En defensa del genio

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No se equivoquen. La acción de Rossi del pasado domingo no desmonta el mito ni destroza su leyenda. Ser considerado el mejor piloto de la historia del motociclismo no exige conocer la parábola del buen samaritano y mucho menos aplicarla. Moverse en la élite exige autodisciplina, dosis controladas de narcisismo y ambición ilimitada. Ser un genio; todo eso y mucho más. Porque Rossi no es un tipo corriente especialmente dotado para ir rápido sobre un artilugio motorizado de dos ruedas, sino un iluminado que igual que vuela sobre una moto bien podría haber inventado el teléfono o pintado Las Meninas.

A los genios siempre les acompañó un reverso tenebroso y siniestro, siempre les llovieron enemigos y siempre vieron fantasmas en el devenir natural de los acontecimientos. El genio tiene pesadillas, como todos los demás, pero a menudo se olvida de despertar y pellizcarse. El genio ama con fuerza, pero odia con mucha más energía. En la búsqueda de la perfección tiende a acercarse a los dioses y a despreciar a los desheradados. Desde su atalaya observa el mundo con displicencia y, a veces, cuando no le gusta lo que ve, se tira al vacío cansado de remar en solitario ante un destino que terminará imponiéndose sobre todos, sin distinción de talento.

La acción poco deportiva de Rossi terminó de situarle en el mismo escalón resbaladizo en el que se encuentran otros grandes nombres del deporte. Cabe recordar aquí la personalidad neurótica de Bobby Fischer, lo despiadado del trato de Michael Jordan hacia sus compañeros de equipo o su obsesión por el juego, compartida por el maestro del golf y el adúltero más famoso de los Estados Unidos –por delante de Bill Clinton–, Tiger Woods. Y añadan a Zinedine Zidane y sus brotes violentos; y a Diego Armando Maradona y su afán autodestructivo. Y a tantos otros que, rodeados por toda una tropa de arribistas, aprovechados y lameculos que quisieron forrarse a su costa sin haber trabajado en su vida lo que estos deportistas en un día, perdieron los papeles, aborrecieron por momentos su vida y tomaron caminos poco compatibles con los baremos con los que esta sociedad juzga a los demás sin darse cuenta de su propia e idiosincrásica pobreza.

El sol se empezó a poner, de repente el cielo se volvió rojo sangre. Me quedé allí temblando con ansiedad y pude sentir un interminable grito atravesando la naturaleza”. Con estas palabras describió por escrito Edvard Munch el proceso de creación de su obra El grito, con cuya visión tanto hemos disfrutado los amantes del arte en una obra que pone de manifiesto el desasosiego, la ansiedad y el miedo mismo que le provocaba al autor noruego la vida. Y lo mismo nos sucede cuando observamos extasiados La noche estrellada de Vincent Vang Gogh olvidándonos de que justo de aquella manera veía el mundo desde su cuarto en el sanatorio de Saint-Rémy de Provence. Y yo, sin aplaudir la acción de Valentino Rossi, deseando que hubiera mantenido la mente fría ante las pintorescas, por llamarlas de alguna forma, maniobras de Márquez, me encuentro sin argumentos para juzgarlo o, mucho menos aún, para sentenciarlo como están haciendo muchos medios. Es más, aun siendo de Nadal y de Gasol, dos grandes deportistas definidos por su humildad, me atrevo a afirmar que los genios tienen sus propios estándares de grandeza, sus propios códigos de conducta y que no tienen la culpa de que los tipos corrientes prefiramos que sean como nosotros. Mediocres, pero buenas personas.