Uno de los dogmas más “manoseados” en el fútbol es el de las automatizaciones. Parece que todo el mundo comulga con esa premisa para que un equipo funcione como el lavaplatos de casa, o la lavadora centrifugadora. Los aficionados llegan a pensar que entrenando determinados movimientos preaprendidos, el conjunto funcionará como un reloj suizo de precisión. Si así fuera, los equipos suizos serían imbatibles. Hasta los propios entrenadores pueden caer en la trampa pensando que sus equipos jugarán de memoria engranándose todo con repeticiones y venga repeticiones.
La palabra “automatización” se ha convertido en dogma de barra de bar en el fútbol contemporáneo. Se repite tanto – y tan mal- que parece una especie de magia mecánica: entrenas un patrón, los repites veinte veces, y el domingo el equipo “juega de memoria”. Esa es la ficción. La realidad - la que conocen los entrenadores serios – es otra, mucho más compleja y mucho más humana.
La automatización no es un fin, más bien un medio frágil. Los mecanismos son necesarios, claro. Ayudan a coordinar, a orientar, a reconocer patrones en el caos del juego. Pero no determinan nada por sí mismos. El fútbol no es ajedrez ni programación. Las repeticiones generan familiaridad, no certidumbre. El aficionado medio confunde un mecanismo con un destino.
La “memoria” del equipo es situacional, no mecánica. Un equipo no ejecuta de memoria; interpreta. La famosa jugada “repetida” funciona solo si coinciden alturas de presión del rival, perfiles de los defensores, orientación corporal de quien recibe, ritmo colectivo, estado emocional… La memoria existe, sí, pero es memoria de contexto, no un automatismo rígido. Si el contexto cambia, la jugada se deshace.
El engranaje no depende de repeticiones, sino de relaciones. Los equipos que parecen engranados no son los que más repiten, sino los que mejor se relacionan: líneas que se leen entre sí, jugadores que saben “escucharse”, tiempos compartieos, una sensibilidad común. Eso – relacional- no es automatización; es inteligencia colectiva.
El dogma nace del deseo de simplificar lo que no se entiende. Al aficionado le tranquiliza creer que todo es cuestión de repetición: “Si lo entrenan mucho, saldrá”. Pero lo que los entrenadores buscan es casi lo contrario: entender cómo permitir libertad dentro del orden. Menotti lo explicaba: “Se entrena para liberar”. Juanma Lillo, a su estilo, lo completa: “La estructura sostiene para que aparezca lo imprevisible”. Ahí no hay automatismo posible, hay criterio.
El problema del dogma es que confunde fútbol con manufactura. La contradicción es simple, si el fútbol fuera pura automatización, los equipos serían previsibles. Y si lo fueran, serían vulnerables. Por eso, ningún entrenador de élite entrena para la repetición sin alma. Entrenan para que el jugador reconozca, adapte, decida, improvise… Incluso Guardiola – al que muchos le cuelgan la etiqueta del mecanicismo- no automatiza decisiones, automatiza condiciones para que las decisiones buenas aparezcan con más frecuencia.
Recuerdo que me gustaba, siendo entrenador de juveniles, planificar los libres directos/indirectos y solía poner v arios jugadores asignándoles movimientos previos para engañar. Siendo más de tres, acababan embarullándose en los movimientos prefabricados, por lo que concluí que, máximo con dos, bastaba. Se repite entre los entrenadores un malentendido, cual es la idea de que, a mayores mecanismos ensayados, mejor funcionará el equipo. Queda instalada la fantasía de que el fútbol es extrapolable a la industria: repite, repite y repite… y aparecerá la perfección. Pero el campo desmiente esa ilusión a la primera presión desordenada del rival.
En todo plan prefabricado empieza a generar confusión, ruido, incompatibilidad de trayectorias. Se pierde la nitidez. El mecanismo se hace más pesado que la solución. La claridad vale más que la acumulación de ideas. Donde muchos buscan “automatizar más”, otros piensan en simplificar que facilite el aprendizaje. Dos jugadores coordinados producen una lectura más simple en un tiro libre, más veloz y más difícil de defender que un embrollo coreográfico de cuatro.
Porque el número de repeticiones puede dar un componente contrario a lo que buscas. ¿Y si lo que repites está mal ejecutado? Pues las muchas repeticiones acabarán agravando el problema de coordinación, añadiendo ineficacia. Automatizar no es apilar tareas, es reducir las interferencias. En el fútbol, lo prefabricado tiene un techo muy claro. Funciona solo si no estorba la interpretación. El gran entrenador no es quien mete más “cosas”, sino quien sabe cuándo parar.
El fútbol no es manufactura. Ningún equipo juega de memoria, juega de “lectura””. La repetición sin criterio es ruido. No hay automatismo que sobreviva a un rival que sorprende. El mecanismo debe simplificar, no complicar. Una jugada de estrategia con dos jugadores claros vale más que cuatro desorientados. La relación supera al patrón. El entendimiento entre dos futbolistas es más poderoso que una coreografía confusa. Menos, es más, menos actores, más sentido. La abundancia de movimientos prefabricados genera interferencias; la sencillez genera eficacia.
Se entrena para liberar, no para encadenar. El mecanismo es soporte, no dogma. La automatización debe ser permeable. Si no permite interpretar, deja de ser herramienta y se vuelve obstáculo. El entrenador lúcido resta. La claridad nace de un gesto limpio, no de un catálogo de instrucciones.
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