De Darwin a Nadal

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“Necesito subir mi nivel de juego para poder competir”, declaraba Rafael Nadal después de su eliminación en el US Open. ¿Por qué no se rinde? ¿Qué especie de duende maligno le impulsa a seguir luchando, a tener que madrugar cada día y entrenar soportando el dolor en sus articulaciones? ¿Por qué no claudica de una vez y se retira a Manacor rodeado de sus múltiples trofeos junto a sus familiares y amigos? Yo se lo diré, persigue un bien escaso: la victoria y todo lo que ello conlleva. 

Nos lo contó Darwin cuando aún creíamos, como sociedad, en edenes, purgatorios e infiernos. Somos el fruto de una evolución que parte de la competencia por los bienes, escasos, que nos son necesarios para sobrevivir, reproducirnos y lograr que prospere la prole. Alimento, refugio o pareja, en mayor o menor medida, siguen siendo necesidades imprescindibles en la cultura actual. De ahí que peleemos, o nos rebajemos (siempre hubo carroñeros y saprófitos), por un puesto de trabajo, por una vivienda o por un compañero de cama y preocupaciones. 

El problema es que la cultura actual, a priori en aras de la convivencia, ha trastocado las reglas de acceso a esos bienes escasos, pervirtiendo a su vez el concepto de necesidad. Digamos que antes podíamos concluir que lo necesario, por serlo para todo el mundo, era escaso y que, ahora, en cambio, en los tiempos del capitalismo mercantilista y de la comunicación de masas, lo programadamente escaso se ha convertido en necesario, y en moda, por su propia condición de escaso y por los efectos manipuladores de la publicidad. Además, la apropiación privada de bienes necesarios, y escasos, ha hecho que los cauces de adquisición de estos sean cada vez más complejos y que estén sometidos a criterios cada vez más alejados de la natural condición humana. Digamos que antes las competencias necesarias para sobrevivir venían determinadas por la naturaleza (tener instinto, ser fuerte, rápido,…), mientras que ahora han sido sustituidas por la elección arbitraria de los detentadores de poder y los propietarios de los recursos. Hoy hace falta dominar el inglés, la informática, tener un cuerpo estilizado,… Mañana, tal vez, hablar chino, bailar la jota y estar rellenito. Ya lo decía Darwin, hay que adaptarse.

El deporte presenta, en cambio, una gran virtud: sus reglas apenas varían en el tiempo y, además, son por todos conocidas. Muchas de sus modalidades siguen teniendo aroma paleolítico, aspecto helenístico y gusto medieval. El deporte, pese a que ha evolucionado desde las civilizaciones prehistóricas hasta nuestros días, pese a su sofisticación y globalización y pese a la adopción de numerosas costumbres burguesas, sigue remitiéndonos a una competencia noble y leal en la que la victoria, ese bien escaso, es puesta en juego en igualdad de condiciones. Talento y esfuerzo se miden con una red o tablero por medio, entre dos porterías o canastas, en una piscina, cuadrilátero o tartán. Tal vez, incluso, sobre una embarcación o una bicicleta.

De ahí que Nadal aspire a ser nuevamente competitivo en una pista de tenis. Su objetivo no es otro que sobrevivir en un medio salvaje pero conocido. Y para sobrevivir, Nadal necesita ganar. Y para ganar, competir. Y para competir, luchar en cada entrenamiento y renegar de la autocomplacencia. Visto desde fuera, puede parecer una proeza. Analizado en profundidad, no es más que un nuevo ejemplo, el mejor quizá, de las teorías darwinianas.