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El nuevo desorden internacional
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El nuevo desorden internacional

Actualizado 13/01/2026 14:42

“Los riesgos globales no pueden resolverse dentro de las fronteras nacionales.”

ULRICH BECK

“Las normas no constriñen a los Estados poderosos cuando sus intereses vitales están en juego.”

JOHN J. MEARSHEIMER

La política internacional de Donald Trump ha marcado un punto de inflexión difícil de ignorar en la historia reciente del orden mundial. Más allá de su estilo provocador o de sus decisiones concretas, su presidencia ha puesto en cuestión uno de los pilares sobre los que se había sostenido la política global desde el final de la Segunda Guerra Mundial: el multilateralismo. Durante décadas, este había funcionado como un marco imperfecto pero compartido, en el que los Estados, especialmente las grandes potencias, aceptaban someter parte de su soberanía a reglas comunes, organismos internacionales y acuerdos colectivos. Con Trump, esa lógica ha comenzado a resquebrajarse de forma explícita y deliberada.

El lema America First no fue solo un recurso retórico para consumo interno, sino una auténtica declaración de principios en política exterior. Bajo esa consigna, Estados Unidos dejó de presentarse como garante, al menos formal, del orden internacional liberal y pasó a actuar como un actor que priorizaba de manera abierta su interés inmediato, incluso a costa de debilitar instituciones que él mismo había impulsado. La desconfianza hacia Naciones Unidas, la Organización Mundial del Comercio, la OTAN o los acuerdos climáticos reveló una visión profundamente escéptica respecto a la cooperación internacional. En palabras de Hans Morgenthau, uno de los grandes teóricos del realismo político, “la política internacional, como toda política, es una lucha por el poder”. Trump asumió esta máxima sin matices ni adornos.

Desde esta perspectiva, la política exterior de Trump puede leerse como una aplicación casi literal del realismo político, especialmente en la formulación de John J. Mearsheimer, para quien las grandes potencias actúan en un sistema internacional anárquico guiadas por la necesidad de maximizar su poder y garantizar su seguridad, no por la adhesión a normas compartidas. La denominada Doctrina Donroe expresa esta lógica sin ambigüedades: una actualización descarnada de la vieja Doctrina Monroe que asume abiertamente las esferas de influencia, subordina el multilateralismo al interés nacional y convierte las reglas internacionales en instrumentos revocables del poder.

El fin del multilateralismo, sin embargo, no debe entenderse como una desaparición súbita de las instituciones internacionales, sino como su vaciamiento progresivo de autoridad y legitimidad. Durante la administración Trump, los acuerdos dejaron de percibirse como compromisos duraderos y pasaron a verse como contratos revocables, sujetos al cálculo coste-beneficio del momento. Esta lógica transaccional está erosionando la confianza entre aliados y envía un mensaje claro al resto del mundo: las reglas solo valen mientras benefician a los más fuertes. Como advertía Raymond Aron, “un orden internacional solo existe si es aceptado como legítimo por quienes lo integran”; cuando esa aceptación se rompe, el orden se vuelve inestable.

Las consecuencias de este giro han sido múltiples y profundas. En primer lugar, se ha producido una fragmentación del sistema internacional. Ante la retirada o el distanciamiento de Estados Unidos de los marcos multilaterales, otros actores comenzaron a llenar el vacío. China y Rusia reforzaron su presencia geopolítica, no necesariamente para defender el multilateralismo clásico, sino para promover modelos alternativos, más autoritarios y menos exigentes en términos de derechos humanos. El resultado no ha sido un mundo más cooperativo, sino más competitivo y polarizado, donde las normas comunes han cedido terreno a las zonas de influencia y a la política de bloques.

En segundo lugar, el debilitamiento del multilateralismo está teniendo un impacto directo sobre los conflictos internacionales. Sin mecanismos eficaces de mediación y arbitraje, las crisis tienden a gestionarse mediante la presión unilateral, las sanciones económicas o la amenaza del uso de la fuerza. Estas herramientas, presentadas a menudo como soluciones rápidas, suelen tener efectos devastadores sobre las poblaciones civiles y una eficacia muy limitada a largo plazo. Hannah Arendt advirtió que “la violencia puede destruir el poder, pero es incapaz de crearlo”; sin embargo, la política internacional reciente parece olvidar esta lección elemental.

Otro efecto significativo está siendo el deterioro del principio de legalidad internacional. Cuando una gran potencia actúa al margen de las normas que dice defender, se genera un precedente peligroso. Otros Estados se sienten legitimados para hacer lo mismo, y el derecho internacional pierde su capacidad de freno. Este fenómeno no conduce a una mayor soberanía real, sino a una inseguridad generalizada. Zygmunt Bauman describió este escenario como propio de una “modernidad líquida”, donde las estructuras se disuelven sin que surjan nuevas bases sólidas que las sustituyan. En política internacional, esa liquidez se traduce en imprevisibilidad y desconfianza.

Desde un punto de vista filosófico, el giro trumpista ha reabierto una vieja discusión: si el orden mundial puede sostenerse sobre algo más que la fuerza. El proyecto multilateral nació, en buena medida, de una intuición kantiana: la idea de que la razón y el derecho podían limitar la violencia entre los Estados. Immanuel Kant afirmaba que “la paz no es un estado natural, sino una tarea moral”. Trump, por el contrario, asumió una visión más cercana a Thomas Hobbes, para quien, en ausencia de una autoridad superior efectiva, prima la ley del más fuerte. El problema es que, en un mundo globalizado, esa lógica no conduce a la seguridad, sino a una escalada permanente de tensiones.

Las consecuencias también se han dejado sentir en el plano económico y social. La ruptura de consensos internacionales afecta al comercio, a las cadenas de suministro y a la cooperación frente a desafíos globales como el cambio climático o las pandemias. La retirada de acuerdos climáticos, por ejemplo, no solo debilita la lucha contra el calentamiento global, sino que envía una señal de irresponsabilidad colectiva. Como recordaba Ulrich Beck, “los riesgos globales solo pueden afrontarse globalmente”; negarlo es una forma de autoengaño político.

Europa, por su parte, ha quedado atrapada en una posición incómoda. Dependiente durante décadas del liderazgo estadounidense, se ha visto obligada a replantearse su papel en un mundo donde el aliado tradicional se ha mostrado imprevisible. La falta de una política exterior y de defensa realmente autónoma ha evidenciado los límites del proyecto europeo. El fin del multilateralismo impulsado por Trump actúa así como un espejo que refleja las debilidades estructurales de otros actores internacionales.

Para concluir, la política internacional de Trump no solo ha acelerado el declive del multilateralismo, sino que revela una crisis más profunda: la dificultad de sostener un orden mundial basado en reglas compartidas en un contexto de creciente desigualdad, desconfianza y rivalidad. El multilateralismo no ha muerto con Trump, pero ha salido gravemente herido. Su futuro dependerá de si los Estados están dispuestos a asumir que la cooperación no es una concesión ingenua, sino una necesidad histórica. De lo contrario, el mundo corre el riesgo de regresar a un escenario donde, como advertía Tucídides, “los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”, una máxima tan antigua como inquietantemente actual.

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