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Gracia Plena: alegoría de la Inmaculada Concepción de la Vera Cruz
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Gracia Plena: alegoría de la Inmaculada Concepción de la Vera Cruz

OPINIóN
Actualizado 17/12/2021
Álvaro Maguiño

Salamanca es un bello relicario que guarda entre sus muros una historia sobre la defensa de la Inmaculada Concepción de María. De sus paredes cuelgan un sinfín de lienzos, en sus peanas se alzan victoriosas sobre una suave brisa unas damas de azul y blanco. Así, el 8 de diciembre quiere Salamanca revestirse de aquel suave azul para celebrar la Gracia Plena.

La Vera Cruz es iluminada por un Sol intenso, un Sol invicto que nace de la suave sonrisa de María. Es armoniosamente orlada por los cantos del amanecer y engarzada con la cencellada celestial de la medianoche invernal. Es más extraordinario que una conjunción planetaria y que un eclipse de luna. El alegre titilar de una llama que se niega su rebeldía, el fuego fatuo espectral que alumbra a una blanca rosa cándida sin espinas. La luz rielando en el fondo de una incansable fuente de la que huye un inusitado chapoteo que quiere ser estrofa. Una fina lluvia que nutre al torrente intermitente del que beben las aves de tímido volar. Aquella perenne planta trepadora que busca sin consuelo enredarse a los rayos del sol que ribetean su manto. La sombra proyectada por un ciprés que trepana las nubes con sus ramas, un recuerdo olvidado por lo que eran esas pequeñas piñas que escaparon del jardín cerrado. Es la torre tan alta como el ciprés, la fortaleza del alma desconocida por el saber popular. Un viento impetuoso domado por sus manos, vuelto en las más preciadas sedas al tacto y que peina sus mechones. El pulcrísimo espejo que recibe los primeros rayos lunares y que comparte con las virtudes. Estas mismas se dan cita en el bello jardín, entre los retorcidos acantos que son testigos de su magnificencia. La fe ofrece a la bondadosa caridad su cáliz y la esperanza las acompaña con su confianza. El jardín cerrado se conmueve por el silbido de un invierno que no congela, un perpetuo sentir. Alcanza la planta trepadora la celosía que la encierra y la cubre con sus hojas, escapa de allí para deshacer el lazo de la dama, liberar sus cabellos castaños. El rostro de la dama es una antología poética, sus aliteraciones curvan sus sinuosos labios, los hipérbaton sus mejillas ruborizan y sus ojos del más preciado lapislázuli melancólico versado en sinestesias. Es aquella página la mejor escrita por alineación celestial, descendida triunfante en un navío semilunar de plata. Así es la Inmaculada Concepción de la Vera Cruz.

A raíz de la bajada al suelo de la mayestática Inmaculada Concepción, obra del gran Gregorio Fernández y policromada excelsamente por Antonio González, los salmantinos han podido conocer de cerca todo lo que oculta cuando está en su camarín. Ha sido un deleite verla tan cerca y un completo acierto. Dar a conocer lo que Salamanca guarda entre sus muros es de vital importancia para su valorización. Se llega a comprender que, más que un cofre candado, nuestra ciudad es un cajón de doble fondo engarzado con madera policromada.

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