Sábado, 31 de enero de 2026
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La orgía perpetua
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La orgía perpetua

Actualizado 25/01/2026 19:00

Los que me leen a menudo (que ya tienen todo mi respeto y agradecimiento) saben cuánto me gusta ponerles a mis columnas títulos de novelas y libros de otros autores. El de hoy es uno de ellos, y no uno cualquiera: es el título que mi admirado Vargas Llosa le dio a uno de sus ensayos, concretamente uno dedicado a “Madame Bovary”, su novela favorita y no tanto la mía, aunque el ensayo era, como todo lo suyo, magnífico y muy entretenido. Ahora me explico.

Me levanto una mañana de invierno con la terrible noticia de un accidente de tren en mi país, en un lugar por el que pasé no hace tanto tiempo yo misma en un tren, embelesada por el paisaje de olivos sin fin y contenta de no ir encajonada en uno de esos aviones que son mi pan de cada día y donde me paso horas que serían muertas si no fuera acompañada siempre de una novela e incluso de una libretilla donde voy apuntando cosas para otras novelas por escribir. En la semana que queda para que estas líneas se publiquen ya se habrán inundado España y sus telediarios de ingenieros de caminos y expertos en la vía férrea, (los mismos que hace dos semanas tenían una tesis doctoral sobre Venezuela y su petróleo) así que para qué abundar sobre ese tema que, con otras noticias no menos desagradables, aparece hoy copando los titulares de esa lectura de la prensa mañanera de la que no me sustraigo; un poco por deber profesional pero mucho por querencia, lo reconozco.

Y mientras apuro el segundo café infame de máquina en el concesionario donde le están cambiando el aceite a mi coche y en el que llevo yo misma aparcada desde las siete y media de la mañana, pienso en la frase de Flaubert que Vargas Llosa aprovechó para darle título a su ensayo: “la única manera de soportar la existencia es sumergirse en la literatura, como en una orgía perpetua”. Quizá la única manera de soportar la suma de los días sea sumergirse en una orgía perpetua de lo que sea, y quizás sea eso lo que estamos haciendo los terrícolas: darle rienda suelta a nuestras frustraciones, nuestros problemas, nuestras angustias y hasta a nuestras soledades en una orgía perpetua que se puede disfrazar de no parar de viajar, comer y beber como si mañana nos fueran a robar el alimento o darse sin medida a las citas de Tinder, los juegos on line o levantar pesas. No quisiera ponerme intensa, pero el siglo XXI nos ha traído la desmedida como actitud vital, y no sé si es bueno. Hay quien lo llama polarización (esta Navidad, hasta el anuncio de Campofrío tan políticamente correcto hablaba de ello) pero sea cual sea el sustantivo, todo consiste en darse un atracón de lo que sea y llevar las pasiones propias al extremo, si es posible, en compañía de una muchedumbre arrolladora: la orgía requiere compañía múltiple en su definición estrictamente sexual; y excesos en la metafórica.

En esa orgía perpetua de trenes que van y vienen por una vía que quizás se inventó para que pasaran menos o menos frecuentemente, se han chocado dos que, mala suerte, tuvieron que encontrarse en ese momento, provocando muerte, dolor y mucha juventud sacrificada cuando la alfombra roja de la vida aun está por desplegar. Ellos son los primeros que participan a la orgía perpetua del movimiento; unos porque no tienen más remedio, otros muchos porque piensan que el mundo se acabará mañana y que no han visto todo lo que tenían que ver, que ya es para preguntarse en dónde apareció escrito que la obligación del ser humano era conocer todo el planeta hasta sus más recónditos parajes. La buena noticia es que el mundo no se acaba mañana, y la mala es que la orgía perpetua del movimiento puede seguir durante muchos años. Yo, por si acaso, hago mía la frase de Flaubert, y dentro de este marasmo de muerte, amenazas de guerra, y gente enloquecida que tiene a mano un botón nuclear y la posibilidad de apretarlo, paso muchas horas leyendo en este enero aburrido y largo, sumergida en la literatura como dijo el insigne autor de “Madame Bovary”: en una orgía perpetua.

Concha Torres

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