Jueves, 03 de abril de 2025
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El verbo querer
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El verbo querer

Actualizado 20/03/2025 15:59

“…le relumbra / el papel sobre el cual junta sonidos, / cadencias de palabras que no caen / desde el distante mundo, sino desde / su propia sangre viva, hasta su mano / menguada ya la fuerza originaria / dejando trazos que parecen versos”. HJALMAR FLAX (poeta puertorriqueño), Cuestión de oficio, ‘Poiesis’, 1998.

Tan insustancial como todos los “días mundiales”, tan manido y pueril como lo dictado, el Día Mundial de la Poesía se celebró el pasado viernes, 21, coincidiendo, y eso lo hace aún más fútil, con la entrada de la primavera en el hemisferio norte. Con los consabidos y manidos eventos “poéticos” escolares, académicos e institucionales, que siguen asociando la poesía a una cierta forma de expresión versificada y tonta, por falsa, de agradable musicalidad, y todavía “transmitiendo” a los más jóvenes -niños y adolescentes- una descripción y una imagen de la poesía falsa y asociada a lo más vacuo e inane de la escritura, la verdadera poesía, cada vez más escasa y oculta, sigue siendo ignorada por las gualdrapas académicas y los editores, en un panorama literario descorazonador que sigue confundiéndose con el mercado editorial.

Uniformada como otros géneros literarios, cinematográficos o creativos en general, la poesía sufre más que ninguna otra actividad creativa de un profundo descenso en la calidad y probidad literaria de lo (poco) que se edita. Manipulados los premios literarios en casi su totalidad, en un reparto indigno entre jurados, editoriales y conocidas mutualidades de “poetas”, las cortas ediciones institucionales se arrumban en almacenes hasta convertirse en papel al peso (tal vez muchas no valgan para otra cosa), y en las secciones todavía ostentosamente rotuladas “Poesía” de las librerías, pueden encontrarse escasas ediciones carísimas de clásicos de siempre, de nombres famosos o de esa interesada mezcolanza de poesía con ilustraciones, efemérides u homenaje que no son sino cajones de sastre, objetos de regalo y lomos de estantería, además de muy pocos de los (en general malos) libros de poemas que hoy se editan.

Poetas jóvenes rebosantes de talento, o poetas de cualquier edad con potentes obras de alta calidad lírica, son hoy ninguneados por editores y gestores culturales, obstaculizada su difusión por la inundación de lo consabido y el nominalismo halagador, en operaciones puramente mercantiles en las que hay poca, o ninguna, poesía. Nombres de los de siempre, copadores de ediciones y conferencias, acaparadores de jornadas, seminarios y recitales, se repiten desesperantemente con una creación roma y adaptada a un supuesto “gusto” poético vulgar, inane, pueril y hasta chabacano, extendido por ellos mismos y del que, a riesgo del hundimiento en el olvido, les es imposible salir a los verdaderos poetas.

La definición de la poesía, de lo que es poesía, no es un constructo verbal que pueda ponerse en la solapa de un libro, ni con cuatro frases quevedescas o mil cantos a las flores primaverales ni las penas del corazón, ni constituir una lección de Lengua y Literatura, sino que responde a la enseñanza y conocimiento básicos de la Literatura y sus obras, de las creaciones poéticas a lo largo del tiempo, de la evolución de la lírica, con el interés individual de quien lee, del contraste con la sensibilidad y el poso cultural del lector y, sobre todo, con la percepción de la comunicación a través de la palabra entre el que dice y el que escucha o lee, en un territorio de universales emocionales, artísticos, literarios y sensitivos. Es decir, la definición de lo que es poesía, o de lo que debe nombrarse como tal, no es tarea de mercaderes ni impresores, ni de críticos o exégetas, y mucho menos de satélites institucionales ávidos de ponerse medallas culturales, sino del acercamiento personal, del ‘yo’, del ‘tú’, del ‘nosotros’, de la voluntad de sentir y de algo tan etéreo, tan sencillo y tan cierto como las diferentes conjugaciones y sentidos del verbo querer.

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