De nuevo, con la cercanía del Premio Nadal, fallado hace apenas tres días (y que ha recaído en David Uclés, autor de la excelente y muy exitosa La península de las casas vacías), vuelvo a sugerirles la lectura de un libro galardonado en la importante cita literaria barcelonesa. Si el viernes pasado les recomendaba Nada, la novela de debut de Carmen Laforet (una presencia destacada, al parecer, en la obra premiada este 6 de enero), ahora quiero proponerles la que fue también primera novela de su autor, el vallisoletano Miguel Delibes, La sombra del ciprés es alargada, con la que obtuvo el reconocimiento “nadalesco” en enero de 1948.
El libro nos presenta a Pedro, un niño de apenas diez años, huérfano de padre y madre, de los que no guarda recuerdo, que queda bajo la tutela de don Mateo Lesmes, un maestro de Ávila, de austera y despojada visión de la vida, que lo acoge en su familia y le proporciona un hogar y una educación.
Ambientada en el primer cuarto del siglo pasado, la novela nos lleva, siempre de la mano de Pedro, que la narra en primera persona, a conocer, de entrada, el microcosmos abulense del niño (don Mateo, su esposa doña Gregoria, su hija Martina, el amigo Alfredo); aunque, sobre todo, nos permitirá introducirnos en la compleja, afligida y temerosa conciencia del chico, moldeado intelectual y sentimentalmente, a falta de otras influencias, por el recalcitrante pesimismo de su tutor. En la segunda parte, un Pedro ya joven, que ha abandonado Ávila para completar en Barcelona sus estudios en la Escuela de Náutica, saldrá del estricto caparazón que lo constriñe en la ciudad castellana, comenzará a vivir su vida, viajará por el mundo como capitán de barco, conocerá a una mujer, Jane, en Estados Unidos y…
Y si dejo en suspenso la continuación de la trayectoria vital del personaje no es solo por evitar destriparles la trama argumental de la novela, sino porque lo que importa en ella no son los acontecimientos “externos” narrados, sino lo singular de su estilo, muy depurado ya en un escritor tan joven, y la sugerente propuesta temática que refleja las tesis del autor.
Desde el punto de vista formal, la novela es inusual. La prosa de Delibes es muy literaria, culta, estilizada y artificial, muy elaborada y hasta ampulosa, algo anacrónica, lo cual contrasta con los registros coloquiales, la sencillez y el despojamiento, la nitidez y la “limpieza” más presentes en su obra posterior. Aquí, en cambio, la voz narradora es la de un filósofo, la de un profesor universitario, la de alguien que se sitúa —inconscientemente— por encima de su lector, no a su lado; alguien que articula su pensamiento con precisión, adentrándose en los recovecos de las ideas, analizándolas y matizándolas. Su adjetivación es ya, pese a su juventud, brillante; su expresión, algo abigarrada y retórica; el léxico, erudito, refinado, abundante en vocablos cultos, hoy desusados, probablemente también en 1947: undísono, matrera, bore, mesmedad, desmarrido, lene, acítara, flébil, ínsitas, ostial, desdejado, subitáneo, entre otros muchos. Hay usos nominales que aparecen como trasnochados para el lector actual y que al de hace setenta años le provocarían una cierta sensación de distancia, de hallarse en presencia de una académica y quizá pedante prosa profesoral. Llaman la atención los muy vallisoletanos leísmo y laísmo, constantes en todo el texto (al menos en la primera edición del libro, la que yo leí en mi juventud y he vuelto a repasar recientemente).
En cuanto a su contenido, la novela es un vehículo para la transmisión de las ideas y opiniones del juvenil Delibes, reflejadas en el muy sentencioso Pedro. El libro, que podríamos calificar casi de “metafísico”, está repleto de cavilaciones y análisis introspectivos sobre la amistad, el compromiso, el deseo, la aceptación y el sufrimiento, la ilusión y la pérdida, la felicidad terrenal y la gloria eterna, la infancia y la relación con el otro, la dimensión social de nuestra personalidad, la vinculación con el mundo y el “desasimiento” de él, la imposibilidad del amor y la omnipresente realidad de la muerte, cuestiones todas que apelan al cuestionamiento radical del sentido de la vida por parte del protagonista. Por encima de todo, es esa muerte, implícita ya en el título del libro, su tema fundamental.
A Pedro, su soledad, su falta de raíces y la influencia de su mentor lo llevan a obsesionarse con la muerte, no solo en su manifestación física, sino también en su expresión simbólica y espiritual: el paso del tiempo y la existencia como pérdida constante, como abandono de lo que nos conforma, el carácter finito de todo lo que nos rodea, las personas, los afectos. Su pensamiento se resume en una constatación primaria: en tanto que la muerte acecha inexorablemente y con ella el fin de todos nuestros afanes, la consunción de cuanto hemos construido, el olvido, la caducidad y la extinción de lo que somos, lo sensato es no crear vínculos con nadie ni con nada, no “tomar” para así no tener que “dejar”.
El despojamiento, la renunciación, el retraimiento, la desconexión del mundo, la eliminación del deseo, el aislamiento y la falta de compromiso se constituyen así en el norte que guiará los pasos del protagonista, que acabará por renunciar incluso al amor, porque, ¿para qué permitir que brote la atracción hacia otra persona, para qué crear una comunidad de sentimientos, para qué la unión con alguien si fatalmente uno de los dos ha de enterrar al otro? Delibes conforma así una suerte de metafísica del desasimiento, de cuyos postulados básicos puebla las reflexiones de su personaje.
La vida de Pedro es una estéril lucha por sobreponerse a la lúcida visión que lo aflige: «Ahora veía que la muerte lo llenaba todo en el mundo con su vacío desolador». Racional hasta el delirio, solitario y fatalista, indiferente y apático, escéptico y temeroso de la vida, incapaz para la felicidad, la aparición de Jane, el reconocimiento del irracional y poderoso impulso que lo atrae hacia ella, agitará su conciencia y lo llevará a un punto de inflexión en su vida, cuya resolución prefiero no adelantarles.
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Miguel Delibes. La sombra del ciprés es alargada. Editorial Destino. Barcelona, 1948. 352 páginas. 19,90 euros
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