En el fútbol, depende de qué épocas, nombramos a un determinado jugador como el mejor del mundo. Parece que tenemos una necesidad vital de ponderar a uno en concreto y a partir de ahí disfrutar del “Becerro de Oro”, haga lo que haga en el césped él, asumiendo que está siempre por encima de otros.
Sin duda, no existe una máquina de medir cualidades. Cada cual le da valor a unas determinadas características del futbolista y las airea para “tener razón argumental”. Pasó en su tiempo con Di Stéfano; más tarde con Pelé; le siguió Johan Cruyff y por último elevamos al cielo a Maradona. Curiosamente, el memorial colectivo no sé por qué se paró en esos cuatro, como si nos diera vergüenza ampliar el helenco. Lo más aproximado, fue incorporar a Messi y a Cristiano a dicha lista, si bien podríamos haber profundizado aún más en otras épocas gloriosas del fútbol.
Si me centro en mis gustos personales, podría debatir sobre quién fue el mejor de aquellos cuatro, y según qué cualidades valorábamos podría fijarme en el argentino que ví muchas veces en el Nodo y algún partido televisado. También Pelé me entusiasmó en aquel vídeo que compré con pasión de los 1.000 goles conseguidos, ya sabemos que dicha cifra era un dogma falso. Cruyff aportó mucha estética al fútbol de los 70 y una velocidad endiablada en las ejecuciones. Aparte su visión marketiniana de la vida del futbolista. Por último, Maradona aportó maravillas individuales y colectivas a su juego, pena que cayera en su infame precipicio personal.
La cuestión es que, si tengo que dar una opinión definitiva y contundente, a mí el que más me gustó fue Pelé. Su estética, su elasticidad, su personalidad, su manejo, su juego diferencial. Dominaba las dos piernas, el cuerpo, la cabeza, la serenidad, cara al gol era proverbial.
Todo este preámbulo era para aflorar lo que siempre he pensado que ha sido un olvido injusto con el jugador Ronaldinho Gaucho. Un genio cuya sonrisa y alegría – ese “disfraz” de felicidad constante debió aportar más reconocimiento merecido. La confusión podía venir detrás del juego festivo, pero había un talento técnico descomunal. Sin nada que envidiar a nuestros 4 fenómenos históricos.
En su trayectoria emerge no solo un catálogo de filigranas, sino una poética del fútbol en estado puro. Gremio (1998-2001), allídesafió la lógica del juego brasileño tradicional, mezclando la “ginga” de calle con una comprensión espacial sorprendente. Llegó en 2001-2003 al París S.Germain, creativo, elástico, cambios de ritmo, amagues, sonrisas… En Barcelona (2003-2008) fue la apoteosis, un “Big Bang” de la era Guardiola. Llegando en 2008-2011 al AC Milan, su toque seguía siendo oro líquido cuando el artista se resistía a apagarse. Después, funambuló por Flamengo, Atlético Mineiro, Querétaro y Fluminense…
Campeón del Mundo con Brasil 2002, autor de aquel tiro libre imposible ante Inglaterra, Campeón de la Copa América 1999 y Confederaciones en 2005. Y sin caer en herejía, podíamos comparar su capacidad de inventar con Pelé, con aquella misma potencia y perfección. Ronaldinho fue sorpresa y alegría. Técnica “sorbrenatural” dijeron algunos, control orientado, golpe de empeine con máxima precisión, visión periférica que anticipaba el futuro. Quizás, fue el jugador más libre dentro de la estructura del futbol moderno.
Podríamos asegurar que Pelé fue la síntesis del fútbol total y Ronaldinho la síntesis del fútbol imposible. Uno encardinó la perfección del sistema; el otro, la belleza de la anomalía.
“La perfección y la magia, dos maneras de tocar lo absoluto”. En Pelé “el balón era su extensión del cuerpo” y Ronaldinho “lo domaba, lo burlaba, y lo liberaba”. Ambos con precisión absoluta y gran velocidad de ejecución. Ambos cirujanos del gol. “Si Pelé jugaba para demostrar que el fútbol podía rozar la perfección, Ronaldinho jugó para recordarnos que la perfección sin alegría no vale la pena.”
Una loa del fútbol podría concretarse en ellos dos: “Hubo un tiempo en que el fútbol soñócon la perfección, y ese sueño se llamó Pelé. Todo en él era exacto: el gesto, la decisión, la ejecución. Jugaba con la certeza del que parece haber nacido sabiendo. Pelé no corría: se desplazaba como si el aire le obedeciera. Fue el orden solar de un Brasil que aprendió a creer en sí mismo a través de su elegancia.
Y, sin embargo, años después apareció un jugador que desobedeció las leyes del cálculo y del tiempo. Ronaldinho no buscó la perfección, sino la sonrisa. No quiso dominar el balón, sino conversar con él. En su fútbol, el engaño era una forma de ternura y el lujo, un homenaje a la infancia. Si Pelé fue el arquitecto del mito, Ronaldinho fue su poeta callejero.
Ambos pertenecen al mismo linaje de lo extraordinario: uno edificó la catedral del juego, el otro encendió sus vitrales. Pelé demostró que el fútbol podía ser ciencia divina; Ronaldinho recordó que sin asombro, la ciencia se vuelve ceniza.
El primero fue el Rey; el segundo, el Mago. Y entre ambos, el fútbol encontró su definición más pura: la felicidad hecha movimiento.
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