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Pregón íntegro de Antonio Amorós Mayoral para el Bolsín Taurino Mirobrigense
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CIUDAD RODRIGO | PRECARNAVAL CULTURAL 2024

Pregón íntegro de Antonio Amorós Mayoral para el Bolsín Taurino Mirobrigense

Actualizado 09/02/2024 00:32
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El pregón fue pronunciado a última hora de la tarde del jueves en el Teatro Nuevo Fernando Arrabal

Señor alcalde, dignísimas autoridades, madrinas y miembros del Bolsín taurino, Reina y Damas del Carnaval, triunfador y finalistas del Bolsín, señoras y señores,

Es un altísimo honor ser el pregonero del Bolsín taurino de Ciudad Rodrigo, que celebra en 2024 su 68 edición. Me presento ante ustedes, agradecido y responsabilizado, por el privilegio de saludar con estas palabras la celebración del primer y más prestigioso de los concursos de noveles toreros de nuestro país.

Ciudad Rodrigo y el Bolsín taurino mirobrigense

Agradecido, porque la exhibición en 2023, en el Palacio de los Águila, de la exposición “La Memoria taurina. Fotografías taurinas de los Archivos estatales”, que tuve el honor de impulsar y coordinar junto a Raúl Alonso, mi compañero en el Ministerio de Cultura y comisario de la exposición, me ha permitido conocer y habitar Ciudad Rodrigo en todas sus estaciones: calentarme el cuerpo con una taza de caldo en El Sanatorio en el frío y brumoso invierno; descubrir la planta de su histórica plaza Mayor desde lo alto de la espadaña del Ayuntamiento, junto a la campana gorda; disfrutar de su fiesta grande, el Carnaval del Toro, desde la privilegiada vista del balcón del Ayuntamiento, pero también desde los burladeros de esa joya de arquitectura efímera y artesanal que es la plaza de toros carnavalera; admirar la solidez de la catedral de Santa María, de la que la Real Academia de la Historia estableció, en su dictamen para declararla Monumento Nacional, que “Ningún monumento de España será, por su significación histórica, más digno de respeto que esta antigua catedral”; aprovechar la suavidad de su primavera para descubrir los toros grabados sobre la pizarra negra de Siega Verde, “una de las primeras tauromaquias de la humanidad”, como señaló André Viard, experto en los orígenes antropológicos de la fiesta de los toros; y todavía recuerdo, a comienzos del pasado otoño, recorrer el perímetro de la muralla, contemplando los hermosísimos paisajes naturales que circundan la ciudad, mientras, en palabras de la poetisa Celia Hidalgo, “resplandecía de amaranto el cielo en la alborada, para dar más belleza a esta ciudad, de bronce y piedra dorada”.

En todo caso, más allá de su innegable belleza, lo que querría elogiar es el carácter de su gente, que me ha transmitido el afecto de una ciudad abierta, acogedora, serena y generosa. Una ciudad, usando la expresión machadiana, “en el buen sentido de la palabra, buena”.

De este modo, aunque por su ubicación fronteriza haya sido tachada, por quien no se ha detenido a conocerla, como una ciudad de paso entre Castilla y Portugal, Ciudad Rodrigo ha resultado ser para mí un punto de llegada: he sido feliz en Ciudad Rodrigo y llevo a Ciudad Rodrigo en el corazón. Por eso he querido que las primeras palabras de este Pregón sean de homenaje y de agradecimiento a esta histórica ciudad y a todos sus vecinos.

Agradecimiento y responsabilidad, les decía, porque el Bolsín de Ciudad Rodrigo es el decano de los certámenes taurinos que se celebran en España, el espejo en el que se han mirado todos los que se han alumbrado posteriormente, tomándolo como modelo, aunque ninguno de ellos con la continuidad y la solera del Bolsín mirobrigense.

Permítanme que les refiera una anécdota personal para ilustrar lo que para mí significa pronunciar este Pregón y la importancia que le concedo. Al comentar con mi familia el encargo que tan generosamente me había ofrecido la familia bolsinista, mi hijo Juan exclamó entusiasmado: “papá, vas a pasar a la Historia”.

Y, efectivamente, así es como yo lo siento. Al cumplir 68 años desde su creación, se puede decir, aplicando palabras del poeta romántico alemán Heinrich Heine, que el Bolsín de Ciudad Rodrigo “es una antigua historia que resulta siempre nueva”. Y a esta antigua y fértil historia tengo yo hoy el privilegio de contribuir, en alabanza y elogio del Bolsín mirobrigense.

Frente a la actual lacra del adanismo, reivindico el trabajo bien hecho de quienes nos han precedido. Como establece la máxima renacentista, somos “enanos sobre hombros de gigantes". Cada uno de nosotros, según nuestras capacidades, continuamos la labor que iniciaron otras personas que nos precedieron. Por eso quiero, humildemente, que estas palabras que voy a pronunciar sean en recuerdo y homenaje a todas esas personas e instituciones que, a lo largo de estos casi setenta años, han contribuido con su esfuerzo y dedicación a consolidar esta historia de amistad, generosidad y amor a la tauromaquia que es el Bolsín mirobrigense.

En primer lugar, como no podía ser de otro modo, a la familia bolsinista, que ha sabido dar continuidad al certamen y proyectarlo al siglo XXI, manteniendo el espíritu de bonhomía y generosidad que instauraron sus míticos fundadores: Calleja, Orencio, Casado, Teo, Calzada y Abraham.

Homenaje también a la familia ganadera bolsinista, pilar fundamental de este proyecto, cuya espléndida y decidida implicación desde sus inicios, habilitando sus fincas, cediendo las reses para las tientas, ha permitido el sostenimiento y continuidad de esta ilusión compartida.

Por supuesto, al Excelentísimo Ayuntamiento de Ciudad Rodrigo, por su apoyo continuado al Bolsín, desde la inclusión del triunfador y, posteriormente, también finalistas, en el Carnaval del Toro, hasta por su impulso y participación en el programa cultural que lo acompaña.

Quiero evocar también a mis ilustres predecesores en este Pregón literario, todos ellos relevantes figuras del mundo taurino y cultural, entre los cuales me van a permitir que mencione a mi padre, Andrés Amorós, catedrático y escritor, pregonero del cincuentenario del Bolsín, que me ha transmitido la afición taurina y de quien tanto he aprendido, en los toros y en la vida.

Al tratarse de un Pregón literario, quiero asimismo tener un recuerdo para Fernando Arrabal, el dramaturgo que presta su nombre a este espléndido marco que nos acoge, que ha paseado con orgullo el nombre de Miróbriga por el mundo, y que cuando fue nombrado hijo adoptivo de esta ciudad, recordó que en Ciudad Rodrigo aprendió “a leer, a escribir, a amar”.

Y, por último, no me olvido de los verdaderos protagonistas: los participantes en el certamen, los “Aspirantes a fenómeno” como reza el clásico eslogan del Bolsín. No pocos han llegado a ser profesionales del toreo; algunos, incluso a figuras. Otros lo fueron tan sólo un día, pero a todos ellos les brindó su primera oportunidad el Bolsín, fiel a su filosofía de ayudar, sin ningún ánimo de lucro, a los aprendices de torero.

Casi 70 años después de su creación, los tiempos y la sociedad han cambiado. No podía ser de otro modo, pero eso no debería movernos a la melancolía, porque se mantienen intactos los ideales que alumbraron el nacimiento del Bolsín.

El éxito de la familia bolsinista, generación tras generación, ha sido consolidar el certamen, adaptarlo a los nuevos tiempos, pero manteniendo su esencia.

Ya no está abierto el entrañable Café Moderno, pero celebramos este Pregón en este espléndido Teatro, especialmente engalanado para esta solemne ocasión. Las tientas de preselección se celebran no sólo en las fincas de los ganaderos, sino en plazas de toros especialmente habilitadas para ello, destacando la preciosa plaza de tientas del Hotel Conde Rodrigo II. ¡Cómo ha mejorado el ganado al que se enfrentan los aspirantes, desde aquellas vacas de retienta de los inicios, no pocas de ellas de raza morucha, a las que no resultaba fácil dar pases quedándose quietos! ¡Cómo ha crecido la familia ganadera bolsinista, desde el entorno de la Socampana y comarca hasta alcanzar la práctica totalidad del campo bravo charro! Celebradas las tientas, ya no sólo el vencedor, sino también los finalistas, tienen la magnífica oportunidad de actuar en el marco del Carnaval del toro, el epicentro del mundo taurino durante su celebración.

Quizá lo que más haya cambiado a lo largo de este tiempo haya sido, precisamente, la condición de los participantes en el certamen. Ya no quedan “maletillas”, esa legión de torerillos que acudían en invierno a Ciudad Rodrigo al reclamo de los tentaderos y las capeas de Carnaval, hambrientos de toro… pero también de comida, de abrigo; posiblemente, de una oportunidad en la vida. Ahora, los chicos que sueñan con ser toreros provienen de las Escuelas taurinas. Ya no es necesario proporcionarles comida caliente en el Café Moderno ni alojamiento en el pajar del Sr. Alipio. Son jóvenes con estudios, con recursos propios, que viajan en sus vehículos particulares y se alojan en hoteles. Jóvenes que, en su mayoría, podrían ganarse la vida perfectamente con cualquier otra profesión.

Y yo me pregunto, si ya no es el hambre o la necesidad, ¿qué mueve a estos jóvenes a iniciarse en el siempre incierto y arriesgadísimo camino de la profesión taurina? Creo que la respuesta es clara: alcanzar la gloria de ser toreros. Para el pueblo español, y esta es la tesis fundamental de este pregón, el torero alcanza la categoría de héroe popular.

Para desarrollar esta idea, permítanme que me detenga, brevemente, en los orígenes míticos de la fiesta actual.

Mito y rito de la fiesta de los toros

En primer lugar, y esto se entenderá perfectamente en esta tierra de toros, hay que partir de un concepto básico. La fiesta de los toros se sustenta en la existencia de un animal único, emblemático: el toro bravo. Antes del rito -la corrida de toros como espectáculo reglado que escenifica el enfrentamiento milenario entre el hombre y la bestia- está el mito: el toro como tótem del Mediterráneo.

En las distintas civilizaciones del arco mediterráneo (Mesopotamia, Egipto, Creta, Roma y, por supuesto, Iberia - España) el toro es un animal mágico, sagrado, que encarna una serie de valores primigenios de distinto signo. Por un lado, virtudes creadoras: fuerza, nobleza, potencia, fecundidad, y como tal, el toro es objeto de veneración. Pero, al mismo tiempo, el toro es un animal salvaje, fiero, temible, capaz de acarrear la muerte. En una bella imagen, Adriana Lantos, conservadora del Museo de Bellas Artes de Budapest, nos recuerda en su obra En lucha con la Bestia: el toro en la cultura española y mediterránea que su bramido se identificaba con el trueno y la tormenta.

El toro sagrado desempeña un papel protagonista en la mitología de las culturas mediterráneas. Si atendemos a su origen etimológico, la palabra “mitología” deriva de los términos griegos mythos “la historia del pueblo” y logos “palabra” por lo que “mitología” representa “la historia hablada de un pueblo”. Hace referencia, por tanto, al conjunto de relatos sustentados en fábulas o leyendas con los que los pueblos se han explicado a sí mismos: su origen, su sistema de creencias, su cosmovisión. Refleja, de este modo, la imagen que estas comunidades tienen de sí mismas y del entorno natural en el que se desarrollan.

Los mitos vinculados con la figura del toro son muy abundantes en todo el entorno mediterráneo y recogen la dualidad de potencias que se atribuyen a este fabuloso animal, venerado y temido a la vez, como figura divina, creadora de vida, fecundadora y, al tiempo, encarnación de la fuerza desatada y destructora, relacionada con la muerte y el más allá.

Puede citarse, en este sentido, el culto al toro sagrado Apis, una de las divinidades más importantes del antiguo Egipto, cuya teología se articula en torno a un ciclo que engloba esa duplicidad simbólica mencionada. Por un lado, como encarnación terrenal del dios Ptah, el divino arquitecto y creador de todas las cosas, se adoraba al toro sagrado Apis como el dios de la creación y la fertilidad, y se le representaba llevando entre los cuernos el disco solar que da vida a la tierra.

Por otro lado, por su vinculación con Osiris, participaba en el ciclo de la muerte y la resurrección. De este modo, en algunas pinturas que han aparecido en las tumbas de personajes relevantes, Apis aparece transportando sobre su lomo el cuerpo del fallecido. El mensaje simbólico es que este prodigioso animal se encargaba de llevar al difunto a salvo hasta el país de los muertos, asegurándole un viaje tranquilo por el inframundo. Así aparece representado en un sarcófago egipcio que pude ver recientemente en el Museo de Bellas Artes de Budapest.

Otro de los mitos fundacionales de la cultura occidental es el de la leyenda del rapto de Europa. Zeus, el dios principal del Olimpo, adoptó la forma de un deslumbrante toro blanco de cabello dorado para seducir y raptar a la princesa fenicia Europa, transportándola en su lomo hasta la isla de Creta. Fruto de esta unión, Europa dio a luz a tres hijos, uno de los cuales fue Minos, el legendario rey de Creta, que dio su nombre a la primera cultura avanzada de Europa, la cultura minoica.

De este modo, esta doble concepción del toro como animal feraz, fecundador y, al tiempo, como una fuerza que irrumpe incontenible, alterando violenta e irremediablemente la vida de las personas, late en el corazón mismo de la explicación mitológica del nacimiento del continente y de la cultura europea.

Otra de las narraciones más fascinantes y complejas de la mitología occidental es la fábula del Minotauro, esa criatura temible con cuerpo de hombre y cabeza de toro, fruto de la relación amorosa entre la reina Pasifae, esposa, precisamente, del Rey Minos, y un hermoso toro blanco enviado por Poseidón. Condenado a habitar en soledad en un laberinto, el Minotauro recibía anualmente el tributo de siete jóvenes y siete doncellas, entregados en sacrificio, hasta que fue abatido por el príncipe ateniense Teseo, ayudado por Ariadna, hija, a su vez, del rey Minos.

Este relato encierra una compleja simbología que apela a la exploración interior que debe realizar el individuo - el recorrido por el laberinto- para afrontar sus instintos más primarios y ocultos, personificados en ese toro-hombre al que se debe vencer/sacrificar, para acceder al perfeccionamiento moral.

La figura del Minotauro encarna, de nuevo, la dualidad simbólica a la que nos venimos refiriendo: es una mezcla de inteligencia y brutalidad, de razón y pasión, de nobleza y maldad. Es un ser trágico y maldito pues es consciente de su condición de bruto, que lo condena a la soledad y a la violencia contra los humanos, hasta que es vencido/redimido por el coraje y la inteligencia del héroe, simbolizada en la argucia del hilo de Ariadna.

Toda esta carga simbólica expuesta del toro-dios constituye la raíz de los diversos ritos que históricamente se han desarrollado en el ámbito mediterráneo, en los que el hombre trata de hacer suyas esas virtudes simbólicas por el contacto directo con este soberbio animal.

Les cito, tan sólo, algunos de los más destacados:

-La taurocatapsia, un rito iniciático de la Creta minoica, es posiblemente uno de los más antiguos. Jóvenes de ambos sexos esquivaban las embestidas de toros, culminando la ceremonia con arriesgados saltos acrobáticos sobre el lomo del animal, en lo que se ha interpretado como un ritual de iniciación para adolescentes que representaba el tránsito a la madurez, mediante el cual los jóvenes adquirirían, simbólicamente, fuerza y fertilidad.

-En el Mitraísmo, religión mistérica de origen persa que alcanzó gran difusión en el Imperio romano, la tauroctonía, o sacrificio del toro primordial, representaba la fertilización de la tierra por la sangre del animal, que daba paso a la vida.

-En la España medieval se celebraba la fiesta del toro nupcial, un rito vinculado con la creencia mágica en la virtud del toro como agente transmisor de la fecundidad, que aparece ya mencionado en las Cantigas de Alfonso X El Sabio. Antes de la boda, el novio y sus amigos sacaban un toro del matadero, atado por los cuernos con una fuerte maroma. Recorren con él todo el pueblo, toreándolo con sus chaquetas, hasta llegar a la casa de la prometida, donde le clavan unas banderillas que había adornado, previamente, la novia. El contacto de la sangre del toro con la chaqueta del novio y con el ajuar nupcial de la novia conferían al matrimonio vigor y fecundidad y se concebía como una alegoría de la pérdida de la virginidad de ésta.

-En la España del siglo de Oro, la destreza en el combate a caballo con el toro simboliza las virtudes de los caballeros que lo practican y preludia sus éxitos en el campo de batalla. Recordemos, en este sentido, la estampa de la Tauromaquia de Goya que representa al Emperador Carlos V alanceando un toro con motivo de las celebraciones por el bautismo de su hijo, el futuro rey Felipe II, demostrando así sus dotes como buen gobernante.

-Desde entonces hasta nuestros días, en las fiestas populares, y esto en esta ciudad se entiende perfectamente, los mozos, en los encierros, intentan acercarse y tocar al fiero animal para adquirir una parte de su magia, de su poder vital.

El torero, heredero de los héroes clásicos

Este contexto simbólico expuesto impregna el ritual taurino. Su fuerza evocadora subsiste en la moderna corrida de toros.

El torero exhibe en el ruedo una serie de cualidades que han caracterizado a los héroes de todas las épocas: el valor, la entrega, la entereza ante la adversidad, la indiferencia hacia el riesgo de perder la vida…

De este modo, como expone el catedrático y escritor François Zumbiehl, el torero es la rencarnación actual de los héroes fundacionales de las mitologías mediterráneas: de Hércules y de Teseo.

El torero es el representante de la Humanidad, que, por medio de su valor, su inteligencia y su destreza, se enfrenta al toro, representante de la Naturaleza indómita, que acarrea la amenaza de la muerte. Recordemos la famosa frase del torero «Cúchares» al actor Julián Romea: “en los toros, se muere de verdad, y no de mentirijillas, como en el teatro”.

El torero afronta en el ruedo “el momento supremo” que a todos nos ha de llegar: el enfrentamiento con la muerte. En palabras de García Lorca, la corrida de toros “es el único sitio a donde se va con la seguridad de ver la muerte rodeada de la más deslumbradora belleza”.

Ahora bien, como nos recuerda el poeta Carlos Marzal, “la finalidad del toreo nunca es fúnebre, al contrario, pocos rituales son tan luminosos, tan solares y vitalistas. (…) Es como si el torero nos dijese: memento mori, recuerda que has de morir. Y, a continuación, apostillara: pero no hoy. Hoy estamos aquí para celebrar la vida, para celebrar el mundo. Hoy morirá un toro para que no muera yo, para que no muráis los demás”.

En palabras del poeta Francisco Brines, en el rito taurino se escenifica “el viejo deseo del hombre de igualarse a los dioses, venciendo a la muerte, y a la menesterosa realidad de una naturaleza mortal”.

Al vencer el torero, se cobra más vida. El torero traslada a los espectadores la posibilidad de vencer a la muerte, la sensación de ser invencibles, de ser inmortales. Por eso, en palabras muy hermosas, nuevamente, de François Zumbiehl, el triunfo del torero significa el triunfo de la belleza y de la vida.

El torero como héroe popular

De este modo, y estoy hablando lógicamente desde la perspectiva de la persona que conoce, acepta y comparte los códigos del ritual taurino, el torero alcanza la categoría de héroe popular.

Y así se lo viene reconociendo históricamente el pueblo español, que mantiene con el torero una relación muy diferente de la que pueda mantener con otras figuras populares como pudieran ser, hoy en día, deportistas, cantantes o artistas de cine.

Les pongo algún ejemplo, en este sentido, a partir de algunas de las fotografías de la exposición La Memoria taurina… que pudo verse en el Palacio de los Águila.

En marzo del pasado año, 2023, se cumplió el 125 aniversario de la muerte de Salvador Sánchez «Frascuelo», una de las más grandes figuras de la historia del toreo. Prototipo del torero valiente, protagonizó durante la segunda mitad del siglo XIX una histórica rivalidad con «Lagartijo», otra gran figura del toreo, de corte más artista. Aunque ya estaba retirado de los ruedos, «Frascuelo» acudió en 1898 a un tentadero para preparar su reaparición en una corrida patriótica dirigida a recaudar fondos para la Guerra de Cuba. Cuenta la historia que, sudoroso y agitado por el esfuerzo, tras beber un vaso de agua fría, comenzó a sentirse indispuesto, le subió la fiebre y tuvo que ser trasladado a su casa de Madrid, donde fallecería pocos días más tarde de una pulmonía infecciosa.

Y aquí viene lo que quería destacarles. Cuentan las crónicas de la época que el pueblo de Madrid cubrió de arena la calle de la casa donde reposaba el torero, para que, durante su agonía, no le molestara el ruido de las ruedas de carro al pasar por el empedrado. Fíjense en lo que les digo: cubrir de arena la calle para que no le molesten, durante su enfermedad, los ruidos exteriores. ¿A qué príncipe, emperador, papa o aristócrata le brinda el pueblo una muestra de afecto semejante? ¿Qué grado de identificación, de fervor popular, revela un gesto como este?

Avancemos un poco en el tiempo, hasta las primeras décadas del siglo XX, para encontrarnos con Juan Belmonte.

Belmonte, conjuntamente con Joselito «el Gallo», protagonizan entre 1914 y 1920 lo que se conoce como la Edad de Oro del toreo, en la que sientan las bases de la tauromaquia moderna.

En esta dupla, Belmonte aporta una nueva forma de comportarse ante el toro basada en la expresión personal y el sentimiento, el patetismo que imprime a su actuación en el ruedo.

A partir de Belmonte, el toreo deja de ser una lucha cruenta dirigida al dominio de la fiera por medio del valor y la destreza del torero para ser, además, una manifestación artística donde cobra protagonismo la expresión personal del torero, la estética y el sentimiento.

Y así se lo reconoce un grupo de intelectuales de su época, escritores, pintores, escultores, entre los que se encuentran Valle Inclán, Pérez de Ayala, el escultor Sebastián Miranda… que redactan un manifiesto en el que solemnemente declaran que, con Belmonte, el toreo ha alcanzado la categoría de las Bellas Artes, e incluso que el toreo aventaja a la pluma, pinceles y buriles, puesto que la belleza que crea es sublime y momentánea.

El gran dramaturgo español Valle Inclán escribió refiriéndose al torero: “Juan Belmonte es pequeño, feo, desgarbado, y si me apura mucho, ridículo. Pues bien, coloquemos a Juan ante el toro, ante la muerte, y Juan se convierte en la misma estatua de Apolo”. Continúa Valle: “Este mozo, con su arte sin igual nos enseña a mirar con serenidad a la muerte”. Y culmina el escritor con su célebre sentencia: “Juanito, no te falta más que morirte en la plaza”. A lo que Belmonte, con su inteligencia natural, responde genialmente: “Se hará lo que se pueda, Don Ramón…”

Más allá del juego de ingenio entre el escritor y el torero, lo que me interesa subrayar es cómo la persona Juan Belmonte, poco agraciada, frágil, imperfecta, normal, como somos todos, alcanza en el ruedo la nobleza y distinción de una estatua clásica, por su comportamiento ante el toro, y por la forma de afrontar con dignidad y serenidad la confrontación con la muerte.

Esta idea aparece reflejada también en los versos de la Oda a Belmonte del poeta Gerardo Diego:

Yo canto al varón pleno,

al triunfador del mundo y de sí mismo,

que al borde -un día y otro- del abismo

supo asomarse impávido y sereno

Otra figura excepcional, también presente en La Memoria taurina… fue Ignacio Sánchez Mejías. Aquí lo tienen en la foto, en el día de la confirmación de su alternativa, de manos, precisamente, de Joselito y Belmonte.

Sánchez Mejías fue un personaje absolutamente extraordinario. Además de torero, fue escritor: escribió una novela y estrenó varias obras de teatro en los años veinte del pasado siglo. Ejerció como periodista, y en este campo hizo algo inédito y que creo que no ha llegado a repetirse después, puesto que llegó a escribir para el diario La Unión las crónicas de las corridas de toros… ¡en las que él mismo había intervenido como torero! Ejerció como intelectual, llegando a impartir una conferencia en la Universidad de Columbia. Como hombre de su tiempo, fue un sportman, pues fue jugador de fútbol y de polo, piloto de coches y de aviones. Fue presidente del Betis, que con él ascendió a Primera División y presidente de la Cruz Roja. Y fue mecenas de la Generación del 27, al impulsar y financiar la reunión en Sevilla del grupo de poetas (Lorca, Alberti, Jorge Guillén, Gerardo Diego, Dámaso Alonso …) que dio origen a dicho grupo poético.

Precisamente la amistad con estos poetas hizo que, a su trágica muerte en el ruedo, varios de ellos escribieran poemas en su memoria. Entre todos, destaca el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, que le dedica su amigo García Lorca, que es una de las grandes obras de la literatura española de todos los tiempos.

No es el momento de analizar en detalle el poema, lleno de imágenes y símbolos de inusitada belleza. Lo que me interesa destacar es que lo que Lorca nos transmite en su obra no es que Sánchez Mejías fuera un buen torero, sino que lo presenta como un modelo humano, como un hombre ejemplar:

No hubo príncipe en Sevilla

que comparársele pueda,

ni espada como su espada

ni corazón tan de veras.

Para el poeta, Sánchez Mejías encarna los valores de la virtus romana: prudencia, templanza, delicadeza:

Como un torso de mármol

su dibujada prudencia.

(…)

¡Qué blando con las espigas!

(…)

¡Qué tierno con el rocío!”

Pero también de virilidad y coraje:

Como un río de leones

su maravillosa fuerza…

(…)

¡Qué duro con las espuelas!

(…)

¡Qué deslumbrante en la feria!

¡Qué tremendo con las últimas

Banderillas de tiniebla!

De este modo, más allá de un amigo inolvidable, y de un gran torero, Sánchez Mejías pasa a la historia, en el poema de Lorca, como un paradigma de humanidad, como un ejemplo de valores humanos.

Un nuevo ejemplo que quiero comentarles es el de «Manolete», otro de los grandes mitos de la historia del toreo y el símbolo de toda una época de la historia de España. No es fácil comprender ahora lo que supuso «Manolete» en su tiempo. En la inmediata posguerra, fue el ídolo que compensó al pueblo español de muchas carencias y penalidades.

Se le considera el máximo exponente contemporáneo de la escuela cordobesa: seriedad, estoicismo, valor sereno… todo ello aderezado por una personalidad fuera de lo común, en la que se adivinaba un halo melancólico y trágico (fig. 12).

El torero fascinó por igual al pueblo y a los intelectuales de su tiempo. Entre todos ellos, quiero destacar a una figura de categoría mundial, Orson Welles, que pasaba largas temporadas en España disfrutando de su afición a los toros, y que, por cierto, en su juventud, parece que pudo llegar a actuar en algunos festejos taurinos en España (con motivo de La memoria taurina…, hemos podido localizar las crónicas del periódico ABC de lo que podrían haber sido sus actuaciones como banderillero, no como torero, en la Maestranza de Sevilla, bajo el apodo de el Americano).

Orson Welles llegó a decir de «Manolete», que "tenía algo de santo y algo de Don Quijote, porque Don Quijote consideraba a los molinos como gigantes, y «Manolete», trataba a los toros como si fueran molinos".

Imagínense. Compara al torero nada menos que con un santo y con Don Quijote, el mito universal por excelencia de España. Un personaje que representa el puente entre el héroe clásico, caracterizado por la certeza y determinación en los valores que le guían en su epopeya, y el hombre moderno, confundido y desorientado por su propia complejidad psicológica.

Un héroe, por momentos ridículo, por momentos fracasado, pero que refleja en sus acciones la primacía de la ética del esfuerzo sobre la del éxito. Habla, en este sentido, Cervantes, por boca de Don Quijote: “Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo, será imposible.”

Un héroe, Don Quijote, que alcanza su cénit, al final de la obra, cuando vuelve a ser Alonso Quijano, y afronta con dignidad el momento supremo de la muerte, como hace el torero en el ruedo.

Y concluye Orson Welles sobre «Manolete»: “No he conocido a ninguna persona que sea más grande como hombre que «Manolete». Si yo fuera español, estaría orgulloso de haber vivido en el mismo siglo que él”.

Nuevamente, el elogio trasciende el plano profesional para subrayar la categoría humana del torero.

Es cierto que el patetismo y el trágico destino de los ejemplos expuestos (Belmonte, Sánchez Mejías, «Manolete») colaboran, sin duda, a la construcción del mito, pero esto no es indispensable. Como hemos mencionado, el triunfo del torero significa el triunfo de la vida y de la belleza y se pueden aportar, asimismo, algunos ejemplos en este sentido.

El torero que triunfa en el ruedo es portado a hombros por el público eufórico, que participa exultante de la gloria del ídolo. En esta fotografía de La memoria taurina… vemos a dos novilleros, Pedrín Benjumea y Gabriel de la Casa, que han alcanzado un éxito tan rotundo que el público, entusiasmado, los lleva a hombros por las tabernas de los alrededores de la plaza de toros de Valencia ¡sin llegar a bajarlos nunca al suelo!, manteniéndolos, simbólicamente, en el plano superior de los héroes (fig. 13).

La foto es de 1966, pero no se crean que esto pertenece a una época pasada. Recientemente, en abril del pasado año 2023, Morante de la Puebla realizó una faena histórica en la plaza de toros de Sevilla, alcanzando los máximos trofeos, dos orejas y rabo, y el público lo llevó en hombros, entre aclamaciones, desde la Plaza de toros hasta el hotel Colón donde se alojaba el torero.

Les pongo un último ejemplo en este sentido: me refiero a Curro Romero, quizá el último gran mito del toreo, capaz de salir por la puerta grande de Las Ventas al día siguiente de haber pasado la noche en los calabozos de la Dirección General de Seguridad, por haberse negado a matar un toro la tarde anterior, en la misma plaza, al considerar que el animal estaba toreado.

El carisma de Curro era tan colosal que dio lugar al “currismo”, un movimiento de miles de partidarios que llenaban las plazas y viajaban allí donde se anunciara el diestro para disfrutar con su personal y singularísimo concepto del toreo, hasta el punto de que algunos llegaban a sostener que, con verle hacer el paseíllo, ya estaba amortizada la entrada.

Pues bien, este fervor popular hacia el torero ha llegado a ser reconocido por los Tribunales de justicia. Les explico el caso: el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía tuvo que resolver una demanda por despido laboral en el que un empresario había despedido a uno de sus trabajadores por un enfrentamiento que tuvo con un cliente. El cliente, que conocía la devoción del trabajador por Curro, se permitió hacer un comentario burlón, despectivo, sobre el torero, a lo que el trabajador respondió de un modo, digamos, … poco elegante, lo que provocó su despido.

El Tribunal, en una sentencia que se ha hecho famosa en la jurisprudencia española, entiende y disculpa al trabajador y declara improcedente el despido puesto que, y cito textualmente la sentencia:

“(El sentimiento “currista”) es el creador de una ilusión permanente, de una esperanza incondicional y de una forma de entender la vida que exige el máximo respeto de quienes no lo tienen, y cuando se falta a él, es previsible la reacción ardorosamente defensiva de quien lógica y naturalmente se considera ofendido, como le ocurrió en su trabajo al demandante (…) que no fue ofensor sino ofendido”.

Está claro que este Tribunal compartía la idea que encierra la frase atribuida a Winston Churchill: “La nación que no honra a sus héroes, pronto no tendrá héroes para honrar”.

Cierre

Culmino ya este pregón. Cuentan que Einstein explicaba su teoría de la relatividad con una fórmula que la hacía accesible al público más lego: “una hora sentado en el parque con una chica bonita pasa como un minuto, pero un minuto sentado sobre una estufa caliente parece una hora”. No quisiera yo que, por excederme en el tiempo, recordaran estas palabras mías como haber estado sentados una hora sobre una estufa caliente.

En menos de veinticuatro horas se escuchará el Campanazo, se celebrará el encierro de mansos (“para enseñarles el camino”) y con el Pregón del Carnaval estallará la fiesta y la alegría: charangas, disfraces, bailes de máscaras… y por encima de todo: el toro, el Rey del Carnaval, que da nombre a la fiesta.

La ciudad se vuelca en los encierros y desencierros, a pie y a caballo, vibra con el toro del antruejo, se divierte con las capeas y el toro del aguardiente, [quitar coma] y asiste a las novilladas y festivales taurinos desde los tablaos de la plaza de toros carnavalera, cuyo modo tradicional y artesanal de construcción ha sido recientemente declarado Bien de Interés Cultural Inmaterial (figura 14).

Con la participación del triunfador y finalistas en los festejos taurinos, el Bolsín habrá cumplido un año más su cometido.

En los próximos días, Ciudad Rodrigo volverá a ser el centro del “ruedo ibérico”, orgulloso valedor de una manifestación social y cultural que está al margen de ideologías, que pertenece sólo al pueblo, que somos todos.

Quizá por eso ha sobrevivido a ataques y prohibiciones de papas, reyes y gobernantes. Porque como argumentó siglos atrás, el Rey Felipe II para oponerse a la aplicación de la bula papal «De Salutis Gregis» de Pío V, que prohibía las corridas de toros y decretaba la excomunión inmediata para todos los católicos que permitieran, asistieran o participaran en corridas de toros, la fiesta de los toros “parece estar en la sangre de los españoles”.

Tierno Galván, en su obra Los toros, acontecimiento nacional, sostiene que “los toros son el acontecimiento que más ha educado social, e incluso políticamente, al pueblo español”.

Ortega y Gasset entendía que es lo que ha hecho más felices, durante generaciones y generaciones, a mayor número de españoles

Y no sólo a los españoles. Cito tan sólo un ejemplo por el que siento debilidad. En agosto de 1931, Charles Chaplin, el inolvidable Charlot, visita España, en concreto San Sebastián. Allí, como un visitante más, se pasea por el puerto, disfruta de unas angulas y de un buen txacolí y lo llevan a una corrida de toros. Cuenta la crónica del periódico ABC que, a la salida, le preguntan si le había gustado el espectáculo, a lo que Chaplin responde: “Encuentro, por mi parte, que en las corridas se reúne todo: color, alegría, tragedia, valentía, ingenio, brutalidad, energía y fuerza, graciosidad, emoción… Todo. Es el espectáculo más completo. Ya no me podré pasar sin corridas de toros” (figura 15).

Termino ya. Santo Tomás de Aquino escribió: “Lo que amamos, nos dice quiénes somos”.

En Ciudad Rodrigo, en España, somos muchos los que amamos, nos identificamos, y, por tanto, defendemos la fiesta de los toros. Seamos felices, disfrutándola en libertad.

Muchas gracias.