Para venir a gustarlo todo, no quieras tener gusto en nada. Para venir a saberlo todo, no quieras saber algo en nada.
SAN JUAN DE LA CRUZ
La vida no es un problema que tiene que ser resuelto, sino una realidad que debe ser experimentada.
SOREN KIERKEGAARD
El ser humano no puede desprenderse de los rescoldos de su existencia; la fragilidad forma parte de nuestra condición, pero el amor, como recordaba Dostoievski, es superior a la vida, su coronación. Más allá de su dimensión litúrgica y religiosa, la Cuaresma encierra un profundo sentido filosófico que interpela al individuo en su búsqueda de autenticidad, trascendencia y sentido de la existencia. Estos cuarenta días invitan a la reflexión sobre la condición humana, la finitud y la posibilidad de transformación en el camino hacia la verdad. En su esencia, este tiempo es una confrontación con uno mismo, un espacio en el que el ser humano se enfrenta a sus propias limitaciones, deseos y fragilidades con el propósito de alcanzar una vida más plena y significativa.
Desde esta perspectiva, la Cuaresma puede entenderse como un ejercicio de autoconocimiento, en el que la persona revisa sus actos, valores y elecciones. Este análisis no es un mero acto de moralización, sino un proceso de desprendimiento de lo superfluo, de renuncia a los hábitos que esclavizan la voluntad y nublan la razón. Platón, en La República, habla de la necesidad de liberarse de las sombras de la caverna para contemplar la luz del conocimiento. De manera similar, este tiempo propicia un tránsito de la oscuridad de las pasiones desordenadas hacia la claridad de un espíritu purificado, donde la verdad se vuelve más evidente y la conciencia adquiere mayor lucidez.
El ayuno, práctica central en este periodo, no es solo una privación material, sino un símbolo de autodisciplina y dominio sobre los impulsos. Aristóteles, en su ética, describe la templanza como una virtud que equilibra el deseo y la razón. La moderación que se promueve en esta etapa recuerda que el ser humano no se reduce a la satisfacción inmediata de sus necesidades, sino que su verdadera felicidad radica en la armonía entre cuerpo y espíritu. Privarse de ciertos bienes materiales no es un fin en sí mismo, sino un medio para aprender a valorar lo esencial y reforzar la capacidad de autodeterminación. Como decía Aristóteles: “La moderación es la virtud que pone orden en la vida”. A través de esta práctica, el individuo puede alcanzar esa virtud que le permitirá ordenar sus deseos y redirigir su voluntad hacia lo más elevado.
Otro aspecto fundamental de este camino de preparación es la conversión, entendida no solo en su sentido religioso, sino como un cambio profundo en la orientación del ser. Implica un ejercicio de reflexión y toma de conciencia que remite a la noción socrática del "conócete a ti mismo". Este mandato filosófico sugiere que el verdadero conocimiento no radica en la acumulación de información, sino en la comprensión de la propia naturaleza y en el esfuerzo por mejorarla. La revisión de la propia vida se convierte así en un proceso de transformación, en el que se invita al individuo a evaluar sus acciones y a dirigir su existencia hacia el bien. Reflexionar sobre nuestras limitaciones y aspiraciones nos ayuda a hacer consciente nuestra fragilidad y, al mismo tiempo, nos abre la puerta a un cambio auténtico. Como afirmaba Kierkegaard: “La angustia es la condición que precede a la libertad”. Al provocar ese encuentro con la angustia de nuestra finitud y nuestros deseos, este periodo nos ofrece la posibilidad de alcanzar una mayor libertad interior.
Desde una perspectiva existencialista, este proceso se convierte en un ejercicio de responsabilidad personal. En un mundo marcado por la inmediatez y el ruido constante, se nos ofrece un espacio de silencio y contemplación, permitiendo al individuo reencontrarse con su propia interioridad. La invitación a la reflexión y el desprendimiento lleva a un ejercicio de responsabilidad en el que cada persona se reconoce como artífice de su propia transformación y sentido de vida.
La caridad, otro de los pilares de la Cuaresma, es también un acto filosófico en la medida en que implica el reconocimiento del otro como un igual. Emmanuel Levinas enfatizó la importancia del encuentro con el otro como base de la ética. Fomentar la solidaridad y la generosidad refuerza la idea de que el sentido de la vida no se encuentra en el aislamiento individualista, sino en la apertura y entrega a los demás. En este sentido, la transformación interior no es solo un cambio personal, sino una renovación que se manifiesta en la relación con los demás, en la disposición de actuar con justicia y amor. Levinas afirmaba que "El rostro del otro es el lugar donde empieza la ética", y este tiempo de reflexión nos invita a salir del egocentrismo para encontrar al otro y actuar en consecuencia.
Desde una dimensión religiosa, la invitación es clara: volver el corazón a Dios, recordando las palabras de San Agustín: "Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti". Este tiempo invita a, renovar el compromiso de fe y prepararse con sinceridad para la alegría de la Pascua. En definitiva, este tiempo es un camino de esperanza que recuerda a los creyentes que la conversión no es un esfuerzo aislado, sino un proceso continuo de acercamiento a Dios y de vivencia del amor cristiano en todas sus dimensiones. Desde la óptica metafísica, es una puerta abierta a la contemplación de lo absoluto, un puente entre lo finito y lo infinito, un eco de la voz divina que llama. En este viaje, cada persona tiene la posibilidad de redefinir su rumbo, abrazando la verdad, la libertad y el amor como principios rectores de su existencia, para encontrar la plenitud en la esperanza y la vida.
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