En cuanto a María Zambrano, autora de libros que solo hemos mirado por encima, me parece recordar que José Ortega y Gasset, sin metáforas, en efecto se quitó el sombrero.
Somos seres frágiles y hermosos, me parece sugerir la lectura de La leyenda del santo bebedor, de Joseph Roth. Ayer viernes, camino a la universidad, conversaba con otro Joseph, no austríaco, pero sí nativo de un país de la misma rama lingüística germánica. Mencionábamos un poema de Pablo Neruda, a propósito de una circunstancia bien sabida por él. Debatimos en torno a un aspecto que Andreas Kartak, el protagonista de la novela de Roth, conoció por igual: el cambio de un estado de vida a otro. Esto, en su día, lo vivieron otras mujeres ejemplares, entre quienes basta mencionar, en el inicio de la redacción, a una Sor Juana Inés de la Cruz mexicana, o una pastora Marcela cervantina, española.
Ahora cuando cierro los ojos para ver qué redactaré en la columna, que no he iniciado aún, recuerdo un tema debatido en el aula, ayer mismo, en la clase de lingüística. Mis estudiantes y yo hablamos sobre el paradigma enactivo en el lenguaje; es decir, sobre la experiencia corporal y la interacción con el entorno, en el desarrollo de la lengua. El aspecto físico del mundo y su interrelación con nuestras personas, no solo en la esfera psíquica, sino también en la material (cuerpo), activa el estímulo del habla, ya sea en la adquisición de una segunda lengua o en el desarrollo superior de la materna.
De Joseph Roth, el autor de La leyenda del santo bebedor, también recuerdo Tarabas: un huésped en la tierra. Leí la novela, me parece recordar, en tres semanas, hace algo más de diez años. Recuerdo que fueron tres semanas, porque fueron tres las veces que vi a las amistades de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), en Salamanca, a quienes les relaté la historia de Nikoliai Tarabas, un criminal y un santo. Los giros en los que se vio inmersa la vida de Tarabas lo llevaron en etapas sucesivas del rechazo social derivado de un crimen a una tácita aceptación, debido a la enmienda. Cumpliendo la profecía de un adivino, los pasos del protagonista de la novela de Roth lo llevan de la fechoría del desaguisado al enderezamiento del entuerto.
Cuando me reunía con mis amigos de Flacso, camino a un restaurante peruano, donde no había más carta (menú) que la comida del día, y donde siempre nos preguntaban qué queríamos comer, a pesar de que no había opciones, ahí en el camino al restaurante y en el restaurante mismo les contaba los pasos de Tarabas, que de una forma u otra, lejana o cercana, se asemejaba en algo a nuestras propias vidas. Uno de ellos nos contó cómo había dejado de lado unas costumbres pretéritas, allá en la lejanía del tiempo donde el pasado hunde sus raíces. Él mismo, o alguien más, no recuerdo con precisión, incluso había enterrado un papel con el apunte de lo sucedido, para que de manera simbólica la madre tierra lo ayudara a concertar una solución.
Otro lector empedernido, fiel a su hábito letraherido —a quien su hábito letraherido lo consiente de formas impensadas—, me respondió a mi comentario sobre la lectura de Joseph Roth con una cita de Benito Pérez Galdós. Me habló de Misericordia, una novela donde se pone de relieve la bondad de la mujer y el hombre. Esa conversación sucedió, además, un 8 de marzo, como hoy, Día Internacional de la Mujer. En la obra de Pérez Galdós —quien recibió el título honorífico de Garbancero, debido a su cercanía con el pueblo español—, una mujer de extracción humilde encumbra en la cima del milagro las entrañas mortales del ser humano. A la manera de una Klara y el sol, de Kazuo Ishiguro, pero sin la inteligencia artificial del libro del siglo XXI, Benina, personaje de Pérez Galdós, a ras de calle de Madrid encarna, sin saberlo, todo lo que Alonso Fernández de Madrigal, el Tostado, no escribió de bien en el siglo abulense anterior al de Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz.
Esta semana, en Nanjing, me sorprendí a mí mismo diciendo un par de frases de una lucidez inaudita. La primera la dije a inicios de semana; la segunda la dije ayer, viernes, después de haber compartido con Joseph E., mi compañero de trabajo en Nanjing Tech University, un poema de Pablo Neruda, por medio de captura de pantalla. La primera frase fue algo como esto: “solo hay algo que me gusta más que impartir clases, terminar de impartirlas”. La segunda, por su parte, fue algo más o menos como esto otro: “lo que más me gusta de impartir clases es el sabor del café”, porque cuando estoy en el aula no olvido llevar mi café al salón. Esas dos frases, desde luego, escapan al sentido literal de la lectura, o la escucha (mis estudiantes las oyeron). Ese par de vocablos contienen, en otro orden de cosas, un aprecio infinito por todas las bondades derramadas en ese ejercicio profesional impagable. El diálogo con las y los estudiantes encierra un misterio tal, que acaso solo las personas que ejercen la docencia lo conocen; ellas y las personas con quien quieran compartirlo.
Por último, qué nos queda decir hoy 8 de marzo, además de lo que hemos referido arriba con Benina, el personaje del historiador de España, Benito Pérez Galdós. Probablemente, no quede otra cosa sino citar no a un Pablo Neruda, pero sí a una Gabriela Mistral, María Zambrano, María Teresa León, Concha Méndez, Josefina de la Torre, Ernestina de Champourcín, Rosa Chacel, Maruja Mallo, etc., es decir, a las geniales damas Sinsombrero, de la Generación del 27, quienes a la par o más que Dalí, Lorca, Alberti, Cernuda, etc., llevaron las capacidades superiores del pensamiento a unas regiones abstractas y bellas sin parangón en esta tierra de tierras raras, que hoy en día están en disputa a nivel global. En cuanto a María Zambrano, autora de libros que solo hemos mirado por encima, me parece recordar que José Ortega y Gasset, sin metáforas, en efecto se quitó el sombrero.
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