Sábado, 15 de junio de 2019

Chambo y la cigüeña

"Miramos a la cigüeña, le dijimos adiós, le deseamos suerte y nos fuimos camino adelante como quien sabe que en la vida, pase lo que pase, mientras vivamos, hay que seguir"

Hacía frío y viento pero le debía a Chambo su paseo diario obligatorio. Es un border collie y dicen los manuales que si no corre puede volverse loco. Chambo cada día lo exige y me saca a pasear por lo menos una hora. Yo ando y el corre. Va y vuelve, y se vuelve marchar. Siempre, cuando se da cuenta que se ha ido demasiado lejos, gira la cabeza y mira dónde estoy. Es un perro pastor y necesita controlar en cada momento a todas las ovejas de su rebaño.

      Estamos en invierno y, sin saber porqué, este año han caído al suelo antes de tiempo, desde las copas de los pinos, las orugas. Es la procesionaria del pino uno de los mayores enemigos del perro. Muchos dueños de los canes no lo saben, pero yo sí porque tuve la mala experiencia que mi perro anterior, ya fallecido, Barry, metiera en su boca una oruga en un pinar cercano a Valladolid. De pronto cayó al suelo y no podía respirar. No sabía qué le pesaba. Lo cogí en brazos, lo subí al coche y fui al veterinario. Llegué a tiempo cuando Barry ya casi no respiraba. El veterinario me preguntó dónde le había pasado el problema y rápidamente me lo dijo: “ha metido en la boca una oruga; son letales en la lengua del perro, les generan una alergia que les dilata la lengua y no pueden respirar.” El veterinario le puso una inyección a Barry y en cinco minutos estaba como nuevo. Aprendí aquella lección y desde entonces cuando veo orugas en el pinar cambio de destino con Chambo y me voy a un camino lleno de chopos,  almendros, retamas y zarzamoras.

    Esta mañana hacía mucho viento, cerca de cien kilómetros por hora. Me costaba caminar. Iba bien  pertrechado mientras Chambo corría sin mayores problemas. De pronto vi una cigüeña volando en círculo no lejos de nuestras cabezas. Barry también la seguía con la vista con ganas de que se posara para perseguirla. Lo había hecho muchas veces. Me sorprendió la insistencia de la cigüeña en dar vueltas y más vueltas. No era su comportamiento habitual. “Algo pasa”, pensé. Pero seguí el camino que enfocaba a la chopera alineada junto a un viejo canal de riego. Cuando llegué a un cruce de caminos donde se ampliaba el campo noté que en el fondo, a la derecha, hacia una zona de viveros y jardines industriales, faltaba algo. Me di cuenta pronto: ese algo era que no estaba en su sitio el nido de cigüeña que veía cada día al pasear con Chambo.

      Chambo me miraba, y se echaba sobre mi para jugar. Yo seguía estático, mirando y aguantando el aire frío y cortante, y preguntándole al viento seco que llegaba a ráfagas violentas que si había derrumbado el nido de mi cigüeña. El viento seguía silbando entre las ramas peladas de los chopos, que se cimbreaban una y otra vez. Fui hasta la chopera donde estaba el nido de la cigüeña. Quería ver si se había caído, o es que algún desaprensivo, algún vecino cercano, de alguna huerta donde se levantaban algunos casetos, lo había destruido porque le molestase o algo así. Chambo me seguía; pegado a mi, tal vez porque notaba algo diferente al resto de los anteriores paseos. Lo primero que comprobé es que el árbol donde estaba el nido estaba tronchado, partido. Y me acordé de aquellos versos de Antonio Machado: “Al olmo viejo, hendido por el rayo/ y en su mitad podrido/ con las lluvias de abril y el sol de mayo/algunas hojas verdes le han salido.”.

    Me acerqué hasta el árbol. No veía el nido caído. ¿Dónde podía estar?. Hasta que llegué cerca y lo pude comprobar. Sí, lo había tirado el viento, que había roto el árbol. Era un hermoso nido, de unos 200 kilos de peso, o más, una parte fuerte, compacta, con todo tipo de elementos, desde barro a trozos de ropa, desde plásticos hasta pedazos de pucheros o cazuelas de barro. Y otra parte, ligeramente separada, de sarmiento, de pequeñas y largas vides fruto de la poda. Alrededor, trozos de ramas del árbol caído. Una ligera pared verde de un tramo del canal abandonado, me había impedido ver desde lejos el desastre. Pero allí estaba.

    El viento había arruinado el final del invierno de la cigüeña, una cigüeña que ya había decidido quedarse siempre aquí, no emigrar, como antaño, tal vez convencida de que el cambio climático le daría siempre ya unas temperaturas en invierno más benévolas. Tal vez, pero mi amiga la cigüeña no había contado con el viento, ni que su árbol estuviera en su mitad podrido.

      Chambo se lanzó a oler el nido, a rodearlo, a observarlo todo. De pronto apareció la cigüeña, volvió a volar en círculo, nos miraba. Chambo a lo suyo. Hasta que la cigüeña empezó a bajar, y bajar, majestuosamente,  y posarse a unos cien metros de nosotros, entre matorrales y cardos secos. Chambo la miró, pero se quedó, no la persiguió esta vez. Me observó a mi, volvió a mirar a la cigüeña y entendió que aquel no era el día de correr tras la pobre cigüeña que después de tanto trabajo se había quedado sin casa.

     La miramos, le dijimos adiós, le deseamos suerte y nos fuimos camino adelante como quien sabe que en la vida, pase lo que pase, mientras vivamos, hay que seguir.

Aniano Gago

Fotografía: Hipólito Martín