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A perro flaco…si, pero ya son demasiadas pulgas
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A perro flaco…si, pero ya son demasiadas pulgas

Actualizado 11/01/2026 10:20

Hace cinco años, exactamente el 5 de enero de 2021, se produjo el asalto al Capitolio de los Estados Unidos porque una multitud de seguidores del expresidente Trump irrumpieron en el Congreso cuando se disponía a certificar la victoria del nuevo presidente Joe Biden. Después de intentar anular las elecciones en varios momentos, el perdedor no asumió su derrota alegando un pretendido fraude que nunca se pudo demostrar, Hubo varios muertos y, con mayor o menor entusiasmo, la asonada fue condenada por la mayoría de norteamericanos y no pocos gobiernos democráticos. Aunque a regañadientes, Trump tuvo que admitir su responsabilidad a la hora de calentar los ánimos de los asaltantes.

Transcurridos cuatro años, el primer día del segundo mandato, Trump firmó una orden indultando a todos los condenados por el asalto al Capitolio ¿Es tan difícil averiguar qué otro político, bien conocido por nosotros, también es muy dado a conceder el indulto a sus conmilitones condenados y a los que, sin serlo, quiera cobrárselo a la hora de perpetuarse en el cargo? Pues eso.

Sin lugar a dudas, la “machada” de Trump en Venezuela será un punto de inflexión que hará chirriar la aplicación de la Carta de las Naciones Unidas y el Derecho Internacional. Es triste, pero se debe reconocer que buena parte de los acuerdos internacionales acaba siendo papel mojado. La válvula de escape que supone el derecho al veto, unido a la indiferencia con que se ignoran las infracciones -directamente proporcional al poderío del infractor- hacen que se vea como algo normal el menoscabo de la legalidad. Una prueba de lo que digo nos la da diariamente Trump amenazando e insultando a quien se atreva a criticar su desvergüenza o afirmando que el Derecho Internacional se lo pasa por el arco del triunfo. Precisamente desde aquí, cuando se cumple el 5º Centenario de la Escuela de Salamanca, duele más esa fanfarronada de Trump. Aquí podíamos entrar a discutir cómo ser consecuentes con la ética y la moral pública. Ahora bien, según el juicio individual, siempre habrá diversidad de opiniones, pero lo que sí se puede asegurar es que no todo vale para llegar al poder. En democracia, los gobernantes reciben del pueblo el poder, pero de forma limitada en el tiempo y siempre buscando el bienestar de ese pueblo y, por supuesto, estando obligados a rendirle cuentas.

Partamos de la premisa de que, en diciembre de 2021, un juez de Nueva York ya dictó una orden de búsqueda y captura contra Maduro por narcoterrorismo, conspiración para importar cocaína, y tenencia de amas. Bien es verdad que las mayores culpas del dictador estaban en los continuos ataques a los derechos humanos. Estaban al día detenciones a opositores, periodistas y disidentes, llegando a la desaparición sospechosa de los mayores defensores de la democracia y la libertad.

Si dijera que no me alegré al saber que Maduro había sido capturado y llevado ante un juez, estaría mintiendo. Sin embargo, hay circunstancias que me hacen pensar. La primera, como profesional de las armas, todavía no entiendo la nula respuesta del ejército venezolano ante la aparición de los primeros atacantes norteamericanos. Es cierta la perfecta preparación de los “Delta Force”, pero no se comprende que, después de las repetidas bravuconadas de Trump, cómo podían volar los pesados helicópteros y aeronaves USA – más de 150- tranquilamente, como si fueran desfilando y sin recibir ni un disparo. ¿Por qué sus escoltas, a la vista de las primeras explosiones, no le obligaron a entrar en el búnquer? ¿Por qué dijo Trump que Corina Machado no cuenta con el apoyo del pueblo sabiendo que no es cierto? ¿Por qué la nueva presidenta asegura al Secretario de Estado Marco Rubio que está dispuesta a colaborar con EE. UU. y a su público le dice que no aceptará intromisiones de nadie? ¿Es cierto que Delcy fue la que traicionó a Maduro, para lo que tenía que contar con el beneplácito del Ejército –que tampoco lo demuestra? Y ya lo que acaba de confundirme es que Trump ha dejado clarísimo que le interesa el petróleo de Venezuela, pero no ha dicho ni una palabra de presos políticos, derechos humanos, democracia o del desprecio que se ha hecho a la voluntad expresada por los venezolanos. Los nuevos dirigentes –chavistas hasta la médula-, por salvar su cuello y sus millones, son capaces de vender a su pueblo. Obedecerán a Trump para no acompañar a Maduro.

Cuando no se ha apagado el incendio en Venezuela, Trump ya le ha echado el ojo a Groenlandia. La Unión Europea ha hecho una piña para evitar que Putin acabe con Ucrania –si se le deja, continuará hasta volver a los límites del Telón de Acero -porque el US Army se ha cansado de prestar armas y vidas en la defensa de Europa ¿Y ahora debemos aplaudir la soberbia de Trump para repetir la agresión rusa? No nos olvidamos de su famoso “America First”, pero no a cambio de la ley de la selva.

Groenlandia tiene una extensión cuatro veces mayor que la de España, con una población de apenas 50.000 personas. Geográficamente estaría enmarcada en América del Norte, pero en 1953 formó parte de Dinamarca, que le concedió la autonomía en 1979. EE.UU. ocupó la isla en 1941 para defenderla ante una posible invasión del ejército alemán. Cesó la ocupación al final de la GM II. En 1951 los dos países firmaron un acuerdo que permitía a USA instalar la base aérea de Thule. Nadie duda del valor estratégico de esta gran isla que se convierte en el centinela de todo el tráfico que transcurre por el Ártico. Cuando Rusia y China están frecuentando esa ruta, no cabe duda que el otro coloso pretende ener su propia garita. No es Trump el primer presidente USA que busca su propiedad. Varios intentos de compra no han llegado a buen puerto. Dinamarca y Groenlandia (que forma parte de la OTAN, pero no de la UE) tienen la última palabra y es de esperar que no pierdan el oremus por muchos dólares que ponga Trump. Lo malo es que ya ha soltado su desafío: “Groenlandia será de EE.UU. por las buenas o por las malas”. Todo ello a pesar de que Dinamarca fue una de las naciones más leales a USA durante la GM II

En la actual situación, se ciernen sobre el cielo internacional negros nubarrones. Cada oveja busca su pareja y los mejores rebaños pretenden dejar sin pastos a los demás. La solución está en poner cercas eficaces, para lo cual todos deben aportar su parte alícuota. Y, siguiendo con el símil pastoril, aquí viene la madre del cordero. España tiene un pastor que va por libre y piensa que todos los demás debemos seguirle como borregos. Frecuenta muy malas compañías y, cegado por su ambición personal, lleva la contraria a quienes procuran acercarse al árbol que proporciones mejor sombra. Ya vemos que nadie está libre de las locuras de algún iluminado. Hay que dar la cara, velar por todo el rebaño. España, como todo el mundo, tiene países leales y otros no tanto. Actualmente, por nuestra inexplicable política exterior, hay tres naciones con las que deberíamos estrechar más nuestros lazos: EE.UU., Israel y Marruecos. A las tres acabamos de airar y da la casualidad que las tres forman actualmente una piña y nunca serían fáciles enemigos. No es buen momento para sacar pecho ante ellos. Si no es suficiente el calamitoso estado de nuestro diario devenir, nuestro gobierno está convirtiendo a España en el perro flaco que ya no aguanta tantas pulgas. A nosotros nos corresponde utilizar el insecticida.

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