Jueves, 20 de junio de 2024
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La improvisación de poco sirve
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La improvisación de poco sirve

Actualizado 29/05/2024 07:58
Isaura Díaz Figueiredo

Vivía un humilde sastre con sus cinco hijos y su mujer embarazada del sexto. Apenas tenía ya para darles de comer. Un día, les dijo que partiría en busca de fortuna. No estaba dispuesto a ver crecer a sus hijos entre la miseria. Su mujer le miró asombrado:

—¿Dónde irás para encontrar fortuna?—preguntó estupefacta.

Pero a pesar de sus dudas, el sastre guardó algo de ropa en un hatillo y salió, sin rumbo fijo. Era ya de noche y después de mucho caminar, comenzó a sentirse muy, pero que muy solo. Y de pronto echó de menos a su familia. En ese momento, escuchó unos pasos detrás de él.

—¡Qué bueno! ¡Ya no estaré solo al menos!- pensó el sastre.

Y desaceleró un poco su marcha para ser alcanzado. Pero al volver la cara, dio un pequeño grito de terror. ¿Cómo iba a esperar él encontrarse de cara con la Muerte?

—Vaya, siempre consigo ese mismo recibimiento cuando me ven- dijo la Muerte.

—Perdone usted, pero así, de repente…

—Ya, ya, lo sé. No te preocupes, que no vengo a buscarte. En verdad, quería pedirte un favor.

—¿Yo? ¿En qué puedo ayudarte?

—¿No ves los andrajos que llevo? Están tan deshilachados que voy de un lado a otro tiritando de frío. ¡Voy a pillar una neumonía!

—Ya veo, puedo zurcir los rotos…

—No, qué va. Esta tela está ya perdida. Se deshace. Pero tengo un trozo de tela para que me confecciones un traje nuevo. ¿Podrías hacerlo?

—Claro— dijo entonces el sastre.

Y, muy dispuesto, se sentó allí mismo en una roca, sacó sus agujas e hilos y comenzó a confeccionar un nuevo vestido para la Muerte. ¡Qué contenta quedó!

—¡Así ya parezco otra cosa! ¿No crees? Vaya, que te mereces un buen sueldo.

—No hace falta, de veras… Es gratis para los amigos.

—De eso nada, eso no sería justo. Ten, te mereces esta bolsa repleta de monedas de oro. Con ella, comprarás una casa y un coche y colgarás en la entrada de la casa el siguiente cartel:”Médico, cirujano, partero y cura todo”.

—Pero… Yo no soy médico. No sabría curar a nadie…

—De eso no te preocupes, tampoco tienes que saber mucho.

—Pero si no sé leer latín ni griego… ¿Cómo podré recetar?

—Verás, será muy fácil. Cada vez que veas a un enfermo, yo apareceré. Solo podrás verme tú, que conste. Si me sitúo a los pies del paciente, es que curará en pocos días. Puedes darle lo que quieras, que dará igual. Pero si me sitúo en la cabecera, debes decirle que prepare el testamento, y los familiares estarán muy agradecidos contigo por avisar.

—Está bien— dijo el sastre un poco contrariado— Pero antes quería pedirte… ¿Podrías ser la madrina de mi futuro hijo?

—Claro, faltaría más- respondió a Muerte.

Y así hizo el sastre, tal y como le pidió la Muerte. Buscó una casa nueva y compró un coche. Regresó a su casa con alimentos y ropa nueva para todos. Su mujer no podía ni creer lo que veía. ¡Parecía un sueño! Se trasladaron todos a la nueva casa y en pocos días, el nuevo doctor recibió la primera visita.

Los primeros trabajos del doctor improvisado

Era el mozo de un hombre muy rico:

—Por favor, doctor, mi amo está muy enfermo y cree que se está muriendo. ¿Podría usted venir conmigo para chequearle?

El sastre agarró sus útiles de doctor y partió para allá. Nada más llegar, vio a un hombre mayor, tendido en la cama, un tanto pálido. A sus pies, estaba la Muerte. El sastre sonrió, y después de auscultar al hombre, y hacerle unas cuantas preguntas, dijo todo resuelto:

—Bien, en tres o cuatro días estará como nuevo. No se preocupe usted. Solo necesita reposo, un baño de pies al día y un caldito de pollo cada noche.

El hombre sanó a los tres días y envió una buena recompensa al médico. Y así, el sastre-doctor, fue haciéndose con cierta fama. De hecho, un buen día, le llamaron porque un hombre muy adinerado estaba enfermo. Ningún médico había dado con su enfermedad. Pensaban que estaba en sus últimos días. Al llegar a la habitación en donde estaba, vio a cerca de diez médicos con semblante preocupado.

—Pobre hombre, deben quedarle como mucho dos o tres días… — decía uno.

—Sí, o una semana a lo sumo- añadía otro.

Pero el sastre vio a la Muerte a los pies de la cama, y todo decidido, dijo:

—Están todos ustedes equivocados. A este hombre no le pasa nada. En una semana estará de nuevo sano. El hombre, que pensaba que se estaba muriendo, dio un brinco de felicidad.

—¿En serio?

El sastre le mandó hacer ejercicios diarios, tomar caldos durante una semana y unas pastillas con vitaminas. En pocos días, ya estaba recuperado.

La promesa de la Muerte

A todo esto, nació el sexto hijo del sastre y la Muerte se presentó como madrina.

—Te pido una cosa, Muerte- dijo el sastre- No me lleves todavía que me queda mucho que hacer. Intenta que sea más bien tarde…

—No temas, que te prometo, amigo sastre, que tres días antes de llevarte, te avisaré.

Pasaron unos cuantos años y un día, la Muerte se presentó en casa del nuevo médico.

—Amigo, vengo a avisarte. En tres días vendré a por ti.

—¿Ya, tan pronto? – respondió sorprendido el doctor improvisado.

—Me temo que sí. Es tu hora…

El hombre, algo triste, le contó a su mujer que en tres días la Muerte iba a llevárselo. A ella se le ocurrió lo siguiente:

—La Muerte no te reconocerá si cambias de ropa y te corto el pelo y la barba.

Así que lo intentaron. El sastre se quedó pelón y, vestido de jardinero, no había quien le reconociera. A los tres días, la Muerte pasó por su lado y ni se enteró de que era él. Al ver a su mujer, preguntó:

—¿Qué tal mi ahijado? ¿Y cómo estás tú? ¿Y sabes por dónde anda tu marido?

—Oh, yo creo que salió a atender a un paciente— respondió

Entonces, la Muerte se dio la vuelta, y al pasar junto al sastre, que regaba unas plantas, dijo:

—Bueno, cuando vea a su marido digále que vine a buscarle, pero que mientras tanto me llevé a al jardinero.

NOTAS:

Mucho ojo con los líderes de plástico. No olvidemos que somos un tejido social voluble, desleído, algunos no son políticos, son tecnócratas, por lo cual tienen muchos conocimientos pero carecen de don de saber llegar a las masas. De jugar con los medios de comunicación, de empatizar, de hacer llorar o reír y esto es fundamental para llegar al poder. El pueblo aceptó el chalaneo, la picaresca, la verdad según convenga, el relativismo moral. Capaz de vender un caballo sin dientes o una moto sin manillar… La paz social conseguida a cambio de dinero… Es un mago antifascista y de eso Maquiavelo dio en la clave.

¡Cómo me gustaría escuchar la opinión de mi admirado Julián Marías Aguilera! (Valladolid, 17 de junio de 1914-Madrid, 15 de diciembre de 2005) filósofo y ensayista. Doctor en Filosofía por la Universidad de Madrid, uno de los discípulos más destacados de José Ortega y Gasset. Parece que le estoy oyendo traspasar las nieblas. «Pondremos infinitos disfraces, bailaremos al son que nos marque a fin de recabar un tiempo más en la silla», aunque me temo que abiertas ciertas puertas va a ser muy difícil poder cerrarlas.

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