La feria taurina del mes noveno del calendario anuncia irremediablemente una caída de ánimo. Que la propia feria levanta con su esplendorosa arquitectura ortopédica y ornamental. Aunque la soledad de lo que Bergamín llamó la música callado del toreo implique, en definitiva, al toro y el torero, y su incierto ballet de vida, arte o muerte, la cosa de los toros tiene mucho de prosopopeya, figuración y postureo. Es lo que tiene el cogollo de la cebolla, que para llegar a él hay capas y capas y capas?
Decía al principio que septiembre propiciaba ineludiblemente una caída de ánimo y me refería a que no hay que olvidar que tiramos el estío por la ventana de la ensoñación pasajera, fresca, airosa, calurosa y noctambulera. Se acaba el verano y, aunque llaga la hora de recoger los tomates de la huertecilla (los que sobreviven a los traicioneros chubascos), la mente aún pulula por la playa y su lengua de suavidades todavía desliza ternura acuosa sobre nuestros pies en el paseo. Y pensamos: el sosiego debería ser norma de vida. O mirando embobado (a) el horizonte con tanto mar en los ojos seguimos pensando: ¡Qué agustito debe dormir allí Alfonsina Storini!.
En fin, vayamos a lo nuestro. La feria taurina y el desorden emocional que nos provoca. Aquí tienen ustedes compañeros con la miel en los labios que se la contarán con fidelidad y conocimiento de causa. Y yo intentaré no olvidar de que al verano le atropelló la historia.