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Una Navidad al estilo de Teresa: Cristiana, familiar y humana
ALBA DE TORMES

Una Navidad al estilo de Teresa: Cristiana, familiar y humana

ALBA DE TORMES
Actualizado 24/12/2021 09:49
Redacción

Recuperamos este artículo acerca de la Navidad teresiana porque estamos a punto de entrar en el 2022 un año que nos trae una doble efemérides

¿Cómo vivía el misterio de la Navidad Teresa de Jesús?

Hemos de partir desde un dato seguro e irrefutable: el que Teresa celebra la Navidad con la liturgia de la Iglesia como una fiesta solemne anual que actualiza el misterio del nacimiento de Jesús de Nazaret en cuanto hombre. No como nuestra sociedad, que en buena medida percibe este tiempo como una ocasión anual de consumismo, sin referencias de contenido religioso, y cada vez lo desvincula más del hecho histórico que cambió la historia, la Encarnación del Hijo de Dios.

La fiesta de la entrada de Cristo en nuestra historia

En el tiempo de la fe, que también es el mundo nuestro, ella lo percibía como una posibilidad de entrar en el misterio antiguo pero nuevo, cada año, a través de la liturgia cristiana, que lo actualiza y hace presente, y no a manera de recuerdo sentimental, sino desde la convicción que en la fe se repite (siempre bajo signos y en el misterio) aquella misma realidad que se produjo hace más de 2.000 años. Y es que Teresa una y otra vez había rezado y cantado las antífonas y textos litúrgicos navideños que caminan sobre el adverbio HOY (hoy ha nacido el Salvador), que remedan lo que anuncian los ángeles a los pastores en la noche de Belén y que una y otra vez repite la liturgia de Navidad a lo largo de estos días sin ningún temor a exagerar.

Por lo tanto, para Teresa de Jesús la plataforma segura sobre la que marcha la Navidad cristiana es la de la celebración que hace memoria y actualiza, hace presencia; no así el recuerdo sentimental, el folklore, el consumismo que conduce al sueño o a la ilusión infantil y sin consistencia. El hoy de la salvación de Jesús, también de su nacimiento humano, nos viene desde el año litúrgico, desde los sacramentos, sobre todo de la Eucaristía, y hasta en la oración, momentos todos ellos que te permiten llegar (en forma sacramental pero real) a un hecho del pasado y que entra en el hoy de nuestra vida, por lo que así nunca somos ajenos ni espectadores a la vida de Jesús, sino en cierta manera también contemporáneos suyos.

Desde esta base, desde la experiencia de la celebración sacramental, ella pasa luego tranquilamente a otros motivos navideños (y no al revés), que no son más que consecuencia o prolongación del momento litúrgico, como expresiones del folklore y la cultura popular: las representaciones vivas del misterio, procesiones, villancicos, sentido de fiesta y hasta la comida especial de estos días... Porque todo esto también crea el ambiente indispensable de familia de Dios que se alegra y reconoce al que se humanizó en el seno de María. Y es aquí donde la huella navideña de Teresa dejada en sus conventos nos transmite aquellos elementos de la cultura popular cristiana de su tiempo y que seguramente ha recibido de su propia familia y ambiente español; no menos lo que ha aprendido en la etapa de permanencia como monja en el viejo Carmelo. Ella ha sido creadora de un estilo navideño de fiesta que todavía perdura entre sus hijos e hijas espirituales.

El gozo del Nacimiento de Jesús desde el arte, la música, la comida, el estar juntos…

Teresa era amiga de una buena celebración, prolongada luego cálidamente en el ambiente conventual con aire de familia, y así sabemos por los testigos cercanos que estos días participaba con devoción y atención, y hasta con aquella emoción humana que trasciende y se comunica a los presentes, tal y como lo percibieron las monjas en aquella noche de Navidad cuando cantó (y no era buena cantora!) el prólogo del evangelio de Juan (et Verbum caro factum est). Incluso cuando en la mañana del 24 de diciembre en la hora litúrgica de Prima, después del canto de la Kalenda (el anuncio poético latino, o el pregón del nacimiento de Cristo), tuvo que hacer una breve exhortación a la comunidad, y algunas recordaban que en aquella ocasión había tratado de “las lágrimas del Niño, la pobreza de la Madre, la dureza del pesebre, el rigor del tiempo, y las descomodidades del portal, con espíritu y fervor tan grande que salieron todas no sólo consoladas y alegres, sino desafiando y llamando a voces los trabajos”.

Por eso, antes y después del gran día, lo acompañaba de procesiones con la Sagrada Familia y el Niño solicitando posada a la puerta de la celda de cada monja, por aquello que se dice en el Evangelio de que “no encontraron lugar en la posada” (Lc1,): “Del Verbo divino / la Virgen preñada / viene de camino; / ¡si le dais posada!”.Estas representaciones sacras, muy pegadas al dato evangélico, permitían mucha creatividad en gestos, acompañamiento, vestiduras especiales, adornos, letras de cantos… Es aquí donde la mentalidad popular ha dejado más espacio a la imaginación artística, alargando incluso los escuetos datos de la narración evangélica en torno al nacimiento de Jesús: las lágrimas del Niño, las pajas y el frio del pesebre, los pañales, la ternura de la Madre… Todo esto lo aprovechó y exaltó esta mujer. Y ahí, por ejemplo, entraba el uso del villancico que curiosamente en Santa Teresa refleja más el ámbito profano (pastoril) que no el estrictamente litúrgico. De hecho los villancicos teresianos que nos han llegado, acompañados seguro de ritmos populares muy conocidos y con los instrumentos musicales más comunes y rudimentarios, que también nos han llegado y conservamos en los conventos como reliquias teresianas (el tambor, castañuelas, pandereta, flauta pastoril de caña…), tenían la función de trasladar al convento el ambiente pastoril que siempre –de acuerdo a la narración evangélica- en ritmo, vocabulario, recursos, símbolos, lenguaje, etc., evocaba el ambiente de la noche de Belén.

No sólo música y coplas, danzas y oración, sino también procuraba Teresa que no faltasen en esos días regalos y confites, pobres pero típicos en los hogares españoles. Es larga la retahíla de golosinas que menciona santa en sus cartas para los grandes días: la aloja que le manda su amigo Salcedo, los cocos, membrillos, naranjas y mermelada que le envía María de san José, las pastas, tortas, mazapanes y dulces que le proporciona su hermano Lorenzo, los pavos para las enfermas que le regala su hermana Juana. Además limas, palmitos, nueces, frutos torreznos y brinquiños que se agencia Teresa para que nada falte a la alegría de la fiesta.

De este encuentro anual navideño derivaba para Teresa como su consecuencia humana, pero necesaria, aquello que constituye el gozo cálido y popular de estos días en el compartir la alegría cual componente humana de la salvación conocida y anunciada. Y así la representación popular a modo de teatro, el villancico, la música e instrumentos pastoriles, la procesión por los claustros conventuales y hasta la misma gastronomía de estas fiestas forman parte de ese estilo humano, de a pie, de acoger al Salvador hecho carne y que ha plantado su tienda entre nosotros.

Teresa también se conmueve y comulga con todas estas evocaciones humanas que la conducen a la hondura del Misterio y logran que la personalidad humana en toda su complejidad emocional lo acepte y participe. No la distrae, la distancia y la hace ajena de aquello que la liturgia navideña no se cansa de repetir (Hoy nos ha nacido el Salvador). Ni esteticismo, ni distancia, ni frialdad, sino conmoción y participación cálida, y de la forma más plena. Ese es también su deseo.

La Navidad desde su experiencia mística que se basa en la carne de Jesús

Pero no basta esto, porque en Teresa tenemos además la huella de su experiencia mística, donde recibe y aporta otros tantos elementos que profundizan la vivencia de fe a niveles de percepción humana muy especiales. Claro que sí, la Navidad teresiana también es deudora de la experiencia mística que ella tiene de todo el misterio de Jesús. Lo mejor de ésta es que la Navidad, naturalmente, tiene que ser expresiva de la Humanidad y del abajamiento de la Encarnación, de ese Cristo hombre al que Teresa veneraba como persona cercana a nosotros, con quien podía identificarse en cualquier situación o estado de ánimo. Mirarle a él era encontrarse con el dechado y el Salvador que desde su mismo nacimiento humano participó y comulgó de todo lo nuestros. Ésa es la mística teresiana de la Navidad que se centra en la sacratísima Humanidad de Jesucristo como el punto clave de la salvación y de la vocación humana a la unión con Dios, es decir, el Cristo hombre que se convierte en sacramento del encuentro con Dios. Y ese es el realismo de la mística teresiana, puesto que se basa precisamente en la Encarnación, porque -según ella misma confiesa- sólo podía pensar en Cristo Hombre (V 9,6; 22,6) incluso en los más altos grados de la vida espiritual (6 M 7, tit.), pues para ella, al contrario de algunos espirituales del tiempo, esto (la carne de Cristo) no constituía un estorbo o un “embarazo” en el proyecto espiritual humano.

Naturalmente que esta experiencia fuerte de la humanidad de Cristo (ya desde niño) tiene un valor salvífico original y, como consecuencia, también un valor parenético que redunda en la vida espiritual y hasta en los momentos críticos, porque él siempre “muestra la flaqueza de su humanidad antes de los trabajos y en el golfo (gozo) de ellos” (Meditaciones de los Cantares 3,11). O cuando a partir de la humanidad de Cristo en Belén, además de la humildad, le gusta destacar el estado de pobreza que asume: “parezcámonos a nuestro Rey que no tenía casa, sino en el Portal de Belén adonde nació” (Camino 2,9).

Navidad es el comienzo de la Pascua

Y así podemos adivinar su vivencia del misterio navideño desde la experiencia mística, que es como decir desde la hondura y profundidad de la fe cristiana. Es curioso que en esta clave se entienden en ella la función de visiones y revelaciones (experiencias religiosas muy profundas), que es la de dar dimensión humana a lo que vive como pura gracia; y curiosamente éstas se centran todas en la humanidad de Jesús, y más en concreto en la humanidad doliente y crucificada, es decir, el Cristo de la cruz y de la resurrección gloriosa. Es el Cristo herido y el de la hermosura y majestad de la resurrección. Y esto es así porque refleja puntualmente el dato de la fe en su fórmula esencial y central: sólo el hombre Cristo Jesús, muerto y resucitado, es la causa de nuestra salvación.

Por lo que Teresa entendía que el Niño Jesús de la Navidad es ya el que comienza a recorrer el camino de la Cruz y de la Pasión, puesto que siente, incluso siendo ya niño, el rechazo de los hombres, la persecución y condena a muerte (niños inocentes de Belén), el hambre y el tener que emigrar, etc. Y esta verdad tenía su correspondiente proyección artística. ¡Cuántas imágenes del Niño Jesús nos han llegado regalados por Teresa a sus conventos! Muchos de ellos con apodos especiales y cariñosos (el dolorido, el lloroncito, el de las lágrimas, el de las espinas, el del Calvario…); y lo que es más curioso, a menudo son efigies adornadas y llevando ya en las manos los signos de la Pasión: la cruz, la corona de espinas, los clavos… No se confundía, ni desvarían estas representaciones infantiles de Cristo en tantas clausuras conventuales, porque Navidad nos lleva ya al Viernes Santo y al Domingo de Pascua. Teresa tenía mucha razón, y coincide con la fe de la Iglesia, en ese contemplar a Cristo en sus visiones (imaginativamente) sólo desde el rostro del Cristo atravesado por el dolor y la resurrección. De este modo, la imagen del Niño Jesús, en el Carmelo, aunque en edad de infancia, evoca siempre el Cristo total.

Y, por eso, a menudo en sus cartas felicita la Navidad con esta expresión que también usaban nuestros antepasados por Castilla en este tiempo: ¡Felices Pascuas!

¡Qué gran verdad encerraba este saludo ancestral!

Navidad conduce siempre a la Pascua, y ésta no se entiende en todas sus consecuencias sino desde la culminación vital de la Pascua.

Manuel DIEGO SÁNCHEZ, carmelita

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