Martes, 25 de junio de 2019

Tiempo de regreso

Es tiempo de regreso al pueblo, como Cañizo, como Cantalpino, como Paredes de Nava…, tiempo de bodega, de fresco, al calor de la generosidad de quien te quiere. Tiempo de olvidar lo malo, que ha sido mucho, de obviar la crisis (hasta donde se pueda), de repartir saludos, de recordar viejos amores y compartir con los nuevos, de abrazar amigos eternos, de no olvidar a los que se fueron

Dice Abel Hernández en su libro “El canto del cuco” que el regreso al pueblo supone siempre una vuelta a la niñez. Y sabemos por muchos escritores, como Rosseau, que “la patria del hombre es la niñez”. O sea, se vuelve siempre a la identificación personal mayor que tenemos: nuestra etapa de niño, cuando se fraguan en nuestra cabeza, y nuestro corazón, fragmentos de nuestra vida que se quedan para siempre.

Uno puede volar, irse allende todas las fronteras, descubrir todos los mares, conocer los mundos más lejanos, relacionarse con las personas más variopintas…, pero siempre, en el fondo ama su patria, y esa patria es la niñez. Igual da que uno sea castellano, murciano, andaluz, leonés o catalán que, al final, la bandera suprema es la niñez. Esos  primeros pasos, esos primeros abrazos, esas primeras palabras. La niñez es un mundo en el mundo de cada cual, es el envoltorio imprescindible de todo ser humano. Los olores, los sabores más intensos son los de los primeros años, esos en los que uno balbucea, esos que recuerda levemente al abuelo fallecido antes de la consciencia plena o cuando los padres te empiezan a decir por dónde debes caminar para no caer mientras te besan o abrazan desmedidamente.

     Por eso hay muchos ciudadanos que un día se tuvieron que ir de su tierra, de su pueblo, de su ciudad, y aprovechan el verano, las vacaciones, para regresar  a la niñez. Unos se fueron porque se querían marchar, a estudiar, a encontrar nuevas experiencias, y otros, que no querían irse, debieron de hacerlo porque les obligaron las circunstancias y necesitaron ganarse la vida de otra manera. Unos emigrantes obligados y otros buscadores de nuevas aventuras o experiencias que nunca se han olvidado de los primeros rayos de luz, los primeros amaneceres o las primeras puestas de sol.  

     El verano es el tiempo del regreso, de desandar el camino, de reencontrarse con viejos amigos, de volverse a bañar en el río de la zona o a caminar en aquellos senderos abiertos hace cientos de años. El verano es tiempo de calor, de siesta, de fiesta, de limonada, de toros y de bailes. Tiempo donde el vino sabe a amistad y se comparte el pan con la convicción de ser más felices. Los hay que prefieren el mar, la mar, y navegan, y se van entre aguas limpias y cielos altos en busca de felicidad mientras piensan, o hablan, o rezan, o vaya usted a saber qué tienen en la cabeza mientras se ponen morenos, o morenas, con la brisa marina entrelazada de sol caliente. Los hay que prefieren la playa, manchase de arena, comer pescaíto frito o un arroz negro de sabor intenso.

      Los hay para todos los gustos en esta piel de toro, esta piel que este año, de nuevo, acogerá a más de 60 millones de turistas que quieren conocer una tierra diversa, emocionante, distinta. Pero muchos, una buena parte de esa gente que se mueve en verano, se va al pueblo, al interior, en busca de las mismas sensaciones de hace 50 ó 60 años. Gente que regresa, que quiere comer pan al horno de leña, con olor a pan, no engullir pan congelado sin olor ni sabor.

     Es tiempo de regreso al pueblo, como Cañizo, como Cantalpino, como Paredes de Nava…, tiempo de bodega, de fresco, al calor de la generosidad de quien te quiere. Tiempo de olvidar lo malo, que ha sido mucho, de obviar la crisis (hasta donde se pueda), de repartir saludos, de recordar viejos amores y compartir con los nuevos, de abrazar amigos eternos, de no olvidar a los que se fueron.

    Amo profundamente este tiempo de calor, de sol, de regreso, mientras sufro pensando que una tierra tan grande como esta de Castilla y León, tan ancha, sigue sufriendo el mal de la despoblación. Cada año cientos, miles, de habitantes de aquí se siguen yendo porque aquí no tienen futuro. Y, en cambio, se quedan muchos responsables políticos que han encontrado en este caladero de votos su propio futuro al amparo de un sueldo público mientras hacen carrera privada.

     Así es la vida, así seguimos: entre lo que pudo haber sido y no fue y la añoranza permanente de quererse, sin acabar nunca de poderlo hacer del todo, porque lo cotidiano de la vida es más cruel que lo que nos merecemos. En verano, al menos, rompemos la baraja de la monotonía y volvemos a la niñez, lo que nos reconforta con nuestra propia realidad. Este tiempo de regreso es una carretera, un Camino de Santiago, a nosotros mismos. Bienvenidos, bienllegados, todos al destino elegido este verano. Y si es al pueblo mejor que mejor. La soledad y el silencio de tantos meses en tantos pueblos se romperá y eso no tiene precio. Abrazo a todos.