El exconvento de San Antonio el Real, actual Zara y Liceo, es partícipe del juego de la sobreproducción. Los muros enlucidos de la iglesia parecen etiquetados al igual que una prenda de ropa y presencian el soez movimiento de manos centrado en la oferta. El franciscanismo del lugar se reduce a un único y ligero atisbo y queda adherido en armonía a la execrable dinámica del capital. Resulta una broma, una ironía del tiempo, pero lo que ayudó a su caída en desgracia es también aquello que lo mantiene en pie. Y así se conforma la sociedad sobre el puzle de la memoria.
Resulta una constante el hecho de recordar que, a la hora de estudiar cualquier objeto, especialmente el histórico, nos encontramos ante una realidad fragmentaria. Y la mayoría de las veces se aleja de la visión actual que tenemos sobre la cuestión. Es fácil de comprender, pero no siempre se tiene en cuenta, lo que conduce a un dogmatismo académico que busca generalidades ante realidades específicas sin atender a la distancia prudencial de la memoria. Se reescriben los documentos, los muros se tambalean y nuestras expectativas son meras hipótesis ante tanta ausencia. Así, el inabarcable puzle con el que jugamos se presenta como una alternativa al olvido que conlleva la construcción del pasado. Ignoto desorden de piezas. Cabría preguntarse qué fue de todos esos bienes que nacieron con intenciones pías—aunque también con el descaro de la propaganda— y que rondan por el camino del tiempo sin reconocerse a sí mismos como portadores de memoria. Las presencias espectrales de las imágenes desperdigadas por la ciudad y por catálogos de bienes en bibliotecas son una profecía de la inexistencia. Se hunden en la participación pasiva al descontextualizarse y silencian sus pasos ante su rotundidad.
Cabría preguntarse qué fue de todas las imágenes que han desaparecido de las iglesias salmantinas ante los avatares del tiempo. Tras las pesadas puertas cerradas de los templos cerrados, tras las rígidas clausuras, resplandecen las ausencias de las imágenes que partieron al exilio para nunca más volver. Donde ahora hay un expositor garante de la probable explotación laboral antes lucía el signo de una devoción exacerbada. Allí donde se conmemora el dolor de tierra y terrestres ahogados por el peso del capital, antes servía para acoger a la imagen barroca de Nuestra Señora del Gran Dolor, una piedad vestidera que ahora reside en la iglesia de San Juan de Sahagún. Este lugar se erige como un “sacro almacén” para otras imágenes como el San Boal, procedente de la iglesia homónima, de clara deuda berruguetesca o la imagen de tamaño natural de San Francisco, también de San Francisco el Real. Allí, en una peana sobreelevada, cubierto por el polvo del recuerdo y el descuido, mira sin ojos y sin lágrimas a un crucifijo que no llora las penas del destierro. Tras las rejas de la capilla en la nave del Evangelio, de la Buena Nueva, descansa lo antiguo y con pocas noticias que ofrecer. Nadie vuelve igual del olvido.
La empresa Diario de Salamanca S.L, No nos hacemos responsables de ninguna de las informaciones, opiniones y conceptos que se emitan o publiquen, por los columnistas que en su sección de opinión realizan su intervención, así como de la imagen que los mismos envían.
Serán única y exclusivamente responsable el columnista que haga uso de nuestros servicios y enlaces.
La publicación por SALAMANCARTVALDIA de los artículos de opinión no implica la existencia de relación alguna entre nuestra empresa y columnista, como tampoco la aceptación y aprobación por nuestra parte de los contenidos, siendo su el interviniente el único responsable de los mismos.
En este sentido, si tiene conocimiento efectivo de la ilicitud de las opiniones o imágenes utilizadas por alguno de ellos, agradeceremos que nos lo comunique inmediatamente para que procedamos a deshabilitar el enlace de acceso a la misma.