La reconocida escritora hindú publica Mi refugio y mi tormenta una autobiografía que parte de la muerte de su sorprendente madre.
Corría el final de los años noventa cuando apareció un libro sorprendente que fue un éxito internacional: El dios de las pequeñas cosas. Aquella historia de un lirismo tan hermoso estaba escrita por una joven arquitecta perteneciente a una de las infinitas minorías étnicas y religiosas de India, ese país que es todo un continente y cuya historia reciente recorre ahora Arundhati Roy con su también reconocidísima Mi refugio y mi tormenta. En tiempos de literatura del yo, de memoirs que utilizan los autores para contarnos su vida, hay un subgénero muy particular que trabaja el duelo, que habla de la pérdida del progenitor y que supone, al mismo tiempo, una reflexión autobiográfica.
Nuestros escritores de cabecera se hacen mayores y pierden a sus padres. Como nos sucede a nosotros, lectores entregados. Aún recordamos el impacto por la lectura de esta novela llena de color y de realismo mágico que era profundamente realista. El mundo que contaba Roy era el de un país encantado, violento, paupérrimo, diverso, sorprendente. A este título le siguieron ensayos políticos que convirtieron a la autora en una voz autorizada contra la violencia. Arundhati Roy es una activista feroz, una mujer de una integridad sin tacha, de una enemiga de todo nacionalismo que ha asistido a las tragedias actuales más atroces de su complejo país tomando partido hasta mancharse. Y no le ha resultado fácil, su vida siempre ha estado en peligro, atacada de todas las formas posibles, valga como muestra ligera el hecho de que han señalado por aparecer en la portada de este libro, joven y libre y fumando.
Este hermoso y terrible volumen nació del insospechado duelo por la muerte de la madre de la autora. No una madre cualquiera, también activista de los derechos de la mujer, fundadora de un excelente colegio donde se enseñaba a los niños sin restricciones de casta o sexo, Mary Roy era una persona iracunda que siempre trató de forma cruel a sus dos hijos. Arundathi Roy abandonó su casa con 18 años y sobrevivió casi en las calles mientras estudiaba arquitectura. La suya es una historia de empeño, esfuerzo, casi picaresca que narra de una forma sincera, rauda, dejando al lector con la boca abierta. Dedicada al cine y de nuevo con tratos con su madre, Roy siente que hay una historia en ella y escribe, casi en estado de trance, un libro que resulta un éxito mundial que sacude a la propia autora feliz por haber “dado caza a su animal lenguaje. Lo había destripado y me había bebido su sangre de tinta”. En Mi refugio y mi tormenta, Roy reflexiona sobre el sorprende fenómeno que hace que todo el mundo leyéramos su libro: “La literatura puede unir a la gente en un vínculo de intimidad silenciosa de una manera única”. Decidida a no repetirse, se niega a escribir otra novela y se dedica a visitar el país abogando por diferentes causas. Así los periódicos se convierten en la tribuna de una de las pensadoras más certeras de nuestra historia reciente, y más en la de su complejísimo país. Roy es el enemigo a batir.
Su compleja, fascinante vida, transcurre por las páginas de esta hermosa memoria que nos ilustra sobre la desconocida política hindú, que practica un violentísimo nacionalismo estatal. Pobreza, injusticia, violencia… un país de una belleza impactante y de una dificultad extrema que palpita en cada palabra de la autora. Y como símbolo complejísimo, paradójico, esta madre violenta, absurda, terrible, en torno a la que orbita Arundhati Roy, que la ama con la misma pasión que la huye; quien la ve, precisamente, como tormenta de la que se refugia. La relación madre e hija nunca ha sido más compleja y dolorida y, sin embargo, muestra un amor tan fuerte que sorprende al lector acostumbrado a las relaciones tibias. Esta historia no lo es, es un certero dardo, un doloroso recorrido por un país agónico relatado con pasión, amor, sinceridad tan dura como la violencia que sufre la propia autora. Una autora que nos entrega un libro necesario, el de su memoria feroz, el de su amor absoluto, el de una historia que no son pequeñas cosas. Y quienes sentimos la pérdida nos sentimos, consolados, acompañados en el duelo. Es el poder, como diría Roy, de la literatura.
Charo Alonso.