Sábado, 17 de enero de 2026
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Una tumba para los Arundel. Philip Larkin
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LA ISLA DE LA POESÍA

Una tumba para los Arundel. Philip Larkin

Actualizado 14/01/2026 07:57

Una tumba para los Arundel. Philip Larkin (traducción Damià Alou)

Uno al lado del otro, las caras borrosas

el conde y la condesa yacen en piedra,

sus decorosos hábitos vagamente asoman

en forma de armadura articulada, pliegues

almidonados, y ese leve toque de absurdo:

los perrillos bajo sus pies.

La simplicidad de ese prebarroco

apenas llama la atención, hasta que el ojo

capta el guantelete izquierdo de él,

que, vacío, la otra mano sostiene, y ve,

con una sorpresa a la vez brusca y tierna,

que le está cogiendo la mano a la mujer.

No pensaron que durarían tanto.

Esa fidelidad en efigie era apenas

un detalle que los amigos verían:

la amable gracia de encargo de un escultor

que solo pretendía contribuir a que pervivieran

los nombres en latín que hay en la base.

No imaginaban qué pronto,

en su supino viaje estacionario,

el aire se haría callado deterioro,

los convertiría en ocupantes anónimos;

qué pronto los ojos que vendrían luego

comenzarían a mirar, no a leer. Rígidos

persistieron, unidos, a través de longitudes

y anchuras de tiempo. Cayó nieve sin fecha. La luz

cada verano inundaba el cristal. El alegre

reclamo de los pájaros se esparcía

por el mismo terreno sembrado de huesos. Y por los caminos

llegaba la gente, infinita y distinta,

en una marea que barría su identidad.

Ahora, desamparados en el vacío

de una época sin heráldica, una madeja

de lentos hilos de humo suspendidos

sobre su fragmento de historia,

solo una pose permanece:

el tiempo los ha convertido en algo

falso. Esa fidelidad en piedra

que nunca pretendieron ha resultado

su blasón final, y demostrado

que nuestro casi instinto es casi cierto:

lo que sobrevivirá de nosotros es el amor.

Buscando leones en las nubes