En el tráfago de noticias de corrupciones, informaciones de robos, comentarios sobre mentiras, bulos e invenciones de todo tipo en que se mueve la realidad político-económica española, ha vuelto a colarse la expresión “bolsas con billetes”, referida a su supuesta entrega o recepción por parte de acusados, encausados, testaferros o señalados en alguno de los múltiples casos de corrupción en que vive desde hace demasiadas décadas la representación pública española.
Paradigmático de algunos casos en ciudades turísticas del sur y el levante españoles, y parte de la memoria colectiva de alcaldes con cantantes, dirigentes de fútbol en piscinas, toreadores o noviazgos motorizados, el término “bolsas con billetes”, que proyecta en el imaginario colectivo una imagen de insoslayable cutrez, fruto del robo manual de fajos de billetes a la administración pública o del soborno o comisión delictiva, casi siempre asociado a comilonas, viajes, relojes, regalos o compra y obsequio de objetos por políticos corruptos a o de empresarios compradores de voluntades, cuya sola mención en relación con dádivas, chantajes o favores, crea una imagen del político corrupto cercana a la baratura de los deseos (y los odios) más simples, destinada a ser inmediatamente imaginada por la ciudadanía como paradigma del chorizo.
La imagen de las “bolsas con billetes” contribuye al repudio popular de ese tipo de corrupción directa, cañí y vodevilesca que se alimenta de la codicia y el afán por el lujo, pero existen otras corrupciones, otras “bolsas con billetes” que no concitan el rechazo directo de bar y pescadería, que no son una foto fija del huidizo ladrón ‘rey del mambo’, sino que toman la forma de un decreto en un boletín oficial, una resolución o hasta una ley, sin billetes ni cifras ni pagos al contado ni tantos por ciento, pero con el constante exprimido de las arcas públicas, y que constituyen, ahora sí, las grandes corrupciones que horadan no tanto la honradez de un país cuanto su naturaleza e identidad: la creación de cargos inútiles en administraciones, especialmente en las comunidades autónomas, las diputaciones y los grandes ayuntamientos, a veces creando escalas completas o niveles en las relaciones de puestos de trabajo e inventando enteros organismos de figuración destinados a otorgar jefaturas y vicepresidencias a conmilitones, acceso a coordinaciones, presidencias, vice cualquier cosa o sub lo que sea menester, a cual más inútil que la anterior; la política ciega y oculta de contratación de asesores y consejeros en organismos públicos; el gigantesco nepotismo en los nombramientos en departamentos de universidades y entidades públicas, fundaciones y organismos de tipo académico, sanitario o administrativo y de representación pública de todo tipo; las mafias corporativistas de altos cuerpos funcionariales del Estado; los contratos de compra y suministro de las administraciones con los intereses de los firmantes; la creciente presencia de “árboles genealógicos” y familias en todos los estamentos estatales, grandes, pequeños y, sobre todo, cercanos, es decir, el enchufismo descarado; las federaciones deportivas, especialmente las de más proyección pública, alimentadas por el oscurantismo y el manoseo gremial y mafioso que acaba las menos de las veces frente a tribunales que también; las políticas de subvenciones públicas condicionadas por el amiguismo, la coincidencia ideológica u oscuros intereses empresariales infiltrados en las administraciones; los chantajes económicos con fondos públicos, la vida oculta de tanto ex servidor público con retiro dorado que mantiene lealtades, asegura silencios o prolonga concesiones…
La administración pública española está trufada de “bolsas con billetes” que no son bolsas con billetes pero que son mucho, muchísimo más grandes e importantes, y permanentes y costosas, que esas reales bolsas con billetes que cuatro chorizos, amiguitos del alma que estaban allí para forrarse, intercambian para viajes de lujo o volquetes de putas. “Bolsas con billetes”, invisibles, que no suceden puntualmente fruto de una circunstancia concreta o una corrupción específica, y ni siquiera se usan, como se vienen usando, para el desprestigio de la política en general buscado por el reaccionarismo fascista, sino que están en el organigrama de la administración, de todas las administraciones públicas y forman parte de la estructura y el funcionamiento de una enorme cantidad de organismos, funciones y servicios administrativos, demasiadas veces copados, utilizados, ocupados y manejados precisamente por tantos que se lamentan del excesivo gasto público y de que haya tanta gente que va por ahí llevando “bolsas con billetes”.
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