«La sociedad del riesgo es una sociedad catastrófica… el estado de excepción amenaza con convertirse en el estado de normalidad».
ULRICH BECK.
“La pasión es la sustancia misma del riesgo.”
ANNE DUFOURMANTELLE
Hablar hoy de riesgo es hablar del modo en que habitamos el mundo. Es una experiencia cotidiana que atraviesa nuestras decisiones más sencillas y nuestras preocupaciones más hondas. Vivimos en una sociedad que, paradójicamente, ha alcanzado cotas inéditas de seguridad material y, al mismo tiempo, se siente cada vez más vulnerable. Nunca hemos tenido tantos sistemas de protección, tantas garantías, tantos seguros, y sin embargo el miedo se ha convertido en un clima permanente. El riesgo ya no aparece como un accidente ocasional, sino como un rasgo estructural de nuestra forma de vivir juntos.
Durante mucho tiempo el riesgo se asociaba a lo imprevisible: una mala cosecha, una enfermedad, una guerra. Hoy, en cambio, muchos de los riesgos que nos inquietan nacen de nuestras propias conquistas. La tecnología que promete bienestar genera nuevas amenazas; el crecimiento económico produce desigualdades que minan la cohesión social; el progreso científico abre posibilidades que no sabemos cómo gobernar éticamente. El riesgo ya no es solo externo: es un producto de la misma modernidad que pretendía emanciparnos del miedo. En este sentido, nuestra época no vive contra el riesgo, sino dentro de él.
Esta situación transforma profundamente nuestra manera de entender la libertad. Elegir se ha convertido en un ejercicio cargado de ansiedad. Cada decisión parece una apuesta: estudiar una carrera, cambiar de trabajo, formar una familia, confiar en alguien. Se nos pide que calculemos, que anticipemos consecuencias, que no nos equivoquemos. El error, que antes formaba parte natural del aprendizaje, se vive ahora como un fracaso personal. La sociedad del riesgo tiende a individualizar la responsabilidad y a ocultar las condiciones estructurales que generan inseguridad. Así, la libertad corre el peligro de convertirse en una carga pesada, más que en una posibilidad gozosa.
La filosofía ha advertido desde hace tiempo este desplazamiento. Nietzsche, con su lucidez provocadora, denunció la obsesión moderna por la seguridad como un síntoma de agotamiento vital. “El deseo de seguridad —escribe— es una señal de debilidad”, porque revela el miedo a una vida que no se puede controlar del todo. Para él, una existencia excesivamente protegida acaba siendo una existencia empobrecida, incapaz de crear y de arriesgar sentido. No se trata de glorificar el peligro, sino de recordar que vivir implica siempre exposición.
En el ámbito social, el riesgo se convierte también en una forma de vínculo. Compartimos miedos colectivos: al desempleo, a la enfermedad, al colapso ecológico, a la violencia. Estos temores pueden generar solidaridad, pero también desconfianza y repliegue. Cuando el riesgo se gestiona solo desde el control, la vigilancia y la sospecha, la sociedad se fragmenta. Cada cual busca salvarse como puede, y el otro deja de ser compañero de camino para convertirse en amenaza potencial. El riesgo mal gestionado erosiona la confianza, que es el verdadero cemento de la vida común.
Sin embargo, el riesgo no es solo una amenaza: es también una condición de posibilidad. No hay relación humana auténtica sin riesgo. Amar es arriesgarse a perder, a sufrir, a no ser correspondido. Decir la verdad es arriesgarse a la incomprensión o al rechazo. Comprometerse con una causa justa es arriesgar prestigio, comodidad o seguridad. Kierkegaard lo expresó con una imagen inolvidable al afirmar que “atreverse es perder el equilibrio momentáneamente; no atreverse es perderse a uno mismo”. El riesgo, en este sentido, no es lo contrario del sentido, sino su umbral.
Desde una mirada más espiritual, el riesgo revela nuestra condición más profunda: no somos autosuficientes. Dependemos unos de otros, del tiempo, de la naturaleza, de aquello que no controlamos. Esta fragilidad, lejos de ser un defecto, es el lugar donde puede nacer la responsabilidad. Emmanuel Levinas hablaba de una responsabilidad que no se elige, que surge simplemente del rostro del otro que nos interpela. Responder a esa llamada es siempre un riesgo, porque nos saca de la comodidad del yo protegido y nos introduce en el terreno incierto del cuidado.
La sociedad contemporánea, sin embargo, intenta neutralizar esa intemperie mediante el control. Todo se mide, se evalúa, se gestiona. La vida corre el riesgo de reducirse a un problema técnico. Pero cuanto más se persigue la seguridad absoluta, más crece la inquietud. El control total es una promesa imposible, y su fracaso genera frustración y cinismo. Cuando nada parece digno de confianza, la tentación es la indiferencia: vivir al día, sin compromiso, sin horizonte. Ese es uno de los rostros más silenciosos del nihilismo contemporáneo.
Frente a esta deriva, recuperar una relación más humana con el riesgo es una tarea urgente. No se trata de aceptar cualquier peligro ni de renunciar a la prudencia, sino de discernir qué riesgos merecen la pena. Hay riesgos que destruyen y otros que fecundan. Hay riesgos impuestos injustamente a los más vulnerables, y riesgos asumidos libremente por amor, por justicia o por fidelidad a uno mismo. Aprender a distinguirlos es una forma de sabiduría social.
Aquí el riesgo se vincula con la esperanza. Esperar no es tener garantías, sino confiar sin certezas absolutas. Creer, en su sentido más amplio, no es una huida del riesgo, sino una manera de habitarlo. Es dar un paso sin ver todo el camino, fiarse de que la vida tiene más profundidad que nuestros cálculos. Como escribió Paul Ricoeur, “la esperanza es la virtud de quien acepta la fragilidad del sentido sin renunciar a él”. Esta actitud no elimina el riesgo, pero lo transfigura.
En última instancia, una sociedad madura no es la que elimina el riesgo, sino la que aprende a vivir con él de manera justa y solidaria. Una sociedad que reparte responsabilidades, que protege a los más frágiles, que no convierte el miedo en instrumento de poder. Asumir el riesgo es aceptar que la vida no está cerrada, que siempre puede empezar algo nuevo. Y quizá ahí, en esa apertura vulnerable, se encuentre no solo el peligro, sino también la promesa de una humanidad más despierta, más humilde y más verdadera.
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