Perder la fe es más fácil de lo que parece; y no solo la fe católica, que esa es la primera que se escapa por la rendija de la puerta a poco que la dejemos abierta. La que suscribe fue víctima de colegio de monjas y de mucha misa impuesta y otros tantos rosarios, sé de lo que hablo. Y además, hablo encaramada en una atalaya que se llama edad, que nos guste o no, la pregonemos a los cuatro viento o la ocultemos con la misma ferocidad que la ocultaba Lola Flores, ahí está y da un plus de sabiduría.
Hemos perdido la fe en los electrodomésticos, que duran cada vez menos y aunque estén programados para gastar poca agua y poca luz, también están programados para estropearse, que esa es la gracia nueva que traen además de no traer el libro de instrucciones. Las lavadoras de antes eran parte de los muebles de familia que se heredaban y ahora los matrimonios se cuentan por el número de lavadoras estropeadas y repuestas, y eso los matrimonios que duran…Sumemos a los electrodomésticos también los teléfonos móviles (que son el electrodoméstico más necesario) tan polivalentes como rotos a la primera caída. Si la fe en el progreso pasar por poner nuestras vidas en manos de estos aparatos que, o cuestan una millonada o son de papel de fumar, apañados estamos.
En la prensa y los periodistas tuvimos fe allá cuando la llamaban el cuarto poder, más o menos en el Pleistoceno de nuestra democracia. Ahora la labor de la prensa, como dijo la insigne Rosa María Calaf en una fabulosa entrevista que le hicieron hace poco en RTVE, no es tenernos informados, sino entretenidos. Como yo soy todavía capaz de entretenerme sola, la fe en la prensa informativa la estoy perdiendo a pasos agigantados. ¿Que por qué escribo en un periódico, entonces? Pues porque todavía pienso que tengo cosas que contar (y que alguna que otra es informativa) y porque como todo ser humano tengo derecho a mis propias contradicciones.
Tampoco nos queda fe en la puntualidad de los transportes, porque todos, absolutamente todos, vayan por tierra, mar o aire llegan tarde; e incluso en el salvaje Oeste español hemos dado un triple mortal hacia delante: ni siquiera llegan. Así que, de paso, hemos perdido la fe en todos los que los gestionan y nos prometen que cualquier día de estos tendremos unos trenes y unas conexiones que puedan llamarse tales, y no la tomadura de pelo que ahora tenemos para la irremediable tarea de ir a Madrid, que parece que no se puede ir a otro sitio. Yo personalmente también he perdido la fe en Madrid, que era una ciudad estupenda y ahora es un decorado con restaurantes esponsorizados por famosos y pisos para multimillonarios.
Y menos mal, que frente a este ateísmo multiusos nos queda cierta fe inquebrantable: en la ciencia, en los médicos, en la seguridad social (y su bendita sanidad) y en los colegios y universidades públicas, aunque en la de Salamanca haya que mantener la fe a pesar de las posibles trastadas de quien la gobierna vestido de negro y con puñetas. Hay que tener fe en los hijos (los que los tenemos) porque se supone que los hemos criado para que sean mejores que nosotros y a su vez, mejoren el mundo; y los que no tienen hijos, pues tendrán que tener fe en los hijos de los demás, aunque vistos desde fuera no haya quien los entienda y parezcan zombis atados a una aplicación telefónica.
Yo, lejos de ser la descreída que parezco ser tras escribir estas líneas, sigo teniendo fe en la democracia, que es el único sistema político que permite equilibrar el bien colectivo con la defensa de las libertades individuales. Es el único sistema que me garantiza que me pregunten cada cierto tiempo si estoy contenta con lo que me rodea y encima mi voto cuenta tanto como el del Papa (ya que estamos con la fe); es el menos malo de los sistemas de gobierno, que dicen que dijo Churchill y esta semana pasada ha tocado votar, cosa que he hecho con alegría a pesar de la poca fe que me queda en casi todo. Luego que salga lo que tenga que salir; la fe consiste, en este caso, en aguantarte con el resultado aunque no te guste; lo tenemos claro señoras y señores? Es de primero de democracia, pero hay lecciones a las que conviene darles un repaso de vez en cuando.
Concha Torres.
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