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Un día en la vida de un jubilado español
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Un día en la vida de un jubilado español

Actualizado 07/11/2022 08:36
Francisco Delgado

Aquel día, como muchos otros, se levantó antes de la hora habitual, cansado de estar tantas horas en la cama sin dormir. Se preparó el desayuno, al lado de la ventana, comprobando un día más los cielos azules, sin el más mínimo atisbo de lluvia, niebla o algo que pudiera parecerse a la humedad. Tenía la “teoría” de que la gente cada día que pasaba sin lluvia, estaba más seca en su carácter: como si los afectos, el humor, la generosidad, la intuición se secaran, a medida que el cambio climático fuera transformando territorios antes verdes y húmedos en desiertos despoblados.

El móvil, que acababa mecánicamente de encender como todos los días, después de desayunar, le pegó el primer susto del día. “¡Una llamada a las 8h5 minutos de la mañana! no podía ser de ningún familiar, ni amigo ni conocido; tenía que ser de uno de los grandes monstruos…¡acerté!, una llamada de mi banco a esas horas, ¿qué demonios querrán?”, pensaba mientras respondía. Era el cajero de la sucursal insistiendo en los beneficios de un nuevo “producto”, una inversión a tres años, con garantía de recuperar lo invertido…Pero “¿por qué esta guerra cansina y diaria contra los contadísimos ahorros de los jubilados, que no saben si llegarán vivos al próximo trimestre, dada la escalofriante ausencia de médicos?”, siguió pensando.

“No me interesa” es la frase mañanera que aún le salía pacífica, respetuosa, casi agradecida de que alguien pensara en él, tan temprano; pero la insistencia del pesado cajero le empujaba a empezar a responderle con un seco “no”, con evidente frialdad y un poco más adelante con agresividad controlada.

Siguió la mañana activa de jubilado, con tareas caseras, compras por el barrio y cuatro palabras con la vecina del cuarto, en el ascensor, dándose mutuamente las noticias diarias de sus achaques diurnos y de sus noches eternas e insomnes.

Cuando volvió a entrar en casa, las 12h30 de la mañana, sonó otra vez el maldito móvil: otro “monstruo”, pensó. Y acertó. Otra de las grandes empresas del Ibex ( las que él llamaba familiarmente “monstruos”) le llamaba a su humilde puerta telefónica; querían, utilizando la voz de una dulce teleoperadora de Sudamérica, hacerle una nueva oferta con el mismo precio, más gigas, más APP, pues había visto que tenía un contrato “muy antiguo”. “Lo siento, me basta y me sobra con las gigas que tengo; así que de momento…no quiero ningún cambio”, respondió y siguió defendiéndose de la invasión de maravillas comunicadoras que le describía la jovencita teleoperadora.

Pero de las batallas que libró aquel día, tan similar a los demás días, la de las 15h 30 fue la más cruenta, la más cruel, la más agresiva: la llamada de su compañía eléctrica, con la que llevaba razonablemente bien unos tres años, (aunque no supiera ni qué condiciones había firmado) fue un golpe duro en la sien: en realidad no fue una llamada sino un email larguísimo, sin fin, en el que explicaba, cada frase más incomprensible, que a partir del próximo 1 de diciembre cambiaban todas las condiciones de su contrato de luz, a la vez que le mostraba con perversa paradoja que posiblemente la subida media de tarifa y de factura no serían más de 3 ó 4 euros al mes. Se acordó de que su contrato vencía al final del año siguiente y echó la maldición al aire contra ese “monstruo” que no respetaba ni los contratos firmados. ¡Estamos en plena guerra de tarifas eléctricas! “Con lo bien que viviríamos encendiendo velas al atardecer, una buena estufa de leña y dejando al perro dormir en mi cama…! Pero no! Cambiaré ahora mismo a alguna comercializador regulada…que es lo que dicen que se debe hacer”, concluyó.

No se le olvidará el resto de su vida ese 8 de noviembre en el que el destino le tenía guardada para la tarde ¡la peor batalla de todas!: a las 19h 45, ya anochecido por el cambio de hora, el cartero llamó dos veces al timbre y le informó de que tenía una carta certificada de un pueblo del lejano norte, con la notificación de ¡una multa por mal aparcamiento, a principios del ya lejanísimo y traidor verano! En ese momento se encontró como Gary Cooper, en “Solo ante el peligro” cuando acababan de bajar del tren los tres facinerosos pistoleros y todos, hasta su mujer recién casada, se habían ocultado.

Así se sintió esa solitaria tarde de noviembre, el heroico jubilado español frente a una carta que le notificaba una dura batalla por la dignidad, la verdad y la justicia, que necesitaba conseguir para seguir viviendo la disparatada etapa de jubilación, que él desde el principio vivió como el largo purgatorio, previo a un paraíso de dudosa existencia.

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