Cuando la realidad -en particular la política, nacional e internacional- nos asalta, día a día, con escándalos varios, corrupción por doquier, fraudes y abusos de toda índole, comportamientos reprobables, conductas ética y moralmente intolerables, violaciones flagrantes de las normas, de los principios, de los valores que, supuestamente, hemos aceptado para regular nuestra convivencia, he pensado en recuperar para ustedes un libro, que aunque tiene ya casi diecisiete años me parece especialmente vigente en esta actualidad convulsa (más allá de que sus tesis sean intemporales y de alcance universal sean cuales sean los tiempos y los lugares en las que se lean).
Se trata de Ejemplaridad pública, un ensayo filosófico debido a la pluma, a la excelente escritura, diáfana, de gran riqueza léxica, a la magnífica literatura en suma, de Javier Gomá, un cerebro privilegiado, un pensador extremadamente inteligente, de una lucidez como pocas veces me ha sido dado reconocer en un escritor. Y esa brillantez del autor impregna las páginas del libro (con el que abrió una iluminadora tetralogía), caracterizadas, más allá de la muy interesante propuesta que contiene el texto, por el extraordinario “resplandor” que emana de sus reflexiones, que se encadenan con una subyugante limpidez argumental, con un depurado preciosismo en la expresión, un preciosismo nada retórico, muy alejado de la prosa barroca y vacua de tantos discursos que confunden densidad con oscuridad y profundidad con hermetismo.
La tesis básica que sostiene Gomá podría formularse en pocas palabras como un intento de construir un espacio público habitable, una república virtuosa, una democracia cívica y moralmente estimable en un mundo en el que la liberación del yo, que se ha venido produciendo desde el romanticismo hasta nuestros días, impide todo tipo de constricción, de exigencia impositiva, de coacción siquiera benévola. La sociedad en la que vivimos es una sociedad emancipada: el ser humano se ha desprendido de todas las referencias externas constrictivas; ya no hay maestros, ni teorías, ni dogmas, ni concepciones globales del mundo; no hay autoridad, no hay religión, no hay ideologías que atemperen el libre fluir de nuestras personalidades desatadas. No hay, pues, justificación externa, inmutable y trascendente, que sustente nuestros actos, que los dirija, los frene o los encauce. Todo descansa en el individuo soberano, en su autonomía radical, en su derecho a decidir por sí mismo el curso de su existencia.
Y ese individuo que fundamenta en sí mismo, sin ninguna instancia exterior moderadora, toda su vida, construye con su desprejuiciado deambular vital una sociedad de egoístas, de personalidades excéntricas, originales, desinhibidas, vulgares en no pocos casos, desprovistas de toda pauta o referencia moral más allá de sus propias apetencias, más allá de su libertad tan difícilmente conquistada en tanto derecho y, sin embargo, tan malgastada en su utilización. La emancipación, que fue una conquista moral incuestionable, se revela así ambigua en sus consecuencias: liberados de toda tutela, los individuos se encuentran también desprovistos de horizontes compartidos, de códigos comunes de conducta, de expectativas recíprocas que hagan posible una convivencia mínimamente armónica. El espacio público se convierte entonces en un lugar inhóspito, sometido a la lógica del interés privado, del capricho, del beneficio inmediato, de la indiferencia hacia el otro.
La pregunta decisiva, que Gomá formula con admirable claridad, es la siguiente: ¿cómo conseguir que los seres humanos de nuestras sociedades occidentales, acostumbrados ya, definitiva e irremisiblemente —y por fortuna— a esa libertad, acepten, en uso de esa misma libertad, imponerse restricciones voluntarias a su ejercicio, en el afán de instaurar un orden democrático más igualitario, más justo, más humano? ¿Cómo articular una ética pública sin recurrir a la imposición, a la coacción normativa, al autoritarismo moral, tan desacreditado y tan incompatible con la sensibilidad contemporánea?
Y ahí es donde surge la noción de ejemplaridad, la piedra angular del libro. Frente a la ley impuesta desde fuera, frente al mandato abstracto, frente a la norma coercitiva, Gomá propone la fuerza del ejemplo, una fuerza sutil pero poderosa, profundamente humana, capaz de transformar las costumbres sin violentar la libertad. El individuo que asume un estilo de vida privada ejemplar es también, por ello, un ejemplo público, y la fuerza de ese ejemplo puede cambiar las costumbres sociales de un modo no autoritario, no por la fuerza de la obligación, sino por el estimulante influjo de la persuasión, de la imitación, del deseo de parecerse a quien encarna, con naturalidad y sin alardes, una forma de vida mejor.
Ser ejemplar, cuidar la casa y el oficio con la diligencia debida, aquella que en el Derecho clásico se condensaba en expresiones como la del buen padre de familia o la del honrado comerciante, no es un gesto heroico ni una exigencia sobrehumana, sino una ética de lo cotidiano, una moral de mínimos elevados a máximos por la constancia. Es aceptar voluntariamente no dejarse llevar hasta el extremo por la pulsión liberadora de la propia personalidad, sino, antes al contrario, consentir de buen grado limitaciones a esa libertad como fórmula idónea para el más feliz encuentro entre individuo y sociedad. La ejemplaridad no humilla, no oprime, no moraliza desde arriba: propone, muestra, invita.
En este sentido, Ejemplaridad pública recupera una tradición ética antigua, clásica, que entiende la virtud no como una abstracción sino como una práctica visible, encarnada, socialmente reconocible. La ejemplaridad crea hábitos, y los hábitos crean mundo; transforma el espacio público no mediante grandes proclamas ni utopías grandilocuentes, sino a través de una lenta sedimentación de conductas responsables, previsibles, confiables.
Este libro extraordinari no agota, como es obvio, sus planteamientos en mensajes reduccionistas ni en fórmulas simplificadoras, sino que se abre a multitud de ideas renovadoras y fecundas: una nueva comprensión de la ciudadanía, una reivindicación de la decencia como categoría política, una reflexión lúcida sobre el prestigio moral, sobre la imitación social, sobre el delicado equilibrio entre libertad y forma. Todo ello expuesto con una claridad poco frecuente y con una elegancia intelectual que convierte la lectura no solo en un ejercicio de reflexión, sino también en una experiencia estética y moral. En tiempos de ruido, de estridencia y de pensamiento tosco, la propuesta de Javier Gomá resplandece, discreta aunque firme, como una invitación a vivir —y convivir— un poco mejor.
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Javier Gomá. Ejemplaridad pública. Editorial Taurus. Madrid, 2009. 352 páginas. 21,90 euros
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