Sábado, 31 de enero de 2026
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Política: la finca de corruptos e ineptos
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Política: la finca de corruptos e ineptos

Actualizado 25/01/2026 20:06

Ignoro si el insomnio está directamente relacionado con la edad de las personas. En mi caso sí lo está. Por ese motivo paso buena parte de la noche enganchado al transistor. Lo confieso, tengo el mono de la radio y la adicción ha llegado a tal extremo que, si la apago, no me quedo dormido. Por esta razón soy asiduo seguidor de un programa de madrugada en el que se homenajea a las personas que trabajan por la noche para que el resto pueda descansar más seguro y abastecerse de todo lo necesario. Me gusta el conductor del programa porque, sin caer en lo impertinente, se le entiende muy bien. Todos los días repite a los oyentes que no le gusta hablar de política. Alega, y es verdad, que todo el que da su opinión a través de un medio de comunicación, siempre encontrará personas que estén de acuerdo y otras que no lo estén. Su intención, recuerda, es agradecer a quienes “ponen las calles” antes de que la mayoría se levante de la cama. Ahí están, sanitarios, panaderos, camioneros, vigilantes, cuerpos y fuerzas de seguridad, militares, etc. Tiene ya un verdadero ejército de seguidores a los que entrega un curioso diploma como reconocimiento a su labor en beneficio de España –término que emplea sin adulación, pero también sin reparo.

Por una petición familiar a la que no podía negarme, accedí en su día a asomarme a estas páginas, una vez pasado a la situación de retirado. Antes, no podía hacerlo para cumplir con la estricta neutralidad política. Bien es verdad que, por inercia, mis primeros artículos fueron sobre temas profesionales, históricos o, simplemente, anécdotas vividas en mi profesión.

El ser humano, sin necesidad de renunciar a sus principios, no cabe duda que acaba mimetizándose con su entorno. Cuando me enseñaron en bachiller que la política es una ciencia –más bien un arte- para la administración y organización de un Estado, debo confesar que ni me paré a reflexionar sobre el tema. Era demasiado joven para complicarme la vida y el entorno tampoco recomendaba sacar los pies del tiesto. Después, la profesión hizo que me ocupara de otras cosas y, a pesar de mi obligación de ejercer el derecho al voto, “pasaba” de los políticos.

Cuando comenzó mi cooperación en estas páginas, en no poca proporción aparecían artículos que terminaban siendo críticas a partidos o a dirigentes políticos. Ahora no me extraña porque hay personajes que hacen hablar a los mudos. Tengo que entonar el mea culpa porque he acabado faltando al principio de ese periodista que todas las noches repite su negativa a hablar de política. Ya no tengo ninguna limitación para hacerlo y, si la tuviera, me sería muy difícil olvidarme de lo que estamos viviendo en esta pobre España. Al llegar la democracia, la gente normal de uno y otro bando vio con buenos ojos la actitud de los políticos de aquel momento. En primer lugar, porque fueron capaces de ceder en parte de sus convicciones para hacer gobernable el nuevo país y los nuevos métodos, y también porque no aparecieron los malos modales, los odios y las mentiras que nos inundan ahora. Por desgracia, el optimismo comenzó a decaer antes de lo esperado.

Esa degradación no debe cargarse en el debe de los ciudadanos. La realidad nos ha demostrado que, cuando la desgracia se ceba con el pueblo, los españoles formamos una estrecha piña de solidaridad –acabamos de comprobarlo- tratando de colaborar de forma voluntaria y desinteresada, sin tener en cuenta credos ni filiaciones. Por desgracia, no podemos decir lo mismo de algunos políticos que, a pesar de la gravedad y el dolor de una catástrofe, se olvidan de quienes son los verdaderos afectados –las víctimas y sus familiares- para tirarse los muertos a la cabeza –literalmente- en un intento de endosar al oponente la propia responsabilidad. Acabamos de verlo en la reciente tragedia de Adamuz.

Hay que ser poco español para quedarse callado ante tanta depravación. Es una verdadera desgracia que en la corta etapa que vivimos en democracia hayamos sufrido ya tres gravísimos accidentes ferroviarios con elevado número de muertos. Pues bien, en los tres -y no es casualidad- el PSOE ha hecho lo imposible por cargar la responsabilidad a los gobiernos del PP. Igual táctica han seguido en incendios, inundaciones, terremotos, volcanes, etc. Ahora, los culpables siempre van a ser Feijóo, Ayuso o Franco.

El ciudadano de a pie, ese que sale voluntario a la hora de auxiliar a sus paisanos en los momentos difíciles, no se merece políticos tan ruines. Es cierto que aún no existe una última resolución real e independiente sobre la causa que motivó el descarrilamiento y posterior choque los dos trenes. Lo que sí hemos conocido es el empeño de este gobierno en proclamar, de todas las formas posibles, su falta de responsabilidad. Han cumplido religiosamente, dicen, con todos los requisitos legales para tener el servicio totalmente garantizado. “Si algo ha fallado, no será por nuestra culpa”.

Hemos visto al ministro Puente en su verdadera salsa. Como en tantas otras cosas, tampoco soy técnico en ferrocarriles, pero aún me queda algo de sentido común. Y voy a basarme en él para opinar en voz alta: estoy de acuerdo con Puente en que se trata de un accidente “extraño”. Es una larga recta, se habían cambiado los raíles el pasado mes de mayo y había pasado toda una serie de inspecciones. Lo que no se dice es que los maquinistas que pasan por allí a diario se habían cansado de informar por escrito de la existencia de un punto concreto en el que, con el paso de los vagones, se oía un fuerte golpe a la vez que se producía un balanceo nada despreciable. También se ocultó que, en una de esas inspecciones ya se apreciaba una incipiente deformación en la unión de dos raíles, que se despreció “por ser tolerable”. Cuando se vio el lugar exacto del descarrilamiento se apresuraron a alegar como posible causa de la rotura del rail el golpe dado en el mismo par alguna de las piezas que sujetan los mecanismos de rodamiento del tren Iryo. Si eso tampoco “colaba”, quedaba la baza de echar la culpa al fabricante de los raíles, y si también fracasaba el intento, sacaron su arma preferida: culpar al PP andaluz por no avisar al 112, por lo que el auxilio a las víctimas del Alvia comenzó casi una hora después del choque de trenes – todo menos decir que era el Centro de Control de Atocha quien debía informar a la Autonomía y al 112; no lo hicieron porque no sabían nada de ese segundo tren. Todo antes de admitir alguna responsabilidad. Por cierto, no me imagino el lugar de trabajo de los controladores aéreos sin una gran pantalla en la que estén reflejados los aviones en vuelo ¿Cómo es posible que en Centro de Control de Adif no estuvieran enterados de que eran DOS los trenes parados? O no existe ese sistema, o estaba estropeado o el encargado de vigilar estaba viendo el fútbol. Tampoco sé si existen cámaras a lo largo de la red viaria. Si las hay ¿por qué no hemos visto ninguna imagen? En fin, no sé cuál será el veredicto oficial, pero este gobierno luchará hasta el final para que prevalezca su tesis.

No quiero acabar este comentario sin aludir al título del mismo. En medio del entramado que envuelve este caso, sobresale, como siempre, la figura del político de turno. Seamos sinceros, salvo excepciones menos numerosas de las debidas, tenemos unos políticos en la Administración Central con el sello de corruptos o ineptos. No sé qué será peor, pero, a la hora de la verdad, siempre que su actuación ocasione pérdida de vidas humanas, perderán ese calificativo para adquirir otro mucho más grave. Sánchez suele emplear una fórmula muy particular: cuando alguno de los suyos resulta responsable de alguna grave infracción, suele apartarle de su destino ofreciéndole otro en el que no pierda su poder adquisitivo. Lo vemos a diario. Pues bien, si piensa mover a Oscar Puente, por favor, con lo gafe que es, no lo nombre ministro de Sanidad.

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