Miércoles, 26 de febrero de 2020

Se buscan superhombres

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Mi fórmula para expresar la grandeza en el ser humano es el “amor fati”: no querer que nada sea distinto ni en el pasado ni en el futuro ni por toda la eternidad. No solo soportar lo necesario, y menos aún disimularlo –todo idealismo es mendacidad frente a lo que es necesario–, sino amarlo. Acepta el dolor como una necesidad, nos pide Nietzsche. Ama el destino, lo que te toca en suerte. Desdeña mundos ideales y no permanezcas más tiempo del debido, y lo debido es nada, a la deriva de ensoñaciones invocando el deber ser o el ojalá. En esta misma línea, el filósofo alemán apela al “superhombre” como único individuo capaz de abandonar la absorbente espiral de lo que llama “el eterno retorno”, una especie de prisión no visible que nos encarcela y nos condena a ser quienes somos, una y otra vez. También el baloncesto, por su capacidad de imitar a la vida en sus extremos más afilados, reclama del ser a priori corriente que acepte su destino y que responda al sufrimiento como lo haría el “superhombre” de Nietzsche, ese que viendo venir la tormenta, espera al rayo. Veamos, si no, dos ejemplos que nos presta la historia.

 

Con Bill Russell disfrutando, al fin, de un merecido descanso tras haber subyugado a la NBA durante más de una década, los playoffs de 1970 se presentaban muy abiertos. Los Angeles Lakers, con Wilt Chamberlain recuperado de una lesión de rodilla, y los New York Knicks, liderados por Walt Frazier y por el MVP de la temporada, Willis Reed, vencieron en sus respectivas conferencias para enfrentarse en las finales. La serie estuvo plagada de giros dramáticos, desenlaces igualados y acciones para el recuerdo (Jerry West envió a la prórroga el tercer partido de la serie gracias a un tiro desde más allá del medio campo que, con el reglamento de entonces, sumó solo dos puntos). Con 2-2 en el marcador agregado y disputándose el quinto encuentro en Nueva York, Willis Reed se hizo daño en su pierna izquierda y se vio forzado a abandonar el partido. Los Knicks, sin embargo, pese a no poder contar con su principal referencia interior, consiguieron sacar adelante el encuentro gracias a la obsesión de los Lakers por castigar la ausencia de Reed con balones a Chamberlain, muchos de los cuales resultaron en pérdidas. El sexto partido fue, sin discusión, para los Lakers. Willis Reed ni siquiera tomó el avión.

 

De regreso a la capital del mundo, la prensa y todas las cadenas de radio y televisión del país no paraban de hacerse la gran pregunta: “¿Jugará Willis Reed esta noche?” Contra todo pronóstico, recabando para sí la ovación más atronadora que haya engendrado nunca el Madison, Willis Reed apareció por la bocana de vestuarios para calentar, anotar las dos primeras canastas del encuentro, defender a Chamberlain y enardecer, así, los ánimos de la grada inspirando a un equipo, los Knicks, que conseguiría entonces, el 8 de mayo de 1970, el primer campeonato de su historia.

 

En 1988, con unos Boston Celtics de nuevo en retirada a consecuencia de un carrusel de lesiones que vino a erosionar su halo casi divino, los Pistons de Detroit, un equipo en línea ascendente, les sucedieron en el trono de la Conferencia Este suplantándolos en su papel de archienemigos de Los Angeles Lakers. El equipo, entrenado por Chuck Daly, que más tarde dirigiría también al Dream Team en Barcelona, viajó al Forum de Inglewood con un 3-2 a favor y debiendo, únicamente, vencer uno de los dos partidos que restaban para imponerse y conquistar el campeonato. 56 a 48 abajo en el marcador, Isiah Thomas tomó las riendas del encuentro en el tercer cuarto anotando catorce puntos seguidos en forma de tres suspensiones, una bandeja, una canasta tras rebote ofensivo, un tiro a tablero y dos tiros libres. Thomas estaba en ritmo, bailaba sin ser consciente de ello tras cada canasta; sus pies, como los de Ali al comienzo de su carrera, no dejaban de moverse. Pero uno de ellos, el derecho, aterrizó fatalmente sobre el de Michael Cooper, dejando al base de Chicago tumbado en el suelo profiriendo alaridos de dolor. Dolor físico, pero también espiritual, el de saber que quizá aquella lesión le podía apartar de la cancha y, por consiguiente –conocedor de su ascendiente en el equipo–, del campeonato.

 

35 segundos más tarde regresó y, sin necesidad, dado que el lapso temporal apenas sí fue perceptible, de pronunciar aquellas ilustres palabras de Fray Luis de León, siguió como si nada hubiera sucedido. Los 25 puntos conseguidos en aquel cuarto, once de ellos tras sufrir una lesión que le haría sentarse definitivamente mediado el séptimo y último encuentro, son aún el record de anotación en un período durante unas finales de la NBA. Como habrán supuesto, los Pistons perdieron aquel duelo (103-101) y también el campeonato, (lograrían en cambio los dos siguientes, frente a Lakers y Portland Trail Blazers) pero Isiah Thomas consiguió labrarse el respeto de toda la profesión al terminar aquella particular odisea con 43 puntos, 8 asistencias y 6 robos de balón, amén de un dedo luxado, un ojo morado, la cara arañada y el tobillo inflamado, cual orgulloso, aunque abatido por la derrota, eccehomo.

 

El próximo sábado comienzan los playoffs de la NBA. Dieciséis franquicias, aunque no todas con opciones reales, pelearán por el título más prestigioso del baloncesto mundial. Los entrenadores apelarán al espíritu colectivo y al trabajo en equipo, pero frente a audiencias milmillonarias, más de veinte mil espectadores presentes, diez jugadores en cancha, tres árbitros y un balón, se erigirá por encima de todos, y también por encima de su propio destino, el “superhombre” de Nietzsche. Solo nos queda desvelar su identidad.