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El legado de un escultor único
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El legado de un escultor único

Actualizado 21/05/2022 20:00
David Sanchez

El museo que lleva el nombre del bejarano más universal, Mateo Hernández, nos permite recrearnos en la grandeza y mimo que ponía a cada talla.

Esta semana se celebraba el Día Internacional de los Museos, y con ese pretexto hemos querido plasmar en estas líneas una visita uno de los espacios museísticos más importantes de la ciudad de Béjar y la provincia, el Museo Mateo Hernández.

Una referencia mundial

Antes de entrar en este edificio que se ubica en la zona del casco antiguo de la ciudad textil, conviene recordar brevemente la figura de este ilustre bejarano. Mateo nació en la localidad al sur de la provincia, el 21 de septiembre de 1884, en el seno de una familia de canteros, por lo que estuvo desde niño en contacto directo con la piedra. Se trasladó a Salamanca en 1906, donde consigue, probablemente por la intervención de Miguel de Unamuno, una beca de la Diputación de Salamanca para estudiar en la Escuela Nacional de Bellas Artes para después marchar hasta Madrid. A primeros de 1910 emigra hasta Francia, donde encuentra trabajo en una obra, y como tallaba bien la piedra, comenzó a ganar para vivir. Allí conoce a la que será su mujer, Fernande Carton Millet, diez años menor que él, y no se separarán hasta la muerte del escultor.

En París entra en contacto con la bohemia y comienza a trabajar la talla directa en bloques de piedra. Su tema preferido son los animales, dada su especial psicología para su trato con ellos y también dadas sus dificultades económicas para conseguir otros modelos. Sus obras empiezan a adquirir fama mundial, sobre todo en Japón, pero desgraciadamente no así en España. Mateo Hernández expone sus tallas en grande museos y salas de ciudades como Nueva York, pero el paso de los años y su salud empiezan a resentirse tras el empleo de la talla directa. El 25 de noviembre de 1949 fallece en Meudon una pequeña localidad francesa cercana a París. Será enterrado en medio del más completo silencio institucional, debido a su defensa de los ideales republicanos.

El Museo Mateo Hernández

El museo que lleva su nombre se inauguró en 1980, en los restos de la antigua Iglesia de San Gil. A su puerta nos espera Ana Iglesias, responsable del espacio, para acompañarnos en esta visita, cuya primera impresión son las dos réplicas exteriores que nos saludan al llegar “que tradicionalmente han estado en el centro de la ciudad y que ahora nos sirven como reclamo”. Este museo contiene una selección de las obras que el propio escultor donó al estado español para cuando falleciera. “Aquí encontramos las que Mateo consideraba sus mejores obras y eso nos permite acercarnos a su figura aún más”, señala Ana Iglesias.

En la primera planta de este museo nos vamos a tropezar con las obras de mayor tamaño y peso, algunas sobrepasando varias toneladas. Se trata además de esculturas que pertenecen a la época final de la vida de Hernández, a los últimos años de su carrera. “Yo destacaría aquí el gamo, de 1915, una obra temprana donde vemos como estiliza las formas, ese pulido tan liso y brillante, sin perder el alma que proyecta cada obra. Pero también son destacables las maternidades de simios, donde se nota influencia del art deco y quizás estos orangutanes son piezas muy personales de su estilo” comenta Ana mientras paseamos junto a estos grandes bloques de piedra que nos dan una idea de lo laborioso del proceso que utilizaba Mateo Hernández: la talla directa.

El empleo de esta técnica es una decisión propia: “no hay modelo previo, no hay bocetos, no toma medidas… Mateo cogía directamente el bloque y con el martillo y el cincel tallaba directamente en él. Dicen aquellos que los vieron que no necesitaba marcar nada, que empezaba por la cabeza y acababa por los pies, sin un encajado previo, algo fascinante para muchos. Posteriormente, Mateo tras la talla, hacía el mismo el pulido con agua, elementos metálicos, etcétera. Todo este proceso era manual hasta conseguir el resultado que Mateo quería”, detalla la responsable del museo. Una técnica que requería una notable fortaleza física y que acabó pasando factura con los años al escultor.

Subiendo unas escaleras desembocamos en la segunda planta del museo bejarano. En este lugar caeremos rendidos ante la maravillosa colección de retratos, tanto masculinos como femeninos. “Estos últimos tienen un aire de inacabados, de cierto misterio” nos deja caer la guía del espacio, mientras nos señala las numerosas fotografías pertenecientes a la colección privada del célebre artista, junto a quizá, sus obras más conocidas, como por ejemplo “los perros, la grulla coronada y varios elementos más de gran valor”, explica Ana.

Además, hasta el próximo 30 de junio se puede disfrutar de un pequeño rincón destinado a la pintura y dibujos salidos de la mano de Mateo Hernández, un artista único que colocó a Béjar en el mapa mundial durante las primeras décadas del siglo pasado.