Escritura tatuada de las hojas en los confines de la luz. Hay en ellas una belleza franciscana de lo pequeño, una caligrafía luminosa que es silencio y canto, melodía y susurro, invocación al reino de lo perenne desde quien se sabe efímero y pasajero. Y
Escritura tatuada de las hojas en los confines de la luz. Hay en ellas una belleza franciscana de lo pequeño, una caligrafía luminosa que es silencio y canto, melodía y susurro, invocación al reino de lo perenne desde quien se sabe efímero y pasajero.
Y este canto silencioso de la delicadeza es un regalo del mundo, un don que se nos da estos días de otoño, para que sigamos manteniendo el sueño y la búsqueda de esa belleza que siempre está en lo pequeño y que se nos escapa.
José Luis Puerto (Texto) / Rosa Gómez (Fotografías)