Una señora de piel canela,
tostada, rubia o morena.
Su pelo, blanca marea.
Su envoltorio, suave franela.
No es caliente su belleza
sino fresca su entereza.
La dulzura no se acepta,
su amargor es su grandeza.
Rayos dorados la atraviesan,
engrandecen su lindeza,
sus lágrimas de frescura,
le aportan más fineza.
Cuando empieza nunca afecta,
al poco te enamora,
si confías en su oferta
al final te desmorona.