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La Semana Santa y "la semana bélica"
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La Semana Santa y "la semana bélica"

Actualizado 18/04/2022 08:22
Francisco Delgado

En el mismo continente europeo, la pasada semana ha habido tres tipos de población cuyas actuaciones han sido tan distintas, que es difícil pensar que los tres tipos corresponden a una misma civilización, a un mismo continente, a una similar religión.

Mientras numerosos millones de ciudadanos europeos han pasado esos días descansando en las playas, en el campo o viajando a lugares turísticos, algunos millones, sobre todo en nuestro país, se han dedicado a la oración, a la manifestación y representación en las calles de la Semana Santa evangélica; y otros pocos millones han seguido sufriendo la barbarie de los agresores rusos, empeñados en dominar por la fuerza destructora un país que desea la paz y que desea un futuro común con la Unión Europea.

La primera imagen de estos tres fragmentos de Europa es la del desgarro del Continente. Está tan cercana aún históricamente la Europa destruida, sufriente, traumatizada de la II Guerra Mundial, que resulta difícil comprender que esta misma Europa haya comenzado de nuevo un conflicto bélico de difícil solución.

Muchos analistas políticos de esta situación, de la invasión rusa de Ucrania, apuntan a los intereses no solo bélicos de las dos grandes potencias, Rusia y EEUU, en la creación del conflicto. Europa sería, según los mismos analistas, el territorio manipulado por los dos grandes adversarios. Pero ¿es que los intentos de negociación entre los dirigentes rusos, norteamericanos, ucranianos, europeos, previos al ataque ruso estaban sometidos a una urgencia tan grande que no pudieron o supieron seguir negociando, sin necesidad de recurrir a la invasión mortífera de Ucrania? ¡Pero si el conflicto de independencias ruso-ucraniano llevaba décadas sin resolver! ¿O fueron “negociaciones” de cara a la galería, a los ciudadanos europeos, para teatralizar que habían intentado conseguir la paz?

Las guerras europeas del pasado siglo confirmaron a Sigmund Freud la existencia de una pulsión de muerte en el ser humano. Es la misma pulsión que lleva a demasiados varones a matar a su compañera de vida, que lleva a otros a matar u odiar al diferente, que lleva a muchos a atentar contra su propia vida o a no cuidarla razonablemente.

Solo un poderoso amor y respeto a la vida, que incluya el amor a la naturaleza, a los animales, a las plantas, al ambiente que nos rodea, a lo diferente, puede salvarnos de la catástrofe definitiva. La historia ha demostrado que el sentimiento religioso por sí mismo es incapaz de hacer desaparecer las guerras: ha habido demasiadas guerras de religión a lo largo de la historia, para que sigamos sosteniendo esa ilusión.

Cuanto más aceptemos y conozcamos en nosotros mismos la compleja pulsión de autodestrucción, quizás más fortaleceremos y valoraremos nuestro gran deseo de vida. Y menos escindidas estarán las dos pulsiones contrarias dentro de nosotros.

Como parece estar escindida la población, en este continente europeo, durante esta Semana Santa.

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