Martes, 24 de marzo de 2026
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Ver el cielo de verano es poesía
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AMOR Y PEDAGOGÍA

Ver el cielo de verano es poesía

"Aunque no esté escrito en ningún libro, ver el cielo de verano es poesía". Tardes de luz que se alarga, noches breves de estrellas. Nuevos paisajes y otras experiencias. Tiempo vacío y aburrido del adolescente, que al fin desemboca en un poema o en una lectura insólita que ya no olvidará nunca, eterno retorno del juego repetitivo y fecundo para el niño, tiempo lento en la solana o al fresco del atardecer de los viejos en los pequeños pueblos de nuestra provincia; la ocasión perfecta para todos de aprender a mirar de nuevo.

Este poema, de Emily Dickinson (Massachusetts 1830-1886) dice la sobriedad y la fuerza con la que aprendemos cuando somos capaces de prestar atención a lo que nos rodea sin apremio. Ella vivió absolutamente aislada de círculos literarios e intelectuales, recluida en la casa paterna (la psicología señalaría una situación estimular "pobre", mas esa pobreza fue escogida). Dicen que vestía de blanco, quizá para no hacer su sombra demasiado densa; mujer cultivada y algo excéntrica, también cuenta la leyenda que dos eran sus libros de cabecera: la Biblia y un diccionario. Colores primarios, básicos, sustanciales, magistralmente mezclados a base de mirar, tan solo mirar, atentamente: "Como ojos que miran las basuras/ Incrédulos de todo/ Salvo del vacío, y quieta soledad/ Diversificada por la noche?/Sólo infinitos de la nada"

Ver el cielo de verano es volver a aprender a leer, sin libro, sin periódicos, sin reseñas convencionales del semanal de viajeros, babeles, imprescindibles escapadas.

Ver el cielo de verano es deletrear de nuevo, con el índice desnudo y descolgado de las TIC, de manera personal, y casi intransferible, según el ritmo y la pausa del corazón. Intransferible casi, solo a tus hijos, tal vez, puedes conducir de niños por ciertas soledades e invitarlos a mirar con sorpresa: un lagarto, un conejillo deslumbrado por los faros de la bici, un peñasco-rostro que da miedo, brincando por esos caminos que volverán a andar años después, y recordarán, como el primer libro de cuentos?Aquí aprendí a caminar, por estos derroteros me trajo mi padre en zapatillas, el primer lápiz, el primer cayado, el tirachinas con una vieja ramita? y señalarán Nos detuvimos ante una casa que parecía/ Una protuberancia de la tierra,/El techo apenas visible,/La cornisa casi en el suelo.

Y en aquel misterio de tiempo detenido, derrumbe y éxtasis, sabrán que andar, escribir, dibujar, leer, saltar era todo uno, las grafías esenciales, los trazos de línea hechos en y con el cuerpo; con los ojos y en la sangre catapultada a la luz de agosto, sobrevolando desde las lomas el espesor recio de encinas, o la luz vertebrada en berrocales y serrijones rotundos entregados a las primeras exploraciones de campo del niño que fuimos. Pero también arrastrar los pasos junto al abuelo , renglón torpe o espasmódico de parkinson, con el sentimiento del final cercano, los ritmos de la vida ?

Los poemas de Emily Dickinson son así de extraños y así de nuevos, a veces visionarios, como las nubes de tormenta: "En que por vez primera intuí/ Que las cabezas de los caballos/ Apuntaban a la eternidad" . A veces transparentes "Detrás de la colina está lo mágico, todo lo nunca visto"

Y luego está esa capacidad suya de introspección comparable al bisturí del cirujano, o al método analítico de los grandes racionalistas, su pericia para dibujar el mapa de los sentimientos que nos guíe de nosotros a nosotros mismos, con la pulcritud de quien extiende el mantel recién planchado para un banquete de fiesta: " "Dispuesta tras la puerta más sencilla / la pompa de los días de verano"

Dejémonos invitar a este festín exquisito y frugal.

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