Ciudad Rodrigo al día

 

El cura de mi pueblo

José Javier Cuadrado Sánchez se despide de Ángel Rubio, que deja de ser el párroco de Fuentes de Oñoro, Castillejo Dos Casas y Alameda de Gardón

Ángel Rubio Corchete junto a Jesús García Burillo

Sé con certeza que a él no le va a hacer ninguna gracia esta reseña. No en vano no quiso homenajes ni despedidas públicas en su adiós, sólo unas sencillas y sentidas palabras pronunciadas al final de misa de 13:00, con las que explicaba que había llegado el momento de pasar a segunda línea después de 75 años de vida y 50 años de sacerdocio.

Sin embargo, me siento en la obligación de dar a conocer su labor callada y humilde en favor de las gentes de sus parroquias. Sirvan por tanto, estas líneas de agradecimiento a D. Ángel Rubio, el párroco de Fuentes de Oñoro, Castillejo Dos Casas y Alameda, que tras 8 años por estas tierras de La Raya, se ha jubilado a primeros de este mes de Noviembre.

He tenido el privilegio de compartir tiempo y tareas con él durante este tiempo, y no puedo más que tener palabras de gratitud hacia su persona y hacia el Señor por ser testigo de ello. Recién ordenado sacerdote, fue cura obrero, conocedor del trabajo manual y del esfuerzo que supone ganarse el pan de cada día, fruto de sus años de trabajo en fábricas y viñedos, entre España, Francia y Suiza. Acompañó el caminar de sus feligreses codo con codo, en su trabajo, sus alegrías, sus preocupaciones y sus tristezas siendo uno más entre ellos, intentado hacerles presente a Dios en el día a día. Un pastor con olor a oveja.

Tras unos años en Martín de Yeltes, Navasfrías y Villar de Ciervo-Aldea del Obispo, fue destinado a Fuentes de Oñoro. Le ofrecieron vivir en Ciudad Rodrigo, pero él insistió en vivir aquí, en la casa del cura, al lado de la iglesia de María Auxiliadora, para compartir lo cotidiano con el rebaño encomendado. Hemos podido comprobar su carácter abierto, alegre y acogedor. Siempre dispuesto a escuchar, a compartir un rato de conversación, a animar con sus bromas y buenos consejos. Para él lo importante era la persona. Daba igual que frecuentara o no la iglesia, que confesara otra religión, que fuera español o de otro país, niño, joven o mayor. Él quería acompañar, echar una mano si era necesario, y si la persona le daba pie a ello, mostrarle el gran tesoro del Amor de Dios. D. Ángel tenía los pies en el suelo, muy atento al mundo que nos ha tocado vivir, a la Diócesis de Ciudad Rodrigo y a esta zona de la frontera con Portugal. Estaba preocupado por las realidades dolorosas que veía, lo que llamamos las periferias: la lacra de la prostitución, la integración de los emigrantes, las miserias de los sin-techo, las necesidades materiales y espirituales de los pobres, el sufrimiento de los enfermos… Observaba y se preguntaba qué podía hacer por ellos, acercándose sin miedos ni reparos a interesarse por las situaciones personales con la intención de remediarlas en lo que pudiera. Siempre tuvo una total disponibilidad a colaborar con Cáritas y con las peticiones económicas que le llegaban. Predicó con la palabra y con la vida. Vivió con una gran austeridad, gastando sólo lo necesario, “ligero de equipaje” como le gustaba decir a él.


Fue un gran defensor de la vida comunitaria, animando a participar en la organización de las actividades parroquiales, siempre abierto a iniciativas pastorales nuevas, dispuesto a escuchar los diversos pareceres y críticas, y con un gran sentido común en la toma de decisiones. Vivió la sinodalidad (palabra que significa “caminar juntos”) como una seña de identidad de su ministerio: “Ya sabéis que la parroquia no es mía, es de todos”. Nunca le vi enfadado, sí triste o disgustado, pero siempre dispuesto a continuar con su tarea “según las fuerzas que Dios me dé”.

Me atrevo a decir que se jubila D. Ángel con una espina. La espina de la indiferencia religiosa que vivimos hoy en todo el mundo, el alejamiento progresivo de hombres, mujeres y niños del  corazón de Dios. Él, como sacerdote, vivó con pasión su misión de hacer presente el Amor de Dios entre los hombres, y ser camino hacia el corazón de Dios. Por eso le dolía tanto el vaciamiento de las iglesias en las Eucaristías, la falta de fervor o de respeto en ellas, o el desinterés de las familias hacia la vida de la Iglesia. Los sacramentos que celebró los vivía con todo su empeño, haciéndonos reflexionar sobre la seriedad y la importancia de cada uno de ellos, llevándose malos ratos cuando eran exigidos como un derecho y no eran acogidos como lo que son: un don inmerecido.

“Nosotros tenemos que sembrar, otros recogerán” nos repetía a los catequistas.

Gracias por sembrar tu humanidad y la alegría del Evangelio en esta tierra D. Ángel.

Que el Señor recompense el servicio a tus hermanos como sólo Él sabe hacerlo.