En el nombre de la madre

[Img #266060]

 

Hoy mamá ha muerto. O tal vez ayer, no sé. He recibido un telegrama del asilo: “Madre fallecida. Entierro mañana. Sentido pésame”. Nada quiere decir. Tal vez fue ayer. Con esta confesión que es más bien una declaración de principios –o de su ausencia–, comienza El extranjero de Albert Camus. No muy lejos de Marengo, donde sitúa el escritor francés el asilo donde fenece la madre del protagonista de su novela, nació Malika, la mujer en cuya matriz se gestó la figura de Zinedine Zidane.

 

Quizá no resulte oportuno mencionar su nombre, el de un indiscutible dios pagano, en pleno Jueves Santo, pero prefiero pensar que toda expresión de admiración será bien recibida en el proclamado por la Iglesia como día del amor fraterno. Admiración por un jugador que durante sus mejores años, en la Juventus de Turín y en el Real Madrid, y por supuesto con la selección francesa, quiso arrogarse las más bellas letras de amor jamás compuestas para adornar, con ellas, su armónica partitura. Cuando en abril de 2006 anunció su despedida, todos nosotros, los que degustábamos embelesados su elegancia y su dominio de los tiempos futbolísticos, sólo pudimos implorarle, aunque fuera en un acto modesto e íntimo, aquello de “ne me quitte pas”. Es, precisamente Ne me quitte pas, de Jacques Brel, una canción desesperada, un lamento invocado en vano para Zizou, el apodo por el que se hacía llamar, ella también, Suzanne Gabriello, la amante del artista belga a quien éste había abandonado tras dejarla embarazada. De poco sirvió este “hit” en el que se humilla comparándose con un perro, pues nunca más volvió a saber de ella ni de su pequeña y fascinante nariz.

 

Un principio general del derecho procesal afirma la santidad de la cosa juzgada en clara conexión con la máxima del non bis in idem, es decir, nadie puede ser juzgado dos veces por un mismo hecho. Aun así, más allá de la teoría, hoy deseo retomar la causa “el mundo del fútbol contra Zinedine Zidane”, abierta el 9 de julio de 2006 (y cerrada pocos días después) por la irrupción de un testigo de cargo, Medina Cantalejo, que en la perfecta expresión de lo que debe ser un burócrata, delató al héroe antes de que lo hicieran las cámaras. La condena se compuso de una tarjeta roja, la suspensión de varios partidos, una sanción pecuniaria, (7.000 euros) trabajos comunitarios y el arrepentimiento. Su penitencia, más dolorosa si cabe, no poder contribuir a una victoria que hubiera supuesto un segundo mundial y un lugar induscutible (que aun así merece) en el panteón futbolístico de todos los tiempos. Todo por una agresión que, descontextualizada, bien podría parecer el arrebato de un Pierrot le fou cualquiera, pero que en realidad, aunque no justifique con ello el empleo de la violencia, vino a representar todo lo que una madre puede esperar de un hijo. Zidane fue expulsado por defender con excesivo celo, tal vez, a sus seres queridos, agredidos por la lengua viperina de un verdugo al que la secular e irremediable injusticia asociada a las leyes, convirtieron en el salvador de Italia y de su fútbol cicatero.

 

No sabemos si Zidane hubiera ofrecido la otra mejilla porque no fue precisamente en la mejilla donde fue golpeado. Lo que sí sabemos es que Zizou, el futbolista, no habría podido firmar, nunca, las tres primeras líneas (ni el resto) de El extranjero, esa proclama nihilista que pone los pelos de punta por la indiferencia con la que un hijo afronta la muerte de su madre; ni tampoco haberse puesto de rodillas como un perro, cual Jacques Brel, para rogarle al fútbol, su gran amor, que no lo abandonara precisamente en la noche en que había previsto ejecutar su último baile. Zidane se comportó, sencillamente, como un buen hijo.

 

Y no fue en vano. Como si el destino quisiera desdecirse de aquella fatal jugada, a esa Italia del montón le sucedieron en el palmarés de los campeonatos mundiales España y Alemania con dos propuestas que honran al fútbol y que redimen, de algún modo, a ese dios que será siempre Zinedine Zidane para los sedientos de arte. También para todos aquellos que aman a sus madres y lo darían todo por ellas.