Umberto Peña: tres veces exiliado

Un artista multifacético, de extraordinaria trascendencia para el arte cubano y latinoamericano reside en Salamanca. Poco se conoce de su trayectoria de más de cinco décadas, pues su obra solo ha sido expuesta una vez, en el 2012, en el Centro Cultural Caja España-Duero de la capital charra. Umberto Peña, nacido en Cuba en 1937, es un creador que rehúsa el encasillamiento, la posibilidad de ser catalogado en un solo concepto. Podría definírsele como dibujante, grabador, pintor o diseñador gráfico, pues ha ejercido todas esas vertientes en su devenir profesional; pero lo más destacable de su operatoria es la voluntad de ser consecuente con su contexto y su interés por llevar la experimentación visual a las fronteras de lo posible.

Una parte importante de la obra de Umberto se inscribe dentro del movimiento conocido como Neofiguración Latinoamericana, gestado en la segunda mitad del siglo XX, aunque sus primeras obras tuvieron un marcado carácter expresionista. Su formación elemental en la Academia de Bellas Artes San Alejandro vino a complementarse con su trabajo como grabador en el Taller Experimental de Gráfica de La Habana, aunque también influyeron su estancia en México, París y el descubrimiento de los grandes maestros europeos en sus visitas a diversos museos.

Las obras realizadas en la década del sesenta incluyen dibujos, litografías y aguafuertes donde el motivo animal revela una de las constantes de su trabajo; la estetización y renovación de lo grotesco como agente liberador. La res aparece abierta, colgada en estado de putrefacción, exhibiendo sus vísceras y evidenciando una de las obsesiones ulteriores del artista; escudriñar en la belleza del interior literal, yuxtaponer órganos para recrear una nueva comunicación, donde el diálogo se pacta de forma agresiva y unilateral.

De esta manera sus piezas posteriores continúan dicho gusto por lo visceral, aunque más cercanas a la estética del Pop Art que marcó de manera decisiva su trabajo. Umberto abandona los motivos animales para adentrarse en la figura humana, el artista se centra en la sobredimensión de los órganos sexuales, las dentaduras y los fluidos corporales. Sus litografías ironizan desde lo erótico, la violencia y la redención del sexo se convierten en tópicos recurrentes, aunque no debe definirse a estas piezas como meramente eróticas. El sexo para el artista deviene un medio y no un fin en sí mismo; lo esencial es la interlocución desprejuiciada y un tanto epatante que el creador mantiene con el receptor y con un contexto marcado por la doble moral y las contradicciones.

La estética Pop en el empleo de colores estridentes y una visualidad cercana al comic se convierten en medios idóneos para recrear dicha visceralidad, pero en este caso las bocas distorsionadas y conectadas a urinarios evidencian una realidad manipulada y mediada, que resulta violenta y difícil de digerir. “Cuartos de baño que se combinan con cuerpos. Váteres convertidos en dentaduras, cañerías e intestinos que se integran en largos circuitos en los que la circulación está dirigida por flechas y expresiones que subrayan escritos onomatopéyicos”[1].

Estas piezas, con marcado carácter político, le valieron a Peña la censura de las instituciones en su país, donde la cultura debía ser aprobada por funcionarios de turno en un férreo ambiente moral. Aquellas obras con tono grotesco e irónico poco podrían aportarle al experimental “hombre nuevo” que intentaba ensamblarse en Cuba, heredado a su vez del sistema socio-comunista proveniente de la Unión Soviética. Lo anterior, unido a su impotencia por la politización de la cultura y su creciente interés en el diseño gráfico, mantuvieron a Peña alejado de las exposiciones, una suerte de protesta silenciosa ante el entorno circundante.

Su labor como diseñador gráfico, con clara influencia en el resto de su obra, ayudó a renovar la visualidad de diversas instituciones de su país, especialmente de Casa de las Américas. “Umberto Peña, quien perteneció a Casa por más de veinte años, trabajó para la revista y otras publicaciones. Peña tuvo gran importancia para este centro por su sentido de pertenencia y su gran calidad”[2]. Asimismo, proyectó numerosas colecciones editoriales, portadas de revistas, libros y carteles.

Pero para un artista con una formación y un sentido del gusto como Umberto, la búsqueda y experimentación con otros lenguajes es una necesidad; sus llamados Trapices, piezas de grandes dimensiones, hechas con retazos de tela y diversos materiales -de ahí el nombre, mezcla de trapo y tapiz- devolvieron su obra a la palestra pública y recibieron el reconocimiento que antes la crítica le negó. Nuevamente encontramos aquí el tema erótico, pero esta vez remedando la forma del sexo femenino y acompañado de un delicado lirismo.

Al éxito de sus Trapices, le sucedió una exposición de su obra en el Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana en 1988, aunque a Peña no le interesó gozar del favor de las instituciones oficiales de su país que son, a la postre, quienes dictan la aceptación o la censura de un artista. Es por ello, además de su interés en abarcar otras facetas del diseño, que emigra a Estados Unidos en 1992; comienza así su primer exilio al que luego le sucede su traslado a Salamanca, ciudad donde reside desde el 2006.

Sus recientes pinturas simbolizan un nuevo aire dentro su producción visual, lejos quedan los colores estridentes del Pop, la connotación política y el desborde erótico-escatológico. Los tonos neutrales, o más bien fríos, se adueñan de las piezas, composiciones donde figuras surreales dialogan entre sí y aparecen conectadas mostrando la faceta más introspectiva del artista; esa vocación autodialógica de la soledad humana. Se trata de un nuevo lenguaje para un comunicador que gusta de reinventarse y que, sobre estos trabajos y su estancia en la capital charra, ha afirmado que es aquí donde su obra se ha hecho europea[3].

Pero existe “otro exilio” que ha experimentado el artista, más allá de sus mudanzas geográficas a Estados Unidos y España: es esa voluntad de llegar al límite y romper las barreras de lo permisible que lo convierten en un outsider, un sujeto que rechaza las inserciones grupales y los amparos de la crítica; o que se niega a reconocerse como paradigma e influencia de más de una generación de artistas cubanos y latinoamericanos, aunque indiscutiblemente lo sea. Umberto Peña de alguna manera se aísla en sí mismo, en sus nostalgias y memorias para enfrentarse a la creación de la manera más descarnada y sincera, la única posible para él. Una creación que para nuestra suerte continua su devenir en Salamanca, es por ello que una de las muchas fortunas de habitar esta ciudad, sea cruzar nuestros pasos con los de este artista exquisito.

 

[1] Fragmentos tomados del libro: New Art of Cuba, por Luis Camnitzer. Austin: University of Texas Press, 1994. 432 pp.

[2] De la imagen a la palabra, de la palabra a la sustancia: Sobre la colección de Literatura Latinoamericana de Casa de Las Américas (1963-1973). Revista Artecubano, no 2, 2014.