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Las primeras letras
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Las primeras letras

OPINIóN
Actualizado 06/11/2021
Eutimio Cuesta

Las primeras letras | Imagen 1

Todo tiene un principio y la escuela de nuestro pueblo no fue ajena a ello. La educación y la necesidad de aprender estuvieron siempre presentes entre los grandes objetivos del pueblo, e iba de la mano de la iglesia. No había ley estatal que regulase la enseñanza, y se reducía, de forma exclusiva, al conocimiento de lo más elemental para defenderse en la vida: la lectura, la escritura, las cuatro reglas, el catecismo y la historia sagrada. No existían escuelas, (edificios escolares), se impartía la enseñanza en paneras o locales vacíos, "con algunas telarañas", casi sin mobiliario, sin ninguna comodidad e higiene. El Ayuntamiento era el encargado de contratar y pagar el salario al maestro de primeras letras, como así se le conocía. Se asistía a clase, hasta que se era útil para prestar alguna ayuda a los padres en sus tareas laborales. Tengo referencia que, dentro de estos locales escuelas, figuraban el Pósito, (en la plaza Mayor), durante los meses, en que no se precisaba para almacenar el grano, y la ermita de la Virgen de la Encina por orden del señor Obispo. El 19 de septiembre de 1825, le había informado el párroco que la pared, que daba al norte, estaba abierta y a punto de arruinarse. Entonces, el Obispo ordenó que se trasladase la imagen de la Virgen a la iglesia, se derribase la pared, se cerrase el arco de la capilla y se destinase el resto de la ermita para escuela de primeras letras. Y también sabemos que el local de Pedro Jiménez Celador se empleó como escuela de párvulos. El Ayuntamiento les abonaba 1.100 reales anuales de salario;

La primera ley, que reguló la enseñanza de Instrucción Pública se publicó en 1857, siendo Ministro de Fomento don Caudio Moyano. Esta ley se la conoce con el nombre de su promotor, "Ley Moyano". Dividía la enseñanza en dos grados: elemental y secundaria; el elemental era obligatorio y gratuito, de seis a nueve años.

El Conde Romanones.

El Real decreto de 26 de octubre de 1901 fue clave en el desarrollo de la educación pública. Amplió la escolaridad obligatoria desde los seis hasta los doce años y, también, el repertorio de materias que se debían cursar en la primera enseñanza. Y, además, el Estado asumió el pago de los haberes de los maestros. En ese momento, Don Álvaro de Figueroa y Torres, conde de Romanones, era el Ministro de Instrucción pública y Bellas Artes. Desde la conocida como Ley Moyano de 1857, no se había afrontado una reforma en profundidad de la primera enseñanza, como la que se realizó con este decreto. La primera enseñanza, privada o pública, se dividió en tres grados: párvulos, elemental y superior, siendo obligatorios los dos primeros. Y se programaron los contenidos de las materias a impartir: Doctrina cristiana y nociones de Historia Sagrada; Lengua Castellana (lectura, escritura y Gramática); Aritmética; Geografía e Historia; rudimentos de Derecho; nociones de Geometría; nociones de Ciencias Físicas, Químicas y Naturales; nociones de Higiene y de Fisiología humana; Dibujo; Canto; Trabajos manuales; Ejercicios físicos. Las normas de este decreto permanecieron vigentes en sus rasgos generales, hasta la publicación de la Ley de 17 de julio de 1945 sobre Educación Primaria.

En 1851, el Obispo cedió los terrenos de la ermita de Santa Ana al Ayuntamiento de Macotera, porque se encontraba completamente arruinada, sin puertas e inservible para el culto, para construir unas escuelas. En agosto de 1863, el Ayuntamiento decidió construir, en ese solar, dos escuelas: una de niñas y otra de niños. Para llevar a cabo el proyecto, vendió 38 huebras de tierra por 49.438 reales, y además, contaba con 10.000 reales, que había donado el Arzobispo de Santiago de Compostela, don Miguel García Cuesta para este fin. Se inauguraron en septiembre de 1866, y, a los dos meses, se arruinaron por su pésima construcción.

En marzo de 1879, protestan los vecinos de la plazuela de Santa Ana por el peligro del edificio arruinado, en el que jugaban los niños, y piden al Ayuntamiento que recabe del Gobierno adopte las medidas pertinentes para su reconstrucción.

En octubre de 1883, el gobernador comunica que el presupuesto de las obras de las nuevas escuelas asciende a 80.000 reales, y que el Ayuntamiento compre un trozo de casa para completar el terreno indispensable. Pasado el tiempo obligado de construcción, los alumnos comienzan a disfruta de un edificio sólido, con base de piedra de granito y muros de ladrillos, llenos de luz y comodidad. El 9 de septiembre 1919, la Corporación acuerda reformar la escuelas, pues sufrían un palpable deterioro. Se pone al habla con don Joaquín Vargas Aguirre, arquitecto, quien visita el grupo escolar y planifica las reformas que hay que realizar para enmendar los desperfectos que sufría el edificio. Ante el aumento de población de la villa, la Inspección de Enseñanza Pública propone al Ayuntamiento la urgencia de construir un nuevo local para niños. La idea es bien acogida por la autoridad local, y así se lo hace saber al arquitecto, quien la incluye en su diseño.

Se colocó, en las cinco aulas, un pavimento de madera de buena clase; zócalos de madera de tapapolvos de un metro y medio de altura, pintados al aceite, dejando libres los huecos de los encerados de cemento. Se picaron las paredes y se lisaron con lienzos de yeso. Se mejoraron los dobles y maderas del tejado, y se realizó un retejo general, pegando con cal y cañizo los caballetes, los boca-canales y la teja cobertera cada seis canales. Se hicieron los tres huecos de ventanas y puerta el aula nueva y colocaron las piedras pasiles d las dos entradas generales.

Esas escuelas han estado en plena actividad hasta 1954, en que se inauguró el Grupo Escolar en las eras. Y, en La actualidad, se han convertido, previa profunda remodelación, en el "Centro Cultural del Santa Ana".

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