Cuando llega la edad de las recapitulaciones, que suele ser la de la jubilación, pareciera como si cada mañana, al mirarnos al espejo, nos viéramos en el cogote otro par de ojos, porque estamos constantemente, sin darnos cuenta quizá, haciendo revivir tiempos de antaño, revisando lo que hicimos en la vida, y si ello fueran actividades y labores más o menos públicas, la memoria las recrea con singular nostalgia.
Por llevar varios meses enredado en un tsunami de reforma en casa, surgieron en rincones del hogar, cajones, cajas y cajas de mi dedicación periodística larga y apasionante, centrada sobre todo en los años 80 y 90.
Y mi cabeza comenzó a orbitar por aquel universo, taurino en su mayor extensión. Y más atrás, cuando comenzaba a llenar el tiempo con escritura de todo tipo y condición.
La afición al mundo de los toros recorre mi infancia y adolescencia porque mi padre era acomodador (“gorrilla”, les llamaban) de la plaza de toros de La Glorieta. Me metía “destrangis” a ver los festejos y por aquellos senderos de chaval curioso aprendí a oler la emoción del toreo y, por derivación, cuando veía entrenar a los toreros, los rasgos más evidentes del esfuerzo físico, el fervor y la entrega por conquistar la fama en los ruedos. Ilusión desmedida. Yo, jovencito, aprendí valores que fueron centrando mi forma de ver la vida.
Corrieron los años y seguí escribiendo. Aburría a los directores de los periódicos locales pidiéndoles una oportunidad. La tuve. Hubo personas, como Carlos Manuel Perelétegui, que se percataron de mi insistencia y me abrieron generosamente las páginas de su firma. Siempre lo recordaré con cariño.
Cuando me publicaron las primeras líneas en forma de cuento en el Adelanto (“El sueño de un torerillo”) ya no hubo marcha atrás en mi decisión. Escribir, leer, rodar el Campo Charro, aprender, ser “Alfonso Navalón”, a quien admiraba y leer las columnas de Francisco Umbral. “lee a este hombre”, me aconsejaba mi padre.
En las decenas de carpetas con informaciones, artículos y reportajes de aquellos años, en las cajas llenas de fotografías que yo hacía constantemente, duerme ahora el trigo amarillento de laboriosos sueños realizados, consumidos y guardados con esmero en los cajoncitos de mi corazón.
Igual que mi padre llevó muchos años el recorte de periódico doblado y guardado en su cartera aquel primer cuento del adolescente que empezaba a escribir. Cuando tenía enfrente un interlocutor apropiado, lo sacaba por enésima vez y decía “mira, esto lo ha escrito mi hijo”.
Nada, nada, disculpen, les cuento esto para pasar el rato. Lo que decía Neruda: “confieso que he vivido”.
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