Y la vida siguió

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“Seamos consecuentes y honestos, si no hay dinero lo más propio es que cerremos el chiringuito”. Con esta claridad se refería Porfirio Fisac, entrenador del mítico Club Baloncesto Valladolid, (en el que disfruté de una semana de prácticas) a la crítica situación financiera por la que atraviesa su equipo. Sus jugadores, jóvenes en su mayoría, no cobran desde hace cinco meses y apenas pueden mantenerse si no es con la ayuda de sus familias y compañeros. Aunque no sea una trama novedosa, porque lo es de toda una generación, supone un buen resumen del ocaso del deporte profesional en España, otra burbuja que quiso hincharse más de lo razonable y que arrostra, ahora, las consecuencias de su imprudente osadía.

 

Y es que mientras asistíamos al “baby boom” de las instituciones deportivas, al calor de las siempre bienvenidas subvenciones, nos olvidamos de hacer pedagogía y de contribuir a la conformación de una cultura polideportiva que pudiera sobrevivir al monopolio informativo del fútbol, a la crisis económica y a la competencia de las nuevas ofertas de ocio. Mientras navegábamos en la abundancia nos olvidamos de inculcar el amor a otras pelotas, de educar en el gusto por otras artes y esencias deportivas dilapidando, de esta manera, los históricos logros de sus protagonistas. Si a ello unimos la prodigalidad con la que se despilfarraron los recursos y el deliberado olvido al que se vieron abocadas las estructuras de cantera, ya tenemos el diagnóstico. Peligro de muerte.

 

No sé hasta qué punto es un lujo, para una ciudad media, contar con un equipo profesional de baloncesto, balonmano, hockey patines o cualquier otra disciplina en virtud de la tradición. Seguro que hay cuestiones de mayor urgencia que atender y, además, es obvio, no todos los ciudadanos comparten esta pasión por el deporte a la que bien podríamos definir, por comparación con las cosas del comer, como suntuaria. Pero quien más quien menos recuerda con melancolía la algarabía de esos pabellones que hacían las veces de salones sociales y foros de encuentro, la exaltación jubilosa y unánime de una colectividad que ahora se halla huérfana de símbolos de los que sentirse orgullosa y nostálgica de los abrazos y las miradas cómplices que nos cruzábamos, en las gradas, tras una canasta, una parada o un gol. Exagero, es verdad. Ya no hay tal nostalgia ni afición, ni sentimiento. Si así fuera, si de verdad siguiéramos percibiendo como propios los avatares de esos que, antes, considerábamos nuestros equipos, no habríamos dejado de asistir a las canchas ni de seguir su devenir en la prensa por malos que se avecinaran los tiempos. Si todavía fuera como digo, seguiría siendo rentable, para las marcas, patrocinar su causa por difícil que resultase amortizar, en el corto plazo, esta inversión en imagen.

 

Les contaré, para concluir, cómo fue el cuento. Llegó la globalización y nos hicimos de clubes de latitudes remotas mientras fingíamos escuchar las batallitas de nuestros padres y abuelos. Nos apuntamos a los carros ganadores de las grandes franquicias a cambio de un amor distante y frío, pero seguro, y nos olvidamos del encanto de la humilde flor con que nos obsequiaba el equipo del “pueblo” cada fin de semana. Los clubes, siguiendo axioma a axioma la lógica empresarial, dejaron de ser de los socios, y de sus ciudades, y se convirtieron en sociedades anónimas, tan anónimas que ni siquiera pudimos rotular su esquela con un nombre. Llegaron nuevas ofertas de ocio, (juegos electrónicos, series, youtubers,...) cambiaron nuestras prioridades y los chicos se olvidaron de bajar al parque a emular a sus ídolos, que ya no lo eran. Empezamos a apostar por Internet y, entonces, también a la inocente contemplación del deporte se le puso cara de dólar. Y a todo esto, murieron paulatinamente nuestros equipos de siempre. Los de antes, quiero decir. Y la vida siguió, ya lo saben, como siguen las cosas que, bueno, pregúntenselo a Sabina.