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Los internos del Centro Penitenciario de Topas visitan el IES Mateo Hernández para mostrar a los alumnos el peligro de las adicciones
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Los internos del Centro Penitenciario de Topas visitan el IES Mateo Hernández para mostrar a los alumnos el peligro de las adicciones

Actualizado 06/04/2024 10:41
Charo Alonso

Contar en público una vida marcada por las adicciones necesita de una valentía muy especial y más cuando el público, silencioso y expectante, es un grupo enorme de estudiantes de Secundaria y de Ciclo Formativo Superior un viernes antes del recreo a quienes “la cárcel”, en su mayor parte y afortunadamente, les suena a película o a serie. Algo alejado de su vida diaria en la que, probablemente, el consumo a pequeña escala es algo familiar con el que se juguetea porque no en vano “están en la edad”. Una edad, la que casi tenían nuestros protagonistas, en la que empezar a consumir y en la que entrar en una espiral autodestructiva que termina frente a las paredes de un centro penitenciario que hoy ha salido a la calle para mostrar esta realidad que no vemos o no deseamos ver.

De nuevo el IES Mateo Hernández, fiel a su compromiso solidario y a su enorme implicación social que recuerdan la orientadora María Ángeles Zurdo y el director, Ramón de Cossío, recibe a los miembros del equipo de la UTE, Unidad de Terapia Ocupacional, del Centro Penitenciario de Topas que son los orgullosos acompañantes de tres internos muy especiales, ya bregados en la visita a centros escolares y que no esconden su nombre y apellido. Suya es toda la valentía de contar su vida: Pilar Peramato, José Luis del Rey y César Sánchez son tres personas dispuestas a pelear por salir de sus problemas y sobre todo, empeñadas en mostrar a los jóvenes los peligros de un consumo que poco a poco se convierte en un problema que arrastra vidas, negocios, familias… y sobre todo, que precisa ayuda. Y esa ayuda, la reconocen emocionados porque en el Centro de Topas, cárcel después de todo, no lo olvidemos, cárcel, muro, puerta que se cierra, cielo que se mira desde abajo, han encontrado a personas que están ahí para ayudarles y que hoy acompañan sus palabras con gestos, con una lágrima furtiva y que se emocionan cuando ellos, una vez y otra, les dan las gracias en público.

Para Eva Aliste, psicóloga, para Ramón López, coordinador de la UTE, la educadora Carmen Cabrera, siempre atenta a todo y para la trabajadora social Marta de Dios, estas salidas de los tres internos son una fiesta al sol que muestra una reinserción posible. El suyo es un trabajo abnegado, entregado, de enorme vocación que muestran a los alumnos dejando muy claro el peligro de toda adicción –videojuegos, móvil, pornografía, sustancias- que termina con el control de la vida de aquellos, que como César, Pilar y José, acaban en una espiral de causas judiciales y sobre todo, en un abandono absoluto de uno mismo. Con profesionales como ellos, la vida reglada en el módulo de la UTE, ejemplar en su tratamiento de las adicciones, es una oportunidad, como bien dice Pilar, de trabajar en uno mismo, de recuperarse… pero la calle está ahí y la recaída, que nos narran dolorosamente, es una tentación demasiado fuerte. Y regresa el consumo, tan aceptado por la sociedad, tan fácil, tan destructivo para quien tiene un problema de adicción.

Ante el silencio absoluto de los alumnos, la vida de César, marcada tempranamente por la adicción, la de Pilar, quien tuvo que dejar muy tempranamente el trabajo para ayudar a su familia y que encontró en la droga consuelo a la muerte de su hijo, la de José, cuyo infierno personal del alcohol ha marcado su vida muy pronto, se escucha con atención y respeto. La pérdida, la calle, la degradación, los problemas mentales… todo se cuenta abiertamente, sin medias tintas. Es una realidad dura que se enseña quizás con crudeza, pero que tiene el añadido de la esperanza: el deporte –el Mateo Hernández cuenta con dos excelentes ciclos formativos deportivos- la terapia, los profesionales… todo está ahí, entre los muros de Topas para ayudar a quienes deben estar convencidos de que quieren ser ayudados. Y César vuelve a estudiar y lo cuenta animando a los alumnos a que estudien, José lleva la revista del módulo, Pilar rompe moldes siendo la única mujer entre una treintena de hombres… esperanza y aliento. Y esta mujer morena y hermosa insiste: trabajo para estar bien, trabajo por mí, necesitáis pedir ayuda, hablar, contar con vuestro entorno que, como también señala José, a pesar de todo, siempre está ahí.

Hablar a un grupo numeroso de alumnos de secundaria no es fácil, sin embargo, José, César y Pilar lo hacen desde el corazón y desde una experiencia que les hace sabios. José relata su adolescencia de adicciones, peleas, su recuperación y su recaída. Insiste en que también, como muchos de quienes les escuchan se dijo “yo puedo dejarlo, yo puedo cuando quiera”. El suyo es un testimonio directo y con esa gracia extremeña que queda en su voz, la voz también de José, que arrastra secuelas físicas y sin embargo, ahora está dedicado a sus estudios. Una voz calmada que, a preguntas –siempre respetuosas- de los alumnos les dice que cuando se dio cuenta de que había entrado en el centro penitenciario sintió que estaba en una película, no se lo podía creer… un momento que apenas recuerda Pilar que trataba, infructuosamente, de abrir una puerta imaginaria. “Estás viviendo una película, una película que es la realidad”. Vivimos al margen de las consecuencias, y esas dolorosas consecuencias, son las que muestras los invitados a esta charla que, tras dos horas de experiencias, preguntas y respuestas, son aplaudidos de nuevo. Por su valentía, por su cercanía y sobre todo, por ese deseo ¿Cómo te ves dentro de dos años? pregunta uno de los alumnos del IES Mateo Hernández. Y la respuesta es unánime: fuera, disfrutando de las pequeñas cosas de la vida. Y en el aplauso de todos está la esperanza de que sea así, de verles al sol de la vida de cada día, una vida plena.

Charo Alonso.