En el Salamanca las cartas están boca arriba desde hace tiempo. El decepcionante aspecto del estadio cada domingo se deriva de la guerra fría que Manuel Lovato y Rafa Dueñas mantienen con sus aficionados. La ruptura es total. Desde México consideran que el enemigo está en la grada y desde la grada comprueban que quienes les han dado la vida les están dejando morir.
A través de esa compleja ruta se explican la limitada campaña de abonados y la abusiva política de precios para ver al Salamanca en directo o desde la televisión. En el Helmántico, los incendios en los últimos tiempos vienen provocados más por falta de voluntad que de capacidad. Las guerras dejan muchos cadáveres y pocas casualidades.
Por si fuera poco, el Salamanca ha vuelto a dar síntomas preocupantes a nivel deportivo (quizá es que todo va de la mano) que agravan la desafección. Hay entrenador nacional y jugadores que conocen la categoría. Lo que no hay es rendimiento. Calderón es el gran señalado: en él se basan las probabilidades de éxito esta campaña.
El presupuesto es reducido y la plantilla limitada. Y ahí entra en escena Calderón; un técnico experto en maximizar el rendimiento con pocos medios a su alcance. Eso esperamos de él. Conoce el medio y la casa, así que era la opción más lógica tras la abrupta salida de Lolo Escobar.
Calderón seguirá salvo catástrofe o que a Dueñas le pique el gusanillo del chándal, así que es hora de ser constructivos y detectar las áreas de mejora. Hay margen, tiempo y la estructura deportiva que se demandaba. Así que, como decía el ínclito Egea: "entrenen, compitan y cállense la boca".