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Uno no se va nunca de los sitios y siempre puede volver
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Uno no se va nunca de los sitios y siempre puede volver

Actualizado 14/11/2018
Carlos Aganzo

El titular lo dio Rajoy el 16 de octubre en su despedida en Santa Pola, pero no me interesa la circunstancia concreta ni, ahora, el propio personaje, ni siquiera el supuesto gracejo gallego que el estereotipo podría fácilmente motivar su sentido. Desde que lo leí me quedé con la mosca detrás de la oreja. ¿Son ciertas ambas afirmaciones por separado? Si lo son ¿es incontestable la nueva aserción que conlleva la ilación? Soy consciente, además, de penetrar en un terreno movedizo y también oscuro que alienta al comportamiento humano. La pura subjetividad se adueña de toda elucubración al respecto.

¿Nunca me he ido del hogar donde me críe, del colegio, del cuartel, de la universidad, del mundo del hockey, de Brujas, del banco, de Madrid, de la casa donde impulsé una familia, de Salamanca? Los sitios que jalonan mi existencia y que la mayoría permanecen de una u otra manera en pie. La aseveración se refiere a espacios físicos concretos y que en este momento no considero en sentido estricto escenarios de relaciones especificas con otras personas ni tampoco conecto con el universo de los sentimientos. Aquellos territorios apenas si suponen mojones en el calendario de la vida. Sirven para remembrarte tu existencia y exponerla, a veces con pereza otras en plena excitación, a personas ante las que justificas lo injustificable o que pudieran estar ávidas de conocimiento. Regresar recurrentemente en el recuerdo es un trampantojo nostálgico que es impropio al carecer de la evidencia necesaria ante los demás.

A algunos sitios no puedo retornar porque desaparecieron, como la casa de mi niñez o el cuartel donde hice la mili; a otros regreso con frecuencia irregular, pero ¿quién es quien regresa? Su denominación puede señalarme que estoy donde ya estuve; sin embargo ¿qué hay hoy en aquel lugar que no estaba ayer, o qué había que hoy ya no está? No estoy seguro de que fuera el mismo de entonces, por tanto, ¿de verdad regreso? ¿A dónde lo hago? No obstante, lo que más me inquieta es pensar en si siempre que quisiera podría hacerlo. Suponer a la voluntad un falso poder de demiurgo. Un afán que venciera cualquier limitación física o coyuntural habida cuenta de las vueltas que da la vida.

Pero es la ilación de ambas sentencias la que más zozobra me produce. Envuelve una sutileza de que alguien nunca se va porque, precisamente, puede volver cuando quiera, o ¿no es que el hecho de poder regresar amortiza per se la posibilidad de la ausencia que se convierte en algo que nunca será definitivo? No estoy hablando de la presencia indeleble del que se fue en los corazones de quienes quedaron en el lugar, ni de permanecer vinculado a un sitio por los recuerdos que incluso se pueden convertir en obsesiones. Lo que me desazona es la relación entre la ida y la vuelta, el proceloso imperio del eterno retorno, una peligrosa falacia religiosa de arrepentidos.

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