El envoltorio

Una de las tareas que llevaba peor cuando de adolescente ayudaba a mi madre en el pequeño comercio de alquiler que gestionaba era tener que envolver alguna de las compras de la clientela cuando esta adquiría algo medianamente sofisticado. Se trata de una maña que por mi escasa habilidad siempre he valorado, aunque luego en la práctica desdeño que me envuelvan las cosas que compro para mi uso exclusivo.

No solo se trata de escoger el tipo de papel o, en su caso, de tela, de madera o de cualquier otro género, lo relevante es la forma en que deben quedar los pliegues y el modo en que se tienen que ajustar los salientes del contenido. La dificultad se acrecienta también en función del tamaño no siendo precisamente más sencillas las envolturas de cosas minúsculas pues los detalles adquieren una dimensión diferente. Ahora bien, envolver edificios, como está de moda en los últimos años a través de acciones “performativas” que atraen la atención del gran público, es otra cosa.

Tengo tiempo y puedo ir con calma desde Aubervilliers bordeando Montmartre por el norte hasta la plaza del general De Gaulle que se sigue conociendo como de l’Etoile. Es un recorrido que no había hecho nunca que reemplaza a otros más canónicos trazados en diferentes épocas del año, con sol o llovizna, con frío o calor y con estados de ánimo variados. Solo o acompañado. Hoy, el día es espléndido y el paseo hace que por una vez no sea un flâneur porque tiene un propósito: ver el resultado del embalaje del Arco del Triunfo y capturarlo en una foto que, a su vez, se verá revestida de otra manera, almacenada con muchas otras sin orden ni concierto. Lo envuelto pronto quedará así recubierto por la pátina del olvido que, quizá, solo estas líneas morigeren su abandono. Para París esta propuesta supone un hito más en sus gestos trascendentes que, en este caso, viene acompañada por lo efímero ya que la “performance” apenas si durará tres semanas.

En el recinto inmediato al Arco del Triunfo, y donde en su interior ahora no se puede leer el nombre de Arapiles, hay un cinturón de seguridad que impide el paso a quienes no portan el pasaporte COVID. Un motivo para añadir a la lista de agravios y dislates con los que un grupo de antivacunas quiere llamar la atención en una esquina próxima. Probablemente, más que el envoltorio, que configura una recia tela de aspecto de sudario, lo que me impresiona es que para el disfrute de la visión se haya cortado el tráfico que anega constantemente la gran plaza que configura la estrella de doce puntas de las que salen sendas avenidas. Así, los aledaños se han peatonalizado en lo que seguramente es un ensayo para actuaciones similares cuando la ciudad acoja a los Juegos Olímpicos en 2024. Cabizbajo, me cuestiono por qué siempre busco explicaciones alternativas y no acepto la simpleza de los hechos que supone envolver la grandeza.