Cuando hablamos de los continuos saltos al vacío que está dando Sánchez desde que embaucó al incauto Rajoy, tal vez no nos hemos parado a repasar la trayectoria del PSOE desde su fundación hasta hoy. En toda democracia la formación de partidos políticos descansa en la unión de una serie de personas con concepciones comunes, con propósito de permanencia, decididos a respetar las leyes del propio territorio y todo ello con la aspiración de alcanzar el poder por cauces legales. Pues bien, la triste realidad nos ha enseñado que, escudados en una falsa interpretación de la democracia, hay partidos que, alcanzado el poder, se olvidan de sus propósitos y sufren la metamorfosis de pasar de la democracia a la dictadura, y otros que, haciendo gala de una descarada hipocresía, proclaman su particular forma de interpretar la democracia para esconder su ambición de poder.
Desde que Pablo Iglesias –el gallego- fundó el PSOE como partido integrado por obreros con ideas socialistas y marxistas, ya nació con un claro ramalazo inclinado a la violencia -que luego se transformaría en anticlericalismo, engaño, marrullería y nepotismo. En la dictadura de Primo de Rivera amenazó con llegar a la violencia si volvía al poder la derecha. Con la huelga general del 17, añadió a su pedigrí la condición de revolucionario, algo que pusieron en práctica durante la II República con la revolución de Asturias en el 34 y la creación del Frente Popular en el 36. Todo ello jalonado con quema de iglesias, asesinatos, ocupación de propiedades particulares, creación de las terribles checas –verdaderos pasillos de la muerte donde fueron sentenciados y ejecutados sin juicio varios miles de españoles-, cierre de periódicos, hasta culminar con el asesinato de Calvo Sotelo a manos de fuerzas de orden público afines al PSOE. Esa fue la chispa que prendió nuestra guerra civil. Hasta que murió Franco, ningún joven había oído hablar del PSOE. Así como Carrillo, la Pasionaria, Marcelino Camacho y alguno más nunca desaparecieron del escenario político, la verdad es que el PCE siguió vivo alimentándose con el mundo obrero, la universidad y algún discrepante católico de izquierdas. A todo ello, únanse las actuaciones del maquis, GRAPO o FRAP para confirmar que ellos tampoco huían de la violencia.
Los socialistas que habían manejado el partido huyeron al final de la guerra. Con la llegada de la Transición resucitó el PSOE “civilizado” de Felipe González y Alfonso Guerra, surgidos del congreso de Suresnes. Ahí perdió su protagonismo el partido de la hoz y el martillo pasando al del puño y la rosa. Disminuyó su propensión a la violencia –sin olvidar el GAL-, pero aumentó su querencia a la corrupción. Los ERE, Filesa, Expo 92, el timo de la PSV –el dinero de las viviendas de UGT- el empleo de los fondos reservados, y todo lo que aún colea, fueron suficientes para acabar con aquel “felipismo” que llegó a ostentar mayoría absoluta. Durante el mandato de Zapatero ningún caso sonado de corrupción saltó a las primeras planas –yo no pongo las manos en el fuego-, pero siendo ya expresidente, el Bambi buscador de nubes ha demostrado que, a pesar de su cara, es un espabilado economista. Sus giras por las exquisitas democracias bolivarianas parece que han sido fructíferas. Un tonto nunca hubiera sido capaz de amasar un patrimonio conocido hasta ahora, del otro ya se hablará.
Vistos los antecedentes, Sánchez no ha querido romper la inercia de su partido. Conoce el pasado y pretende seguir la estela. Después de que los suyos le dieran la patada en el trasero, y sin entrar en los detalles que le llevaron a La Moncloa, no podemos olvidar al “tío Berni” –trama corrupta que ofrecía contratos a empresas a cambio de sobornos-; “caso hidrocarburos” –comisiones ilegales por la concesión de licencias- en el que están implicados Koldo y Aldama, esa pareja con la que nunca ha hablado Sánchez; “caso mascarillas” (hubiera sido más correcto llamarlo caso caraduras) -únase a Ábalos con los dos anteriores-; “caso Tercer Secretario General (Santos Cerdán) aficionado a la “numismática”; “caso de la catedrática cum rostrum”, con master en asuntos turbios y tesis en contabilidad de saunas; “caso hermanísimo” culminación del trilerismo a cara descubierta –ahora resulta que Pedro no tiene otro hermano sino tres, con igual nombre y distintos apellidos; eso explica sus respectivas residencias en Badajoz, Portugal y La Moncloa ¡Hay que ver lo que hace la IA !.
Con todo, peor corrupción es pretender desmantelar el Estado de Derecho; menospreciar al Jefe del Estado; bordear constantemente la Constitución para poder gobernar sin contar con el Parlamento; atacar a jueces y periodistas por cumplir con sus respectivos deberes; pactar con los que pretenden romper España; vendernos el mantra de un estado confederal asimétrico; gobernar para ayudar a la secesión; olvidarse de que España ya existía antes de 1812; dejar de lado la igualdad y justicia que tanto proclaman a la hora de repartir equitativamente los fondos a cada autonomía; agredir constantemente a la lengua española en favor de los que alegan unas identidades que no conocen la mayoría de sus vernáculos y un largo rosario de bajezas.
Con semejante bagaje, nuestra izquierda –la que nos gobierna y la que colabora con ella-, conseguirá romper España con su fanatismo revanchista, su salto a la extrema izquierda, su testarudez a la hora de no conformarse con auspiciar el enfrentamiento entre españoles, sino que segrega odio a todo aquel que pretenda amenazar su tenderete. Parecen empeñados en darnos a escoger entre las repúblicas bolivarianas o el Frente Popular.
Ignoro cuál será nuestro futuro, pero este gobierno se parece a un tío vivo que, para mantenerlo dando vueltas, tenemos que costearlo entre todos, subamos o no. El cartel luminoso dice “Carrusel de la izquierda”. Pasan, una y otra vez, los diez “caballitos” con sus correspondientes letreros: La mentira, La traición, El populismo, La presunción, El pragmatismo, El cinismo, La corrupción, La violencia, El odio y La inmoralidad. A juzgar por el ruido y su poca comodidad, diríase que ya está demasiado deteriorado. Efectivamente, resulta inaguantable.
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