemente en el intelectual colectivo de manera cuasi natural, es decir el daño causado es generacional. La Corrupción entendida de esta manera entonces es sistémica y persistente y tiene ciclos orgánicos en el tiempo que no necesariamente coincide con ciclos de la corrupción percibida como pareciera justo ahora, es decir aparentemente estamos en la cima del ciclo los cual se ha evidenciado con los destapes de las comunicaciones telefónicas en el corrupto sistema de justicia. En realidad, la corrupción sistémica con la que convivimos tal vez es mucho peor que nuestra percepción hoy exasperada con la coyuntura.

Por otro lado es necesario reconocer que los costos de la corrupción no sólo se relacionan con las coimas, los sobornos, las sobrevaloraciones las cuales serían los costos directos, sino que existen costos indirectos como el incremento y facilitación de la redes de contrabando, informalidad, mercados negros, narcotráfico, expulsión o retirada de la inversión extranjera directa, entre otros; pero el costo mayor está en la pérdida de confianza de la ciudadanía en nuestro sistema, en el daño generacional que se genera cuando nuestros hijos ven que no se logra el éxito con el sacrificio sino con la argolla, con el tráfico de influencia, etc. Hoy más que nunca es momento acciones concretas para poner freno a este mal porque además de las enormes pérdidas económicas, ha herido de muerte la legitimidad del orden democrático y ha destruido la gobernabilidad del sistema entendida esta como la capacidad del poder político para conducir las políticas públicas para lograr bienestar de nuestra sociedad. Desde otro punto de vista, la corrupción atenta contra la gobernabilidad al hacer que las acciones del Estado resulten costosas e ineficaces. La corrupción es la causa de la dilapidación de los recursos públicos. Ella disminuye las posibilidades de que se satisfaga realmente alguna necesidad de la población. Y además interfiere con los programas de gobierno razonables, si los hay, al desviarlos para priorizar acciones que den ocasión al lucro ilegal. La proliferación de obras públicas innecesarias y sobrevaluadas en nuestro país debería relevarnos de mayor explicación al respecto. Finalmente se puede afirmar que precisamente esta corrupción sistémica - estructural se asienta en el abuso de poder, se fortalece con la impunidad y se consolida con una débil participación ciudadana. Esta ecuación genera una red de complicidades y colusiones, la que hoy desvirtúa integralmente al Estado, incluso al mismo mercado y la sociedad. La lucha efectiva para combatir la corrupción exige mucho más que sacar las “manzanas podridas” de la “canasta social”.

Fermín González, salamancartvaldia.es, blog taurinerias

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