, 21 de abril de 2024
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La muerte de un pederasta
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por María Esquitín

La muerte de un pederasta

Actualizado 13/04/2023 15:49
Redacción

Hay gente que pierde el norte muy rápidamente, en la mayoría de ocasiones, por falta de valores, o por hacerse con otros “valores”, dígase pecuniarios o aledaños.

Estos días no hay lugar donde no encontremos la noticia de un escritor muerto. Este, el escritor muerto, fue, a lo largo de toda su vida, dando bandazos hacia donde más le convenía, disfrazando de ideología política, doctrina religiosa o fe, lo que simplemente era dejarse llevar por el viento que más lejos le llevara en sus ambiciones. Esto, y no otra cosa, es lo que le hizo pasar por decir que era comunista hasta terminar, ahora, en ese partido innombrable lleno de señoritos que dicen trabajar por el pueblo pero que votan contra todo lo que sea un beneficio para la gente como tú y como yo, a la que dicen representar, dándose golpes de pecho y mostrando banderitas. Ya lo decía el filósofo alemán Arthur Schopenhauer: el tipo de orgullo más barato es el orgullo nacional; porque si un hombre está orgulloso de su propia nación, se argumenta que no tiene cualidades propias de las que pueda estar orgulloso.

Pero volvamos a este onvre, así, sin hache y sin be, porque este individuo no merece el calificativo de hombre, que una vez muerto llena espacios en los que se ensalza su vida y obra, dejando a un lado sus miserias.

"En Tokio, un día, me topé con unas lolitas, pero no eran unas lolitas cualesquiera, sino de esas que se visten como zorritas, con los labios pintados, carmín, rimel, tacones, minifalda... Tendrían unos 13 años. Subí con ellas y las muy putas se pusieron a turnarse. Mientras una se iba al váter, la otra se me trajinaba"

Este “jocoso” comentario se lo hacía a un amigo y cuándo salió a la luz, quiso negarlo, desdecirse de sus palabras … suele pasar, que los onvres se envalentonan y cuentan como proezas sus delitos, para vanagloriarse de su poder y marcar territorio delante de otros. Ser más que nadie es una cualidad que los estereotipos masculinos llevan siempre al límite.

Vayamos por partes. Lolita, es el título de un libro de Vladimir Nabokov en el que se habla de la relación de un pederasta de 40 años, con su hijastra de 12. Este término, lolita, ha pasado a formar parte del acervo popular para designar a “adolescentes seductoras y provocativas”, según la RAE (academia de la lengua española, machista y misógina, donde las haya), y eso, a pesar de que la protagonista del libro cuyo nombre ahora es adjetivo, es una víctima de secuestro y violación que siempre está buscando la forma de escapar. Pero la cosa no acaba ahí, porque, en la pornografía (escuela de violadores en manada), el término lolita es una categoría que alude a niñas y adolescentes, para consumo de pederastas.

Nabokov despreciaba a Humbert (el padrastro pederasta) y lo describía como una persona odiosa y era consciente de que ella, Lolita, era un víctima. De hecho, hay quien afirma que su libro se basa en la hisotira real de Sally Horner, una niña de 11 años de Camden, Nueva Jersey (EEUU), que fue secuestrada y violada durante 21 meses por el pederasta y leproso moral de Frank LaSalle de 50 años.

¿En qué sociedad vivimos en la que el nombre de una niña de 11 años víctima de un pederasta se convierte en una mujer hipersexualizada con las “cualidades” de “seductora y provocativa”?, ¿qué mirada lasciva y obscena hay en los onvres hacia la inocencia infantil de las niñas para ver provocación o deseo en ellas?

Zorritas. ¿Por qué era zorritas aquellas niñas? Porque se visten como zorritas, con los labios pintados, carmín, rimel, tacones, minifalda. Y es que esto, es una constante en el ideario de los onvres: la forma de vestir de las mujeres las coloca, nos coloca, en un lugar determinado según sus propias creencias. Si nos maquillamos, utilizamos tacones y ropa que enseñe piel, somos putas y entonces cualquier cosa que nos pase o nos hagan está permitida, no queriendo controlar sus deseos (que no son una cuestión biológica) hacen lo que pueden para alcanzar lo que quieren y si no les dejan, consumen pornografía, pagan para violar (eso es la prostitución, una violación previo pago) o violan sin más.

Tendrían unos 13 años. ¿Qué más hay que leer después de esto?, ¿qué catadura moral puede tener un hombre que desde su posición de privilegio y poder mantiene relaciones sexuales con niñas? No, no hay nada más que decir que no sea que la inocencia infantil y sus cuerpos deberían estar alejados de los manoseos y baboseos de los onvres adultos que quieren aprovechar la ventaja social que les otorga el status establecido en la sociedad, de hombre y adulto, al ser considerado una figura de autoridad, para ello.

Los abusos a menores existen en todas partes: también en tu barrio y en tu ciudad. Abusos perpetrados por onvres que, aprovechando la inocencia de las criaturas y su lugar en sus vidas (recordemos que la mayoría de abusadores y violadores están en el entorno más cercano de niñas y niños), traicionando la confianza de sus familias, acceden al cuerpo de estas criaturas con el único afán de satisfacer sus deseos, no importándoles las consecuencias que ello pueda tener en estas criaturas y sus vidas.

Las denuncias siguen siendo escasas, el estigma puede, el señalamiento del que son objeto, la acusación velada sobre niñas y niños, la falta de confianza en el relato de estas criaturas que han sido violentadas, humilladas y amenazadas por onvres que, nadie lo diría, pueden ser “honrados ciudadanos y hasta padres de familia”.

El respeto es algo que se gana con la conducta y para mí, el pederasta muerto vale, lo que valió para él esas niñas a las que llamaba lolitas y zorritas, nada. Absolutamente nada. Eran niñas y él un hombre adulto, su obra no tiene valor para mí, no voy a distinguir al hombre de lo que escribió: su comportamiento execrable merece todo mi desprecio.

María Esquitín