Jueves, 20 de junio de 2019

De anécdotas, batallas y leyendas

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Hay que reconocer que el avance tecnológico de la industria – y particularmente la de armamento- ha contribuido a variar los esquemas tácticos y estratégicos de los pueblos. Ya no tienen razón de ser aquellos ejércitos cuya obsesión era acumular más combatientes que el adversario. Sólo con abundancia de medios no se ganan las guerras. La información, la  superioridad aérea, la guerra electrónica y la sorpresa, entre otros elementos, hacen que la victoria no siempre se incline del lado del poderoso. También es cierto que las naciones tienden a agruparse en bloques que responden a concepciones geoestratégicas y políticas, siguiendo la idea de que la unión hace la fuerza. De hecho, el temor a la generalización de los conflictos, contribuye, en no pocas ocasiones, a enfriar las situaciones críticas. Con mayor o menor potencial armamentístico, lo que siempre tendrán los ejércitos serán combatientes para manejar los medios de la forma más eficaz posible
    
Mi generación estuvo en filas en un largo periodo de paz, después de una guerra civil, y con un ejército un tanto sobredimensionado en personal y más bien escaso en material. De cara a la sociedad, la labor de los Cuadros de Mando, además de adiestrar al soldado en el manejo del armamento, tenía –y tiene- una muy importante parcela en la  formación humana del joven que, en muchos casos, abandonaba el hogar por vez primera. Es cierto que las malas compañías pudieron perjudicar a los de personalidad más débil; pero también hubo muchos que aprendieron a hacerse hombres, a saber lo que es el compañerismo, a descubrir el  servicio a los demás y, también muchos, a conseguir que su paso por el ejército fuera el primer peldaño de su formación cultural.
    Sin entrar a valorar ventajas o inconvenientes entre Servicio Militar obligatorio y soldado profesional, quiero dedicar estas líneas al ejército de aquella época, al soldado con quien tuve el honor de tratar a lo largo de mi vida profesional – me siento muy orgulloso de haber dejado muchos amigos-
    A pesar de que en mi árbol genealógico creo que no existe ningún antepasado que optara por la carrera de las armas, tengo que confesar que desde bien joven me interesaron los temas militares. Aunque sería más propio decir que lo que llamaba mi atención eran las historietas contadas por los mayores, referidas a su paso por el Servicio Militar, o a situaciones vividas en tiempos de guerra. En uno y otro caso, con la experiencia que da la profesión, reconozco que, no pocas de aquellas “batallitas”, sería bueno encuadrarlas en la categoría de leyendas apartadas de la realidad, a semejanza del sambenito que tan a pulso se ha ganado más de un cazador. Hoy quiero referirme a anécdotas reales, a relatos con visos de realidad y a una leyenda.
    Así quiero empezar con el recuerdo muy preciso que guardo de un excombatiente de nuestra guerra civil, mutilado de gravedad en una pierna, y con un humor a prueba de bombas. Postrado en el suelo porque tenía verdadera dificultad para caminar, se veía rodeado por un grupo de niños que, con la boca abierta, escuchábamos su experiencia guerrera.
    -“Mirad  –nos decía -, cuando yo avanzaba en el frente, siempre lo hacía en   grupos de tres combatientes, colocándome entre mis dos compañeros; porque el enemigo apunta al que va en el centro, pero siempre alcanza al que va a su lado. Así me libré de morir…. hasta que me disparó uno con buena puntería y, aquí me tenéis”. Nunca le oí renegar de su suerte
    Otra situación pintoresca, pero muy macabra, la vivió uno de mis familiares en el frente de Madrid. Sabido es que, en situaciones estabilizadas, había ocasiones muy puntuales en las que algún combatiente disfrutaba un breve permiso. En este caso, cuando de noche regresó a su Unidad, le informaron que la columna ya había emprendido la marcha y que, a la mañana siguiente, debía montar en un camión para unirse a los suyos. Mientras tanto, se encaminó al barracón del que había salido el día anterior, con  intención de pasar la noche. Apenas había sitio para extender la manta. A base de empujar a derecha e izquierda, consiguió su hueco. Cuando se hizo de día comprobó que sus vecinos eran cadáveres. Tardó muchos años en sobreponerse.
    En el apartado de las leyendas, en ambiente militar o civil, a base de repetir una y otra vez situaciones esperpénticas, llega un momento que acaba por creérselas hasta el que las inventó.
Uno de esos mantras, muy extendido en mi época de joven oficial, era la existencia de algún militar – nunca se sabía la identidad del interesado- que había sido “galardonado” con una condecoración – generalmente se hablaba de una cruz negra- como consecuencia de haber propinado una patada a un soldado, ocasionándole la muerte. La historia se completaba añadiendo que el interesado tenía la obligación de llevarla bien visible, incluso vistiendo de paisano. Incluso se  llegaba a asegurar haber visto a uno de estos “héroes”.
 Si existe algún método para que un soldado se muestre diligente con sus mandos, sin lugar a dudas, el más eficaz es la promesa de la recompensa con un permiso. A pesar de mi ofrecimiento, todavía estoy esperando que me identifiquen a un solo protagonista de esta historia.