Inmersivo

Está bueno el neologismo, ¿verdad? No sé si en otras partes se usa como aquí, sobre todo desde que se han puesto tan de moda las experiencias “inmersivas”.

Pintores y pintoras, mucho 3D, realidad virtual, y ya tenemos la “experience” –así, en inglés: yo fui a la Monet experience pero hay más: Da Vinci, Frida, Van Gogh…–.

Acá entre nos, creo que “Experiencia Monet” también podría ser un título “vendedor”, pero quién soy yo para osar contradecir a publicistas.

Mi “experience” es que bueno, sí, está bien… Y ya. Se me hace un poco caro para ver montajes audiovisuales pero bueno, imagino que la inversión ha sido grande y nadie nos obliga a pagar.

Eso sí, salí pensando que esa “experience” puede estar bien pero no es la misma que uno tiene cuando ve, de cerca, la obra de arte. No digo que sea peor, ojo, solo que no es la misma. Y pensando en eso me vino a la mente el libro electrónico, denostado por mucha gente que considera que “no es lo mismo”… Y pensando en eso llegué al audiolibro.

Mi experiencia personal, que no busca convencer a nadie, es que con el libro electrónico no he perdido la experiencia de leer; sigo viviendo en un piso/departamento no muy grande y lleno de libros, pero cuando tengo que viajar, el pequeño adminículo me ayuda a meter algún zapato más en la maleta, si se me permite la metáfora. Y si quiero leer un libro que intuyo que no releeré, pues oye, gano espacio en la biblioteca. Y no he dejado de leer en papel.

Sin embargo, no puedo con el audiolibro; hace poco me gané uno de un amigo –saludos, Fedro– y nomás no puedo; tengo déficit de atención: escucho música, la radio, un poema, pero no puedo escuchar, ni oír, un libro. Es mi problema, por supuesto.

Y pues algo similar me pasó con la “Monet Experience”: al final de la misma, me pusieron unas gafas de realidad virtual: navegué por los cuadros de Monet y, de pilón, me subí en uno de los artefactos de Da Vinci –2x1 experience–; me gustó, no había tenido nunca unas gafas de esas y es algo divertido.

Y el audiovisual recorriendo cuadros que vi antes estuvo bien, oye, pero es eso, una experiencia audiovisual, cine, no pintura. Que no digo que esté mal, pero claro, recordé cuando hace unos años estuve en una Capilla Sixtina –Capilla Sixtina en la Ciudad de México (salamancartvaldia.es)­– sin salir de la Ciudad de México, me maravilló porque no sé si alguna vez podré ir a la que está en Roma –ni yo ni muchos de los que la vimos acá– y sentí la experiencia muy cercana a la realidad: tenía el mismo tamaño, hasta guardias suizos había. Parafraseando a una chica muy de moda por estos lares, sin afán de meterme en política, no era falso, pero no era verdadero.

Sin embargo, cuando salí del audiovisual de Monet no fue lo mismo.

Desde luego, me queda claro que son cosas de la edad.

 

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